jueves, 11 de febrero de 2010

La obra

No tengo libreto, no llegó a mi puerta ningún papel que al menos me guíe hacia ustedes; sólo una llamada, fría y desde el oeste, del otro lado de mi tierra, que, con voz temblorosa y pausada por venidas de alguna especie de llanto, me exigía, a mí, un número de teatro épico en medio de la ciudad. Con la prohibición explícita de ensayar con los personajes, y sólo utilizando el espejo roto que cuelga y baila en la pared de mi habitación. Frente a frente; mi reflejo y yo.

Al enterarme de la comunicación de semejante obligación, al parecer imposible de rechazar, comencé rápidamente a crear respuestas a las preguntas que me iban apareciendo en la mente. Debía enfrentarme a dos niños, y debía hacerlo como todo un hombre. Claro que, a veces me asusto de cuán niño puedo ser y mastico las palabras como caramelos blandos mientras me imagino a mi psicóloga garabateando sus cuadernos. A partir de la comunicación mi pulso jamás volvió a ser el mismo, el tamboreo se ha vuelto cada vez más acelerado; lo que me da una sensación de estar gastando latidos, latidos que guardo para mis tiempos de vejez. Entonces, cuando me advierto de esto, es cuando intento calmarme, comenzando a respirar mejor, ponerme a escuchar algo de los Beatles y pensar en dos o tres nubes de algodón que bajan del cielo un ratito para frotarse por mi cara y luego irse, saludándome con sus regordetas y suaves manos que yo mismo les regalo.

La obra debía estrenarse, según el tono imperativo de la voz que oí al otro lado del teléfono, antes de fin de año. Y maldigo a los calendarios.
Tenía menos de dos miserables semanas para preparar todo un papel completo. Sin experiencia en el teatro, sin conocimiento de los demás personajes, sin saber la ubicación del escenario ni la duración de la obra. Sólo me dijeron, recuerdo, que debía mostrarme fuerte y heroico, y sobre todo sumamente humano. El héroe debía sanar heridas y enseñar a evitar las futuras; debía enseñar destrezas, secretos, palabras nuevas, y formar también un carácter defensivo en dos pequeñas criaturas que habían comenzado a recibir ataques crueles de un despiadado monstruo de piedra, monstruo con el que he librado varias batallas en el pasado. En la obra, el héroe debía salvar a los niños, enseñándoles cómo destruir, o al menos neutralizar, a aquel engendro de presencia intermitente que aparecería tal vez un sábado, tal vez un domingo, o tal vez luego de un gran intervalo de ausencia, habiéndose asegurado primero que nadie le espera, y llevando a cabo una traicionera aparición por las espaldas para luego dar unos cuantos latigazos secos en las espaldas de sus víctimas.


El héroe debía enseñar todos sus secretos. Cómo elegir las mejores armas, cómo emplearlas, hacia dónde apuntar y con cuánta fuerza. Años de aprendizaje deberían resumirse en sólo un acto.
Al final, y como era de esperarse, siendo esta tarea de convertirme en guerrero algo tan difícil y enredado, es que acabé por tomar la triste decisión de no presentarme a la obra.
Espero que el monstruo de piedra tenga la piedad que jamás tuvo. Al fin y al cabo, dos se defienden mejor que uno.

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