domingo, 20 de mayo de 2012

El viejo entre la gente

El viejo solía reírse a carcajadas cuando caminaba entre la gente. Masticaba unas pocas palabras que siempre repetía para masticarlas de nuevo, como las vacas que mastican lo mismo o los obreros que martillan siempre la misma pieza. Entre la gente que corría hacia los buses, abrazando sus mochilas y carteras, esquivando hormigas entre la muchedumbre, tropezándose con sus propios pies; entre todos ellos, el viejo loco solía decir, medio sonrojón: van a morir.
El viejo loco estaba vestido con harapos y cubría su espalda con un elegante saco viejo que un prestigioso señor prefirió regalarle antes que tirarlo a la basura. Se rumoreaba que el viejo había ido a la guerra, que los combates fueron la causa de su actual locura. Otras versiones cuentan que el viejo enloquecía por los burros y perdió todo lo que tenía, hasta su familia, en una mala pasada del azar; cuentan que a Titán, equino imbatible, le habían punzado la médula y cayó desplomado a los cinco metros de largada, derrumbado consigo la vida del viejo y con ella su sano juicio. El viejo rengueaba un poco. Nadie se ponía de acuerdo sobre la causa de ello. Un canillita del centro dijo que hace muchos años, desesperado, el viejo quiso simular un accidente y entró a la avenida a sincronizar su acto mortal con alguna moto que por ahí pasara. Le salió mal, el motoquero que lo atropelló y casi lo mata era un policía, un azul corrupto de esta ciudad, que se desplazaba con una moto anteriormente utilizada por ladrones, que a su vez ellos la habían robado a otro desgraciado. El golpe le rompió la pierna, y el viejo fue a parar al hospital. Cuando los vecinos y transeúntes se acercaron al cuerpo del viejo, tendido sobre el asfalto y con la mitad del fémur asomándose, el policía les gritó que ojito con lo que contaran si salían de testigos,  y desapareció en la moto doblando la esquina. El canillita lo contaba convencido, pero después confesó que él en ese tiempo no laburaba, y que un compañero, que ya no vive más por acá, se lo contó hace unos años, pero muy seguro de la veracidad. Otra versión de la renguera del viejo es, claro, la guerra. Los gringos que fabricaban esas balas jodidas le habrían reventado los nervios de la pierna con un simple rozamiento de un proyectil perdido.
Sea como sea, el viejo, de saco elegante y pies casi descalzos, disfrutaba transitar entre gente ocupada que le esquivaba a su olor, a su aspecto y a su mirada. Mientras los demás deformaban su pasado, el viejo caminaba solo entre la gente, fumando un cigarrito y masticando unas palabras, hablándolas bajito; y si uno se acercaba se llegaba a entender un poco más lo que decía: van a morir, como morí yo.