lunes, 8 de junio de 2009

Ojos que caen


¿Aquel tenue resplandor cuyos rayos se cuelan entre las rejas de mi ventana es todo lo que ha quedado del maravilloso sol que en algunos tiempos me obligó a contraer al máximo mi frente? ¿Puede ser posible o es sólo un sueño caprichoso que juguetea con mi estado de vigilia? No soy lo suficientemente valiente como para lanzarme a descubrirlo. Es más, sería capaz de cerrar los ojos y negar todo suceso relacionado con este estado actual. Estado actual que provoca la miopía que tanto me aqueja, y estado actual que me impide navegar con soltura en busca de nuevos horizontes. Aquí tenemos el problema: hoy no puedo verlos, tengo miopía.
No puedo ver, tampoco, todas aquellas cosas que los ojos ajenos ven con suma claridad. Es más, opto por, en ocasiones, no creer lo que los otros ojos ven y caigo en la irremediable y terca decisión de comprobarlo por mí mismo. Y luego me doy cuenta cuán lastimado resulta mi cuerpo, cuán dañadas y cuán atrofiadas resultan mis ilusiones de encontrar una sombra aproximadamente complementaria a la mía. Caigo en errores básicos, primarios, eso está bien claro. Me hundo en ríos donde, si bien todos se han hundido alguna vez, las aguas ya están espesas de haber absorbido tantos venenos anónimos. Pero me hundo una vez más, en el mismo sitio, justo cuando comenzaba a creer que ya no habría de hundirme nunca más en el mismo lugar. Y sin embargo, mi pobre balsa termina volteándose por mi precario sentido de la orientación. ¿Y saben de quién es la culpa? Sí, ya casi no hace falta nombrarla, la culpa es de mi miopía.
Es posible que haya encontrado un uso útil para las banderas. Me vendaré los ojos con una de ellas hasta que este estado se haya esfumado por completo. O al menos, hasta el momento en que aquel horizonte que ahora veo difuso y movedizo se torne estable, definido y quieto.

Dedicado a las sombras confusas del ayer y del hoy. Y, que Dios no quiera, del mañana.

domingo, 7 de junio de 2009

De una aproximación a la Aproximación al estudio del amor

Posiblemente se trate de la relación más complicada que el humano pueda generar. Posiblemente, también, se trate del vínculo más destructivo, encubridor, enfermizo y miserable si no es utilizado con la debida honestidad. Me crea sensaciones que, prematuramente hipnotizadoras, comienzan a tomar posesión de mis distintas extensiones de crítica y sentido común. Anulan conexiones, y encienden tantas otras que se encontraban hasta el momento, claro está, apagadas. Con ello, iluminan mi interior, lo redescubren y lo decoran con estúpidos globos que poco a poco se van desinflando, tal como les sucede a todos los globos del mundo. Y destruye, destruye memorias y caminos anteriores. Y mata, con crueldad absoluta, a aquellos vestigios de prudencia que solía tener. Y avanza, avanza a paso firme y todos los actos por levantar bandera neutral se vuelven nulos. Las banderas no valen nada.
Y obliga, me obliga a soñar despierto, a proyectar situaciones que repito en mi mente una y otra vez, hasta que la situación logre satisfacerme. Hago uso de todas mis posibilidades de personificación ajena para intentar saber qué diría aquel, y qué diría aquel otro frente a mis exclamaciones y comentarios. Imagino respuestas. Ensayo una y otra vez según la cantidad de respuestas que haya imaginado.
Me vuelvo un imbécil. Desecho escudos invisibles por creerlos innecesarios en la situación en que me encuentro; y retiro mi guardia, dejando indefenso a mi costado izquierdo, que con un tambor de sonidos relativos, llama a que los arqueros profesionales sueltos por ahí lancen sus respectivas flechas. Y duele.
Pero no duele instantáneamente, sino que duele cuando intento, haciendo uso de todos los métodos por mí conocidos, retirar la flecha ubicada en la zona del tamboreo.
Y en esos momentos es cuando caigo al suelo con las rodillas desnudas para pedirle a Dios, o en su defecto, al que esté dando vueltas por ahí arriba y quiera prestar una oreja a un clamor de un pobre crédulo malherido, que el tambor no haya sido dañado vitalmente. Quizás me escuchen, quizás no. Quizás me arreglen, quizás no.Sea cual sea la respuesta, sé que deberé fabricar un parche para mi tambor. No sé qué material utilizaré, pero deberá ser un elemento resistente que permita rechazar a las flechas precoces y a las lanzadas con verdadero desgano. Sólo espero no acumular demasiados parches. Sin embargo, con un poco de hielo en la sangre y un cigarro bailando en los labios, pienso cuán insípido sería morir con el tambor intacto.