lunes, 22 de febrero de 2010

El adelantado

Me he tomado el atrevimiento de imaginar la sucesión de hechos que habremos, posiblemente, de experimentar. Y mi atrevimiento nace porque he logrado ver en alguno de tus rincones aquello que tanto tiempo había deseado. He llevado a cabo paralelismos en nuestras vidas a través del tiempo. No pedí permiso a nadie, ni siquiera a vos, y así, solo, me lancé a caminar por nuestros futuros a compartir. He planeado los tiempos en los que nos veremos, llevando a cabo sumas y restas incluidas en un intervalo de 24 horas, dando preferencia a las horas de la tarde, donde el cielo a veces se torna rojo y las nubes caen tomando formas absurdas y se despiden hasta mañana de la luz del sol, que les atraviesa el esqueleto. He calculado el tiempo que me toma llegar a tu casa, así también los costos y los horarios del transporte público.

Calculando que nos veremos tres veces por semana, y asumiendo que al menos uno de este trío sea en sábado o domingo, puedo asegurar en base a probabilidades los tiempos exactos de viaje, tanto de ida como de vuelta; y el porcentaje de tiempo de mi vida que me ocuparás. Ya ensayé en mi espejo las miradas que habré de lanzarle a tus ojos.
Ya sé qué cosas diré en tal o cual situación. Ya sé también de qué tratarán nuestras discusiones más intrascendentes; y si bien es cierto que podría hacer un esfuerzo para evitarlas, optaré por dejarlas nacer y ser, porque, ¿sabés? tanta perfección puede terminar aburriéndome de vos.


Me permití también seleccionar cuidadosamente las canciones que te he de dedicar a lo largo de los próximos meses, y he asumido que esas melodías serán sólo tuyas y que jamás podré oírlas nuevamente sin ignorar la imagen de tus ojos mirándome entre sábanas agitadas y entre las penumbras de la habitación de hotel en donde logramos conocernos mejor, recordando los sonidos de la estúpida radio que sintonizaste y el olor a humo de boliche de tus cabellos.
Te sorprendería saber cuántas escenas puedo ensayar en tan sólo una tarde, frente a mi espejo y con una suave música escupiendo versos de amor al aire. Me bastan las tardes contenidas en una semana para conseguir material suficiente y cubrir todo un mes, abarcando todos tus sentidos y las necesidades de diversa naturaleza que te sorprendan en cualquier momento.
Tengo las mangas repletas de obras maestras para endulzarte los ojos y los oídos, para enloquecerte el tacto y hacerte retorcer los dedos de tus pies. Sin embargo, y en verdad me apena decírtelo, he tenido también la diabólica osadía de imaginar nuestra ruptura. He medido con un termómetro por mí inventado, y que responde a unidades de medida por mí inventadas también, y que cuyos valores y nombres no es necesario detallar; digo, quiero decir: he calculado cuánto habré de extrañarte. Me adelanté demasiado, supongo, y caí ahora en un nuevo pozo de soledad, diferente a los de antes; porque éste todavía no es real.

Pero no pienses que no me ocupé del final; por supuesto que me ocupé. Ya tengo seleccionadas las canciones que me harán dar vueltas sobre los vidrios, extrañando tus caricias y tus miradas, tus verbos mal conjugados y tus palabras incompletas. Y pensé que sería mejor acabar nuestra relación en un ñugar intermedio a nuestras casas: nunca olvides que volver con el corazón fileteado a cuchillo oxidado es muy doloroso. Y sería aun mejor dar el quiebre en algún sitio que ayude a llenarnos la piel de melancolía. Estaba pensando en San Telmo. ¿Te parece bien si rompemos en San Telmo?

jueves, 11 de febrero de 2010

La obra

No tengo libreto, no llegó a mi puerta ningún papel que al menos me guíe hacia ustedes; sólo una llamada, fría y desde el oeste, del otro lado de mi tierra, que, con voz temblorosa y pausada por venidas de alguna especie de llanto, me exigía, a mí, un número de teatro épico en medio de la ciudad. Con la prohibición explícita de ensayar con los personajes, y sólo utilizando el espejo roto que cuelga y baila en la pared de mi habitación. Frente a frente; mi reflejo y yo.

Al enterarme de la comunicación de semejante obligación, al parecer imposible de rechazar, comencé rápidamente a crear respuestas a las preguntas que me iban apareciendo en la mente. Debía enfrentarme a dos niños, y debía hacerlo como todo un hombre. Claro que, a veces me asusto de cuán niño puedo ser y mastico las palabras como caramelos blandos mientras me imagino a mi psicóloga garabateando sus cuadernos. A partir de la comunicación mi pulso jamás volvió a ser el mismo, el tamboreo se ha vuelto cada vez más acelerado; lo que me da una sensación de estar gastando latidos, latidos que guardo para mis tiempos de vejez. Entonces, cuando me advierto de esto, es cuando intento calmarme, comenzando a respirar mejor, ponerme a escuchar algo de los Beatles y pensar en dos o tres nubes de algodón que bajan del cielo un ratito para frotarse por mi cara y luego irse, saludándome con sus regordetas y suaves manos que yo mismo les regalo.

La obra debía estrenarse, según el tono imperativo de la voz que oí al otro lado del teléfono, antes de fin de año. Y maldigo a los calendarios.
Tenía menos de dos miserables semanas para preparar todo un papel completo. Sin experiencia en el teatro, sin conocimiento de los demás personajes, sin saber la ubicación del escenario ni la duración de la obra. Sólo me dijeron, recuerdo, que debía mostrarme fuerte y heroico, y sobre todo sumamente humano. El héroe debía sanar heridas y enseñar a evitar las futuras; debía enseñar destrezas, secretos, palabras nuevas, y formar también un carácter defensivo en dos pequeñas criaturas que habían comenzado a recibir ataques crueles de un despiadado monstruo de piedra, monstruo con el que he librado varias batallas en el pasado. En la obra, el héroe debía salvar a los niños, enseñándoles cómo destruir, o al menos neutralizar, a aquel engendro de presencia intermitente que aparecería tal vez un sábado, tal vez un domingo, o tal vez luego de un gran intervalo de ausencia, habiéndose asegurado primero que nadie le espera, y llevando a cabo una traicionera aparición por las espaldas para luego dar unos cuantos latigazos secos en las espaldas de sus víctimas.


El héroe debía enseñar todos sus secretos. Cómo elegir las mejores armas, cómo emplearlas, hacia dónde apuntar y con cuánta fuerza. Años de aprendizaje deberían resumirse en sólo un acto.
Al final, y como era de esperarse, siendo esta tarea de convertirme en guerrero algo tan difícil y enredado, es que acabé por tomar la triste decisión de no presentarme a la obra.
Espero que el monstruo de piedra tenga la piedad que jamás tuvo. Al fin y al cabo, dos se defienden mejor que uno.