miércoles, 22 de julio de 2009

La panza II


Lo importante es que, poco a poco, bajo la posibilidad y el miedo crecientes de un mal encuentro con la ley, fui dejando el manejo a un lado. Con la mente curiosa de un niño de seis o siete años, me fui interesando en otras cosas y el deseo de manejar que sentía cada vez que subía al auto de mi padre fue disminuyendo. Mis pedidos fueron cancelados siempre la misma excusa, aunque hubo un tiempo en que se amplió el repertorio de excusas: La cantidad de autos circundantes y su respectivo peligro, la posibilidad de choque y la consiguiente parada a la cárcel. A veces evocaba el poco tiempo con el que disponía para llegar. En ocasiones, postergaba y me prometía que la próxima vez podría manejar. Y fue así como mi infantil deseo de manejar comenzó a extinguirse. Creo que la mayoría de los niños, de la que involuntariamente formo parte, guarda sueños sin cumplir, el problema es que luego se los olvidan y jamás los resucitan.Dejando a un lado todo lo ocurrido, situándome en este presente tan momentáneo y fugaz, diré la causa de este pequeño recuerdo proveniente de mi ya lejana infancia. Hace unos días, no muchos, y luego de varios años de no ver a mi padre, subí a su auto y, sentado en el asiento de copiloto, tuve la impresión cuyo efecto ha causado toda esta sopa de letras ordenadas. Vi su panza. Observe el minúsculo espacio que separa a su panza del volante. Ningún niño de seis o siete años, por más genética y genética de flacos que posea, sería capaz de ubicarse en ese pequeño espacio. Me sentí un poco nostálgico, y es la sensación que se dispara cuando uno ve muy lejanos a los viejos tiempos, es decir, a los buenos tiempos: a los de antes, que eran mejores que los de ahora. Al menos sigo teniendo, sólo para con mi padre, la habilidad de controlar mis expresiones. Ahora me siento contento porque mantengo el poder de anular sus preguntas sobre mi estado de ánimo, así como lo hacía al ver su mano de reojo controlándome el volante.

La panza I


Puedo recordar, haciendo uso de elementales métodos para revivir memorias, que siendo un niño, mi padre solía dejarme manejar. Claro que, con aquellos seis o siete años de edad, sólo me era permitido darle un poco de dirección al volante. Y, a veces, la mano de mi padre lo controlaba disimuladamente desde la parte inferior de la circunferencia automovilística, de manera que no alcance a verla. Yo podía darme cuenta de la situación, pero jamás le reclamé su falta de confianza hacia mí, pues podía enojarse y echar a perder mis prematuros sueños de automovilista. Mientras él disimulaba su control paternal, yo disimulaba mi enojo respecto de tal acto. Me ha salido bien y dispongo de un puñado de razones como para creerlo: Mis expresiones siempre han demostrado detalladamente mis sentimientos excepto con mi padre, y mi padre pertenecía a esa clase de gente que observa y pregunta de manera mecánica, y teme por cada mala impresión que pueda llegar a causar en el otro. Creo que, si la genética no es puro cuento, he heredado tal característica. Y, por ende, debo de haber pasado por alto más de un disimulo de ánimos en su rostro.
Eran aquellos tiempos extraños que, debido a linealidades, ya han quedado muy atrás. Mis padres estaban recién casados y eran, por tanto, portadores mutuos de un joven amor cubierto de rosas sin espinas. Sí, sin espinas, el amor puede crear rosas sin espinas, aunque hoy en mi haber ya se encuentren numerosos y suficientes desencuentros como para reírme de tal afirmación. Ambos estaban delgados y sin arrugas. Nunca más volví a ver a mi padre en tal estado, tan joven y atlético. El espacio entre su cuerpo y el volante me otorgaba gran comodidad, incluso podía pararme en el asiento sin llegar a tocar sus piernas. Me encantaba dar paseos con él, ya que concebía como obligación suya dejarme manejar un poco. Nunca tuvimos un inconveniente con la policía, aunque la posibilidad de que aquello ocurriera algún día se convirtió en su excusa preferida, y luego me contaba relatos, visiblemente inventados pero que en su momento creí, sobre personas que fueron terriblemente multadas por la ley. La ley estaba formada por aquellas personas de azul que, entre gallitos y condecoraciones, multaban y regañaban a todos los que dejaban insatisfechos sus parámetros acerca de la buena y correcta gente. Creo que hoy sigue siendo así, y es más, ahora es peor que antes. Siempre ahora es peor que antes, creo que eso también constituye una ley. O tal vez sea impresión nuestra.

miércoles, 8 de julio de 2009

¿Y qué ves?


Creo pertenecer a aquel grupo de personas que gastan demasiado tiempo y energía en causas perdidas. Es posible que sea un estúpido perseguidor de lo imposible, un fiel creyente del cambio que jamás llegará, un ciego que pretende pasar por donde, en caso de ver, no pasaría. Y, contrario a lo que una cadena de razonamiento lógico podría deducir, no me siento un ser optimista. El optimismo es mirar hacia otro lado y hacer de cuenta que la mala hierba en el campo donde uno está parado no existe. Es tomar un bastón blanco y jugar al ciego en medio de un baldío. Uno de mis problemas es que miro demasiado las cosas, y en la medida en que más miro, más quiero cambiarlas, y más me doy cuenta de todo lo que debo cambiar. Me dijeron que es un problema de ojos; que el problema radica en los ojos, pero no supieron qué responderme cuando pregunté ávidamente “¿los ojos de quién?”.
Mis ojos ven. Veo y te veo ahí nomás, sentado, simulando la sencillez que no te pertenece. Por otro lado, te veo demasiado sofisticado y a la vez dulce. Es horrible: la primera imagen que logro construir es la de un robot cubierto de chocolate. Las palabras complicadas en una charla distendida no llevan a ningún lado. ¿Acaso no podés ver eso? Y luego, en medio de la placentera charla de a dos, y en un momento determinado, y escogiendo caóticamente un tema al azar; te dedicás a analizarlo e incrustarlo en tablas y razonamientos que terminan mareándote, aunque jamás lo admitirías. Citás autores que no leíste, hablás de secuencias que no viviste y que ni siquiera les dedicaste el tiempo suficiente para imaginarlas correctamente, y me contás con férrea firmeza ciertas cosas que no estás seguro de saberlas del todo y que te generan dudas a medida que salen de tu boca. Ensamblás explicaciones al tiempo justo, y en el minuto en que me dirijo al baño llevás a cabo la estrategia de generar respuestas a todas mis posibles inquietudes. Pero no te pregunto nada. No quiero saber respuestas recién nacidas. Y a pesar de todo lo que mis ojos ven en vos, de tus misterios, de tus señales diferidas y tardías y, sobre todo, de la arrogancia y el orgullo que inevitable y fugazmente soltás al viento, debo admitir, por respeto a la verdad, que es fascinante verte de espaldas y escuchar el tono exigido de tu voz. ¿Ha quedado clara la diferencia entre el tonto que choca y el que juega al ciego en medio de un baldío tanteando el aire con un bastón blanco?
Sin embargo, hace ya unos cuantos meses que no escucho tu voz, ni sus seguridades ni certezas, ni siquiera por teléfono. Pasaste hace varias semanas, y pareciera que aun no puedo desalojarte por completo. Sigo viendo las letras que escribís por ahí, y son esas mismas letras las que aumentan en mí los ánimos para dar salida directa y sin despedida a tus restos. Pero hoy mismo ya no puedo hacerlo. Y espero poder mañana, pero deberá ser antes de que el viento del domingo golpee mi cara.

martes, 7 de julio de 2009

Cuando uno mismo se rescata de uno mismo


No, no hay nadie acá. Sólo estoy frente a vos, en un típico espejo de novela de bajo costo. Hablándote sobre vos, que a su vez significa que me hables sobre mí.
¿Y así creés que vas a lograr subsistir en este mundo de manos cruzadas? ¿En este mundo donde el mandamiento de hallar la media naranja se encuentra escrito y latente en todas las canciones, los libros, las melodías y los cuadros? Creo que puedo decirte de qué se trata. Pero sólo de qué se trata. Vos me entendés. No sé cómo termina, por eso te advierto que no aceptaré reclamos si los resultados no satisfacen tus ideales. Y en base a mi limitada visión, te diré:
De símbolos anulares, de vestidos blancos y fiestas elegantes, de lunas dulces, y de sueños sobre sueños. De ojos de alguien, de cadenas de actos, y de promesas y eternidades. Y luego, supongo: de divorcios y juzgados, de polillas y resacas, de estrellas ciegas y sol abrasante, y de realidades sobre realidades.
Yo sé que te han dicho una y otra vez los beneficios de la soledad. Y no quiero convencerte de nada, pues siento que cualquiera sería capaz de convencerme sobre lo opuesto a lo que te acabo de contar.
Sólo estás mordiendo las pocas migas que han quedado.
Y no hay nadie en toda esta cavidad. Sólo observás el vacío que cubre tu habitación, y la sensación que carcome tu nuca es la de no haber dicho, en momentos oportunos, todas esas cosas que ahora mismo se están encargando de emitir intimaciones hacia todos tus centros cerebrales. Y otra cosa no parece importarte, no. El tiempo nunca hizo pausas por nadie; no esperes ser la excepción. Y ahora te ponés a mirar la televisión, y ves todas esas sonrisas de propaganda cuyos efectos retumban en tu cabeza, te alargan las orejas y te retuercen el alma como un trapo de piso en manos de una vieja abuela obsesiva del orden y la limpieza que limpia los suelos de su cocina. Y claro, los platos de cocina de la gente vienen de a pares. Dos y cuatro, pero pueden extenderse a seis, ocho y diez en días de almuerzos con parientes.
Mientras tanto, las cenizas del cigarrillo caen fuera del cenicero, y manchan tus dedos cuando intentás recogerlas. Estás deseando, ahora mismo, que el teléfono suene, que el celular lance esa estúpida música que acostumbra lanzar. Estás esperando que el timbre suene, que la madera de tu puerta sea golpeada por nudillos de un humano. Aunque, como ya sabemos, no de cualquier humano. Los ojos comienzan a pesarte, querés cerrarlos y que alguien venga a despertarte con un cálido beso en las mejillas, o al menos con una descomprometida caricia que se deslice sobre tu cara empapada en penas de domingo.
¿Y que podés decir al respecto? ¿Qué podés decir acerca de toda esta aparente multiplicidad de sensaciones inoportunas?
Sólo atinás a sentarte en el suelo, apoyando tu espalda en la pared y llenar tus pulmones de humo mientras mirás las telarañas del techo con absoluta vaciedad y desinterés.

Finalmente; te comunico que este rejunte caótico de letras no sirve para nada ni nadie.
Pero necesitaba expulsártelo. Eso es, expulsártelo.