jueves, 22 de enero de 2009

Martita

Estoy perdiendo el control, las cuerdas se han cortado frente a mí. Mis uñas se han muerto y sus agónicas marcas se inmortalizaron en las paredes, simulando tramposas grietas de tiempos pasados. Pero nada de esto puede verse en las paredes, cambiar los muebles de lugar me es realmente satisfactorio. ¡Dichosos bloques de madera que ocultan mis locuras! Perdí noción de los números, son demasiado inestables. Jorge los domina, y ellos le obedecen callándose la boca y quedándose quietos, en los mismos renglones, inmóviles, como un niño al que acaban de regañar por una travesura inherente a su accionar. Jorge sabe mucho acerca de claves, códigos y cifras; los números son su especialidad. Los contestadores hablan en lenguas extintas, escupen palabras que no entiendo. Mientras que las agendas huyen de los cajones, las anotaciones confidenciales se desintegran silenciosamente, guardadas entre las hojas de una novela que él suele leer. Y las asociaciones se me vuelven sospechas, y las sospechas dejan de ser grisáceas para volverse definidas. Es cierto, hay secretos entre las hojas de esa novela. Las paredes se están descascarando a mi alrededor, lloran pintura y se cubren de manchas frías. Los ojos que me miran no son los de antes, se pierden desorbitados por ahí. Las sospechas me fluyen, toman altura y revolotean en mi mente, como aquellas moscas inmundas que se revolcaron en el pastel de mi último cumpleaños. Ayer conté mi edad en minutos, en horas y en días. Luego en semanas y meses. Concluí en lo inexacto que resulta la fecha de cada uno de los ritos, así como los aniversarios de casamiento. A nadie le gusta sentirse lejos del principio. Necesito algo de beber, una sustancia añeja podría nublarme la vista por unas cuantas horas. Pero todos están mirándome. Los ojos están en todas partes. Incluso Marta, esa gata insolente que Jorge me regaló con suma dulzura. Disfruta de arrojar portarretratos cuando deambula por los muebles. No me quita la mirada de encima. Está acusándome de entrometida, de querer revelar los secretos escondidos en la novela del cajón, me habla con sus ojos amarillos. Su cola se retuerce entre los adornos del piano, como en un acto preparatorio para verme correr tras la salvación de la porcelana.
Te embriagas de placer cuando los retratos caen al suelo, ¿verdad? Ni siquiera intentes engañarme, sé muy bien que te encanta oír el sonido de los vidrios rompiéndose y, como broche dorado, mis gritos de fastidio frente a tus actos. Ya no soporto el sonido que produce tu cascabel. No te quitas ese infernal collar porque sabes cuánto me repugna su sonido, ¿verdad? Y siempre en la cama duermes de mi lado porque sabes cuánto me afectan tus sucios pelos y la porquería que ellos transportan ¿verdad? Y también sabes lo triste que Jorge se pondría si me deshago de tu miserable existencia ¿verdad? Los equilibrios son difíciles de mantener, Martita. Ya te habrás dado cuenta. Sin embargo, siempre fui admiradora de tu equilibrio, mi buena Martita. ¿Puedo preguntarte algo? Por tu silencio y serenidad, Martita, asumo una respuesta positiva, ¿te parece bien? Dime, Martita; hablando ahora de Jorge ¿él nunca te dijo en qué piso vivimos?

Estados

Estados, ustedes son sólo estados. Espero tengan la amabilidad de ser pasajero. No les impediré firmar los suelos que caminan, les permito que dejen cuantas marcas y signos quieran. A su alcance están los colores del arco iris, así como también el blanco y el negro, y unos cuantos pinceles sin uso. Pueden pintar cuadros sobre mi suelo, de esta manera podré recordarlos cuando su estadía venza. Hoy te cuelgo, corazón. Voy a apartar mis ojos hacia las letras y las cifras. Hoy dejo tus raíces en un placard sin llave. Supongo que de este modo las penas perecerán. Sólo son estados, no te olvides. Jamás toques la puerta, yo ya no puedo oírte. Te pido perdón, es que acabo de firmar un contrato enunciado por mi cerebro. Firmé papeles sin pensar, y ahora ya no puedo arrepentirme. Firme un contrato conmigo, entre un yo y el otro, y no puedo violarlo. No te dejes apolillar, sólo espera a que alguien te retire de la oscuridad. Ya no imaginaré futuros con compañía, ni enviaré idealismos a los centros de mi cabeza. Jamás volveré a soñar sin estar durmiendo, los sueños se despertarán cuando ellos quieran. Ya he perdido el control de esta telaraña de idas y venidas, de viajes y regresos. Intentaré cerrar mis ojos sin que un pensamiento nostálgico y húmedo me asalte, reprimiré a todos aquellos de similar naturaleza y los encapsularé hasta que alguien te encuentre, corazón. Hasta ese día, corazón. Las guitarras ya no me humedecerán los ojos, corazón. Y no intentes desafiarme, ya me ocupé de eliminar todas tus ramificaciones, he visto tus planes de acción y he seguido las coordenadas al pie de la letra, y en verdad que eran ciertas. Hallé pequeños centros de raíces que jamás habría imaginado encontrar. He visto todo, he visto cómo te manejas, y en verdad me siento asombrado por tu astucia y tus silencios al accionar. Esto será un nuevo estado, uno que jamás olvidarás.
Por mi parte, he anulado las conexiones contigo. Ya estoy frío, ni siquiera me siento tibio. En cuanto a los centros de tu propiedad que no pude quitar por temor a perder la entereza de mi sistema, no te preocupes, los he rodeado de aislantes, para que las señales no puedan propagarse en mí. Comenzaré una vida de cifras, les daré permiso a los números para que me mareen a su gusto. No veré más allá de los objetos opacos, no buscaré ni inventaré significados. No haré más preguntas que las pertinentes. Hablaré sólo lo necesario. Mediré mis impulsos con una probeta imaginaria. No viajaré a las estrellas, nada de constelaciones extrañas o lejanas. Y, por sobre todo, estructuraré este caos que has causado, que te he permitido causar. O, quitándome los pantalones, ordenaré este caótico escenario que juntos hemos generado.