domingo, 11 de octubre de 2009

Juan

Es en verdad una pena haber tenido que esperar tanto para escribirte al menos unas líneas de tinta. La noticia del principio de tu gira nos tomó a todos por sorpresa, por más que era ya tu deseo, bajo el cansancio de haber respirado sin parar durante 92 años. Una gran y larga película que empezamos a verla por la mitad, pero que tu memoria, con esa mágica entereza de tu propiedad, llevó de manera intacta sin perderse de ningún detalle. Debo decirte, aunque no me leas, que aun cuesta creer que te fuiste de por acá. Será por costumbre de haberte tenido siempre, por afecto repetido o por la simple certeza de saber que siempre estabas a unas pocas cuadras de aquí. Los cuentos de hadas no existen, y sólo nos tocan melodramas con condimentos salteados de comedia. La linealidad del tiempo es implacable, y nadie todavía pudo encontrar la manera de eludir su poder. Y en nuestras obras cometemos errores, porque disponemos de sólo un ensayo por vez. A veces nos sale bien y otras veces no tanto. Caemos y volvemos a caer sobre lo mismo, sobre las mismas angustias y preguntas de siempre. Pero también aprendemos, aunque muchas veces no nos enteramos de ello. Qué obra tan larga, Juan. Qué actos tan maestros y qué piezas finales tan admirables. Cuánto de drama, de llanto, de bronca y de giros. ¡Cuántos giros! Nadie imaginó desenlaces tan originales. Al final aprendiste, y con esto me enseñaste, que los ojos siempre pueden ver un poco más que ayer, que los abrazos en lista de espera se tienen que efectuar mientras se está viviendo, y que el corazón nunca clausura las puertas de por vida.
Te confieso que todos te extrañamos, y que, desde ayer, todos compartimos el deseo de conocer un lugar del otro lado del mundo, allá por Budapest y alrededores.
Y, antes de irme, una cosa más; vos que tenés buena memoria, acordate de lo que te dije: esperame con el mate calentito y el ajedrez de madera listo para empezar a jugar.