domingo, 11 de octubre de 2009

Juan

Es en verdad una pena haber tenido que esperar tanto para escribirte al menos unas líneas de tinta. La noticia del principio de tu gira nos tomó a todos por sorpresa, por más que era ya tu deseo, bajo el cansancio de haber respirado sin parar durante 92 años. Una gran y larga película que empezamos a verla por la mitad, pero que tu memoria, con esa mágica entereza de tu propiedad, llevó de manera intacta sin perderse de ningún detalle. Debo decirte, aunque no me leas, que aun cuesta creer que te fuiste de por acá. Será por costumbre de haberte tenido siempre, por afecto repetido o por la simple certeza de saber que siempre estabas a unas pocas cuadras de aquí. Los cuentos de hadas no existen, y sólo nos tocan melodramas con condimentos salteados de comedia. La linealidad del tiempo es implacable, y nadie todavía pudo encontrar la manera de eludir su poder. Y en nuestras obras cometemos errores, porque disponemos de sólo un ensayo por vez. A veces nos sale bien y otras veces no tanto. Caemos y volvemos a caer sobre lo mismo, sobre las mismas angustias y preguntas de siempre. Pero también aprendemos, aunque muchas veces no nos enteramos de ello. Qué obra tan larga, Juan. Qué actos tan maestros y qué piezas finales tan admirables. Cuánto de drama, de llanto, de bronca y de giros. ¡Cuántos giros! Nadie imaginó desenlaces tan originales. Al final aprendiste, y con esto me enseñaste, que los ojos siempre pueden ver un poco más que ayer, que los abrazos en lista de espera se tienen que efectuar mientras se está viviendo, y que el corazón nunca clausura las puertas de por vida.
Te confieso que todos te extrañamos, y que, desde ayer, todos compartimos el deseo de conocer un lugar del otro lado del mundo, allá por Budapest y alrededores.
Y, antes de irme, una cosa más; vos que tenés buena memoria, acordate de lo que te dije: esperame con el mate calentito y el ajedrez de madera listo para empezar a jugar.

sábado, 8 de agosto de 2009

Al ausente de hoy

Probablemente ya no sea éste el momento oportuno para escribirte esto, me temo que ese momento y sus condescendientes ya se han extinguido. He dejado pasar varios días en blanco, en los que posiblemente se hayan encontrado esos condescendientes a los que me he referido en la oración anterior. Quedaron atrás los momentos idóneos donde la amalgama entre bronca y pena se encontraba conformada equilibradamente. Hoy ya no soy discípulo de la bronca que causaste en mí, y la desilusión, por su parte, se ha ido callando, quedando afónica y harta de tanto gritarme al oído para convencerme de que lleve a cabo una justa y retributiva venganza. Es posible, entonces, que mi cabeza haya dejado pasar tantos días en blanco bajo un fin meramente de prudencia, para llegar así a un día como hoy, en el que, según creo, ya no quedan vestigios sólidos ni imaginarios de rencor que puedan causar algún daño cerebral en mí.
De lo que nadie está libre es de la nostalgia. Es un elemento tan perfecto que jamás se logrará descubrir una vacuna contra su accionar. Aunque, ahora que lo pienso por segunda vez, aquel científico que invente dicha vacuna será el culpable de haber eliminado y atrofiado millones de poesías alrededor del mundo.
Hoy puedo decirte que me alegra haber sido mezquino con mis demostraciones de afecto. Me alegra haber callado en la mayoría (aunque no en todas) las ocasiones en que te respondí sólo con unas cómplices palmeadas en la espalda. Me queda pendiente la tarea de entender tu hipocresía. Aunque, pensándolo por segunda vez, resuelvo que no estoy completamente interesado en entender el mecanismo de tal cosa, pues me aterra aprenderlo, aprehenderlo y aplicarlo alguna vez sin darme cuenta de ello. He oído cada una de tus penas de domingo, y hemos pateado juntos las piedras mas afiladas del fondo de tus mares. Jamás te he visto llorar y, por supuesto y debido al orgullo (que tantas veces me atribuiste correctamente), jamás dejé que vieras siquiera una lágrima caer de mis ojos. No me arrepiento de haberte dedicado tantas noches, tardes, horas y mates. Es más, estoy en condiciones de jurarte que sería capaz de dedicarte tiempos nuevos, pero bajo la condición de que asumas tus errores, los reconozcas, los mastiques y luego me envíes una señal lo suficientemente humana como para darme fe de que has decidido, por alguna razón o por mera influencia mágica, volver a ser el muchacho sencillo, distinto y entrañable que conocí hace algunos años.
He sido testigo no casual de cada una de sus desilusiones, y te he dado el envión que a gritos me pedías en aquellas situaciones donde las dudas y las dicotomías se tornaban tan fuertes como para apagar todos tus centros encargados de tomar decisiones. Estuve ahí, más de muchas veces, embarrado en la trinchera de las guerras que tan frecuentemente te declarabas a vos mismo. Entonces, he sido marinero, caminante y soldado.
Sin embargo, hoy tus ojos ya no pueden ver todo esto. Pareciera que has decidido apretar un botón rojo y eliminar toda la información pasada. Y me duele, cayendo al suelo por un momento debo confesarte que me duele. Debo decirte también que en este momento estoy comenzando a recordar aquella situación final. Escucho tus bufonerías ingenuas, y puedo ver a los demás riéndose de todos los comentarios estúpidos, productos de una ambigua y paradójica cultura falocéntrica. Puedo verme espiando el reloj cada cinco minutos, siguiendo las agujas con mis ojos y haciendo cuentas (que tanto me cuestan) para averiguar cuánto tiempo más debo estar expuesto a tan hostil atmósfera. Observo cómo los discursos de un día difícil, en el que te hice confidente de mi verdad, se evaporan frente a mis narices. Y puedo verme, ahora, apretando las manos, con los dedos inquietos, y deformando mis zapatos al contraer todos los dedos de mis pies; intentando irme de tu lugar, de tu mesa para volver sólo a cambio de una intensa sesión de sinceras disculpas.
Fui testigo de tu costado siniestro, y de cómo fuiste modificando tu manera de ver el mundo al encontrar el amor en aquella muchacha de pelo largo que tanta antipatía me inspiró. Soy testigo fiel de tus facetas, de tus cambios y de tus transformaciones. Y, ahora, estoy comenzando a perder el control de lo que escribo. No quiero oír tus risas, ni presenciar otra vez un aquelarre similar a aquél. Estoy esperando una inyección de disculpas, sólo un gran momento de claridad. Pero debo decir que ya han pasado varios domingos y tu silencio está empezando a condenarte.

miércoles, 22 de julio de 2009

La panza II


Lo importante es que, poco a poco, bajo la posibilidad y el miedo crecientes de un mal encuentro con la ley, fui dejando el manejo a un lado. Con la mente curiosa de un niño de seis o siete años, me fui interesando en otras cosas y el deseo de manejar que sentía cada vez que subía al auto de mi padre fue disminuyendo. Mis pedidos fueron cancelados siempre la misma excusa, aunque hubo un tiempo en que se amplió el repertorio de excusas: La cantidad de autos circundantes y su respectivo peligro, la posibilidad de choque y la consiguiente parada a la cárcel. A veces evocaba el poco tiempo con el que disponía para llegar. En ocasiones, postergaba y me prometía que la próxima vez podría manejar. Y fue así como mi infantil deseo de manejar comenzó a extinguirse. Creo que la mayoría de los niños, de la que involuntariamente formo parte, guarda sueños sin cumplir, el problema es que luego se los olvidan y jamás los resucitan.Dejando a un lado todo lo ocurrido, situándome en este presente tan momentáneo y fugaz, diré la causa de este pequeño recuerdo proveniente de mi ya lejana infancia. Hace unos días, no muchos, y luego de varios años de no ver a mi padre, subí a su auto y, sentado en el asiento de copiloto, tuve la impresión cuyo efecto ha causado toda esta sopa de letras ordenadas. Vi su panza. Observe el minúsculo espacio que separa a su panza del volante. Ningún niño de seis o siete años, por más genética y genética de flacos que posea, sería capaz de ubicarse en ese pequeño espacio. Me sentí un poco nostálgico, y es la sensación que se dispara cuando uno ve muy lejanos a los viejos tiempos, es decir, a los buenos tiempos: a los de antes, que eran mejores que los de ahora. Al menos sigo teniendo, sólo para con mi padre, la habilidad de controlar mis expresiones. Ahora me siento contento porque mantengo el poder de anular sus preguntas sobre mi estado de ánimo, así como lo hacía al ver su mano de reojo controlándome el volante.

La panza I


Puedo recordar, haciendo uso de elementales métodos para revivir memorias, que siendo un niño, mi padre solía dejarme manejar. Claro que, con aquellos seis o siete años de edad, sólo me era permitido darle un poco de dirección al volante. Y, a veces, la mano de mi padre lo controlaba disimuladamente desde la parte inferior de la circunferencia automovilística, de manera que no alcance a verla. Yo podía darme cuenta de la situación, pero jamás le reclamé su falta de confianza hacia mí, pues podía enojarse y echar a perder mis prematuros sueños de automovilista. Mientras él disimulaba su control paternal, yo disimulaba mi enojo respecto de tal acto. Me ha salido bien y dispongo de un puñado de razones como para creerlo: Mis expresiones siempre han demostrado detalladamente mis sentimientos excepto con mi padre, y mi padre pertenecía a esa clase de gente que observa y pregunta de manera mecánica, y teme por cada mala impresión que pueda llegar a causar en el otro. Creo que, si la genética no es puro cuento, he heredado tal característica. Y, por ende, debo de haber pasado por alto más de un disimulo de ánimos en su rostro.
Eran aquellos tiempos extraños que, debido a linealidades, ya han quedado muy atrás. Mis padres estaban recién casados y eran, por tanto, portadores mutuos de un joven amor cubierto de rosas sin espinas. Sí, sin espinas, el amor puede crear rosas sin espinas, aunque hoy en mi haber ya se encuentren numerosos y suficientes desencuentros como para reírme de tal afirmación. Ambos estaban delgados y sin arrugas. Nunca más volví a ver a mi padre en tal estado, tan joven y atlético. El espacio entre su cuerpo y el volante me otorgaba gran comodidad, incluso podía pararme en el asiento sin llegar a tocar sus piernas. Me encantaba dar paseos con él, ya que concebía como obligación suya dejarme manejar un poco. Nunca tuvimos un inconveniente con la policía, aunque la posibilidad de que aquello ocurriera algún día se convirtió en su excusa preferida, y luego me contaba relatos, visiblemente inventados pero que en su momento creí, sobre personas que fueron terriblemente multadas por la ley. La ley estaba formada por aquellas personas de azul que, entre gallitos y condecoraciones, multaban y regañaban a todos los que dejaban insatisfechos sus parámetros acerca de la buena y correcta gente. Creo que hoy sigue siendo así, y es más, ahora es peor que antes. Siempre ahora es peor que antes, creo que eso también constituye una ley. O tal vez sea impresión nuestra.

miércoles, 8 de julio de 2009

¿Y qué ves?


Creo pertenecer a aquel grupo de personas que gastan demasiado tiempo y energía en causas perdidas. Es posible que sea un estúpido perseguidor de lo imposible, un fiel creyente del cambio que jamás llegará, un ciego que pretende pasar por donde, en caso de ver, no pasaría. Y, contrario a lo que una cadena de razonamiento lógico podría deducir, no me siento un ser optimista. El optimismo es mirar hacia otro lado y hacer de cuenta que la mala hierba en el campo donde uno está parado no existe. Es tomar un bastón blanco y jugar al ciego en medio de un baldío. Uno de mis problemas es que miro demasiado las cosas, y en la medida en que más miro, más quiero cambiarlas, y más me doy cuenta de todo lo que debo cambiar. Me dijeron que es un problema de ojos; que el problema radica en los ojos, pero no supieron qué responderme cuando pregunté ávidamente “¿los ojos de quién?”.
Mis ojos ven. Veo y te veo ahí nomás, sentado, simulando la sencillez que no te pertenece. Por otro lado, te veo demasiado sofisticado y a la vez dulce. Es horrible: la primera imagen que logro construir es la de un robot cubierto de chocolate. Las palabras complicadas en una charla distendida no llevan a ningún lado. ¿Acaso no podés ver eso? Y luego, en medio de la placentera charla de a dos, y en un momento determinado, y escogiendo caóticamente un tema al azar; te dedicás a analizarlo e incrustarlo en tablas y razonamientos que terminan mareándote, aunque jamás lo admitirías. Citás autores que no leíste, hablás de secuencias que no viviste y que ni siquiera les dedicaste el tiempo suficiente para imaginarlas correctamente, y me contás con férrea firmeza ciertas cosas que no estás seguro de saberlas del todo y que te generan dudas a medida que salen de tu boca. Ensamblás explicaciones al tiempo justo, y en el minuto en que me dirijo al baño llevás a cabo la estrategia de generar respuestas a todas mis posibles inquietudes. Pero no te pregunto nada. No quiero saber respuestas recién nacidas. Y a pesar de todo lo que mis ojos ven en vos, de tus misterios, de tus señales diferidas y tardías y, sobre todo, de la arrogancia y el orgullo que inevitable y fugazmente soltás al viento, debo admitir, por respeto a la verdad, que es fascinante verte de espaldas y escuchar el tono exigido de tu voz. ¿Ha quedado clara la diferencia entre el tonto que choca y el que juega al ciego en medio de un baldío tanteando el aire con un bastón blanco?
Sin embargo, hace ya unos cuantos meses que no escucho tu voz, ni sus seguridades ni certezas, ni siquiera por teléfono. Pasaste hace varias semanas, y pareciera que aun no puedo desalojarte por completo. Sigo viendo las letras que escribís por ahí, y son esas mismas letras las que aumentan en mí los ánimos para dar salida directa y sin despedida a tus restos. Pero hoy mismo ya no puedo hacerlo. Y espero poder mañana, pero deberá ser antes de que el viento del domingo golpee mi cara.

martes, 7 de julio de 2009

Cuando uno mismo se rescata de uno mismo


No, no hay nadie acá. Sólo estoy frente a vos, en un típico espejo de novela de bajo costo. Hablándote sobre vos, que a su vez significa que me hables sobre mí.
¿Y así creés que vas a lograr subsistir en este mundo de manos cruzadas? ¿En este mundo donde el mandamiento de hallar la media naranja se encuentra escrito y latente en todas las canciones, los libros, las melodías y los cuadros? Creo que puedo decirte de qué se trata. Pero sólo de qué se trata. Vos me entendés. No sé cómo termina, por eso te advierto que no aceptaré reclamos si los resultados no satisfacen tus ideales. Y en base a mi limitada visión, te diré:
De símbolos anulares, de vestidos blancos y fiestas elegantes, de lunas dulces, y de sueños sobre sueños. De ojos de alguien, de cadenas de actos, y de promesas y eternidades. Y luego, supongo: de divorcios y juzgados, de polillas y resacas, de estrellas ciegas y sol abrasante, y de realidades sobre realidades.
Yo sé que te han dicho una y otra vez los beneficios de la soledad. Y no quiero convencerte de nada, pues siento que cualquiera sería capaz de convencerme sobre lo opuesto a lo que te acabo de contar.
Sólo estás mordiendo las pocas migas que han quedado.
Y no hay nadie en toda esta cavidad. Sólo observás el vacío que cubre tu habitación, y la sensación que carcome tu nuca es la de no haber dicho, en momentos oportunos, todas esas cosas que ahora mismo se están encargando de emitir intimaciones hacia todos tus centros cerebrales. Y otra cosa no parece importarte, no. El tiempo nunca hizo pausas por nadie; no esperes ser la excepción. Y ahora te ponés a mirar la televisión, y ves todas esas sonrisas de propaganda cuyos efectos retumban en tu cabeza, te alargan las orejas y te retuercen el alma como un trapo de piso en manos de una vieja abuela obsesiva del orden y la limpieza que limpia los suelos de su cocina. Y claro, los platos de cocina de la gente vienen de a pares. Dos y cuatro, pero pueden extenderse a seis, ocho y diez en días de almuerzos con parientes.
Mientras tanto, las cenizas del cigarrillo caen fuera del cenicero, y manchan tus dedos cuando intentás recogerlas. Estás deseando, ahora mismo, que el teléfono suene, que el celular lance esa estúpida música que acostumbra lanzar. Estás esperando que el timbre suene, que la madera de tu puerta sea golpeada por nudillos de un humano. Aunque, como ya sabemos, no de cualquier humano. Los ojos comienzan a pesarte, querés cerrarlos y que alguien venga a despertarte con un cálido beso en las mejillas, o al menos con una descomprometida caricia que se deslice sobre tu cara empapada en penas de domingo.
¿Y que podés decir al respecto? ¿Qué podés decir acerca de toda esta aparente multiplicidad de sensaciones inoportunas?
Sólo atinás a sentarte en el suelo, apoyando tu espalda en la pared y llenar tus pulmones de humo mientras mirás las telarañas del techo con absoluta vaciedad y desinterés.

Finalmente; te comunico que este rejunte caótico de letras no sirve para nada ni nadie.
Pero necesitaba expulsártelo. Eso es, expulsártelo.

lunes, 8 de junio de 2009

Ojos que caen


¿Aquel tenue resplandor cuyos rayos se cuelan entre las rejas de mi ventana es todo lo que ha quedado del maravilloso sol que en algunos tiempos me obligó a contraer al máximo mi frente? ¿Puede ser posible o es sólo un sueño caprichoso que juguetea con mi estado de vigilia? No soy lo suficientemente valiente como para lanzarme a descubrirlo. Es más, sería capaz de cerrar los ojos y negar todo suceso relacionado con este estado actual. Estado actual que provoca la miopía que tanto me aqueja, y estado actual que me impide navegar con soltura en busca de nuevos horizontes. Aquí tenemos el problema: hoy no puedo verlos, tengo miopía.
No puedo ver, tampoco, todas aquellas cosas que los ojos ajenos ven con suma claridad. Es más, opto por, en ocasiones, no creer lo que los otros ojos ven y caigo en la irremediable y terca decisión de comprobarlo por mí mismo. Y luego me doy cuenta cuán lastimado resulta mi cuerpo, cuán dañadas y cuán atrofiadas resultan mis ilusiones de encontrar una sombra aproximadamente complementaria a la mía. Caigo en errores básicos, primarios, eso está bien claro. Me hundo en ríos donde, si bien todos se han hundido alguna vez, las aguas ya están espesas de haber absorbido tantos venenos anónimos. Pero me hundo una vez más, en el mismo sitio, justo cuando comenzaba a creer que ya no habría de hundirme nunca más en el mismo lugar. Y sin embargo, mi pobre balsa termina volteándose por mi precario sentido de la orientación. ¿Y saben de quién es la culpa? Sí, ya casi no hace falta nombrarla, la culpa es de mi miopía.
Es posible que haya encontrado un uso útil para las banderas. Me vendaré los ojos con una de ellas hasta que este estado se haya esfumado por completo. O al menos, hasta el momento en que aquel horizonte que ahora veo difuso y movedizo se torne estable, definido y quieto.

Dedicado a las sombras confusas del ayer y del hoy. Y, que Dios no quiera, del mañana.

domingo, 7 de junio de 2009

De una aproximación a la Aproximación al estudio del amor

Posiblemente se trate de la relación más complicada que el humano pueda generar. Posiblemente, también, se trate del vínculo más destructivo, encubridor, enfermizo y miserable si no es utilizado con la debida honestidad. Me crea sensaciones que, prematuramente hipnotizadoras, comienzan a tomar posesión de mis distintas extensiones de crítica y sentido común. Anulan conexiones, y encienden tantas otras que se encontraban hasta el momento, claro está, apagadas. Con ello, iluminan mi interior, lo redescubren y lo decoran con estúpidos globos que poco a poco se van desinflando, tal como les sucede a todos los globos del mundo. Y destruye, destruye memorias y caminos anteriores. Y mata, con crueldad absoluta, a aquellos vestigios de prudencia que solía tener. Y avanza, avanza a paso firme y todos los actos por levantar bandera neutral se vuelven nulos. Las banderas no valen nada.
Y obliga, me obliga a soñar despierto, a proyectar situaciones que repito en mi mente una y otra vez, hasta que la situación logre satisfacerme. Hago uso de todas mis posibilidades de personificación ajena para intentar saber qué diría aquel, y qué diría aquel otro frente a mis exclamaciones y comentarios. Imagino respuestas. Ensayo una y otra vez según la cantidad de respuestas que haya imaginado.
Me vuelvo un imbécil. Desecho escudos invisibles por creerlos innecesarios en la situación en que me encuentro; y retiro mi guardia, dejando indefenso a mi costado izquierdo, que con un tambor de sonidos relativos, llama a que los arqueros profesionales sueltos por ahí lancen sus respectivas flechas. Y duele.
Pero no duele instantáneamente, sino que duele cuando intento, haciendo uso de todos los métodos por mí conocidos, retirar la flecha ubicada en la zona del tamboreo.
Y en esos momentos es cuando caigo al suelo con las rodillas desnudas para pedirle a Dios, o en su defecto, al que esté dando vueltas por ahí arriba y quiera prestar una oreja a un clamor de un pobre crédulo malherido, que el tambor no haya sido dañado vitalmente. Quizás me escuchen, quizás no. Quizás me arreglen, quizás no.Sea cual sea la respuesta, sé que deberé fabricar un parche para mi tambor. No sé qué material utilizaré, pero deberá ser un elemento resistente que permita rechazar a las flechas precoces y a las lanzadas con verdadero desgano. Sólo espero no acumular demasiados parches. Sin embargo, con un poco de hielo en la sangre y un cigarro bailando en los labios, pienso cuán insípido sería morir con el tambor intacto.

jueves, 22 de enero de 2009

Martita

Estoy perdiendo el control, las cuerdas se han cortado frente a mí. Mis uñas se han muerto y sus agónicas marcas se inmortalizaron en las paredes, simulando tramposas grietas de tiempos pasados. Pero nada de esto puede verse en las paredes, cambiar los muebles de lugar me es realmente satisfactorio. ¡Dichosos bloques de madera que ocultan mis locuras! Perdí noción de los números, son demasiado inestables. Jorge los domina, y ellos le obedecen callándose la boca y quedándose quietos, en los mismos renglones, inmóviles, como un niño al que acaban de regañar por una travesura inherente a su accionar. Jorge sabe mucho acerca de claves, códigos y cifras; los números son su especialidad. Los contestadores hablan en lenguas extintas, escupen palabras que no entiendo. Mientras que las agendas huyen de los cajones, las anotaciones confidenciales se desintegran silenciosamente, guardadas entre las hojas de una novela que él suele leer. Y las asociaciones se me vuelven sospechas, y las sospechas dejan de ser grisáceas para volverse definidas. Es cierto, hay secretos entre las hojas de esa novela. Las paredes se están descascarando a mi alrededor, lloran pintura y se cubren de manchas frías. Los ojos que me miran no son los de antes, se pierden desorbitados por ahí. Las sospechas me fluyen, toman altura y revolotean en mi mente, como aquellas moscas inmundas que se revolcaron en el pastel de mi último cumpleaños. Ayer conté mi edad en minutos, en horas y en días. Luego en semanas y meses. Concluí en lo inexacto que resulta la fecha de cada uno de los ritos, así como los aniversarios de casamiento. A nadie le gusta sentirse lejos del principio. Necesito algo de beber, una sustancia añeja podría nublarme la vista por unas cuantas horas. Pero todos están mirándome. Los ojos están en todas partes. Incluso Marta, esa gata insolente que Jorge me regaló con suma dulzura. Disfruta de arrojar portarretratos cuando deambula por los muebles. No me quita la mirada de encima. Está acusándome de entrometida, de querer revelar los secretos escondidos en la novela del cajón, me habla con sus ojos amarillos. Su cola se retuerce entre los adornos del piano, como en un acto preparatorio para verme correr tras la salvación de la porcelana.
Te embriagas de placer cuando los retratos caen al suelo, ¿verdad? Ni siquiera intentes engañarme, sé muy bien que te encanta oír el sonido de los vidrios rompiéndose y, como broche dorado, mis gritos de fastidio frente a tus actos. Ya no soporto el sonido que produce tu cascabel. No te quitas ese infernal collar porque sabes cuánto me repugna su sonido, ¿verdad? Y siempre en la cama duermes de mi lado porque sabes cuánto me afectan tus sucios pelos y la porquería que ellos transportan ¿verdad? Y también sabes lo triste que Jorge se pondría si me deshago de tu miserable existencia ¿verdad? Los equilibrios son difíciles de mantener, Martita. Ya te habrás dado cuenta. Sin embargo, siempre fui admiradora de tu equilibrio, mi buena Martita. ¿Puedo preguntarte algo? Por tu silencio y serenidad, Martita, asumo una respuesta positiva, ¿te parece bien? Dime, Martita; hablando ahora de Jorge ¿él nunca te dijo en qué piso vivimos?

Estados

Estados, ustedes son sólo estados. Espero tengan la amabilidad de ser pasajero. No les impediré firmar los suelos que caminan, les permito que dejen cuantas marcas y signos quieran. A su alcance están los colores del arco iris, así como también el blanco y el negro, y unos cuantos pinceles sin uso. Pueden pintar cuadros sobre mi suelo, de esta manera podré recordarlos cuando su estadía venza. Hoy te cuelgo, corazón. Voy a apartar mis ojos hacia las letras y las cifras. Hoy dejo tus raíces en un placard sin llave. Supongo que de este modo las penas perecerán. Sólo son estados, no te olvides. Jamás toques la puerta, yo ya no puedo oírte. Te pido perdón, es que acabo de firmar un contrato enunciado por mi cerebro. Firmé papeles sin pensar, y ahora ya no puedo arrepentirme. Firme un contrato conmigo, entre un yo y el otro, y no puedo violarlo. No te dejes apolillar, sólo espera a que alguien te retire de la oscuridad. Ya no imaginaré futuros con compañía, ni enviaré idealismos a los centros de mi cabeza. Jamás volveré a soñar sin estar durmiendo, los sueños se despertarán cuando ellos quieran. Ya he perdido el control de esta telaraña de idas y venidas, de viajes y regresos. Intentaré cerrar mis ojos sin que un pensamiento nostálgico y húmedo me asalte, reprimiré a todos aquellos de similar naturaleza y los encapsularé hasta que alguien te encuentre, corazón. Hasta ese día, corazón. Las guitarras ya no me humedecerán los ojos, corazón. Y no intentes desafiarme, ya me ocupé de eliminar todas tus ramificaciones, he visto tus planes de acción y he seguido las coordenadas al pie de la letra, y en verdad que eran ciertas. Hallé pequeños centros de raíces que jamás habría imaginado encontrar. He visto todo, he visto cómo te manejas, y en verdad me siento asombrado por tu astucia y tus silencios al accionar. Esto será un nuevo estado, uno que jamás olvidarás.
Por mi parte, he anulado las conexiones contigo. Ya estoy frío, ni siquiera me siento tibio. En cuanto a los centros de tu propiedad que no pude quitar por temor a perder la entereza de mi sistema, no te preocupes, los he rodeado de aislantes, para que las señales no puedan propagarse en mí. Comenzaré una vida de cifras, les daré permiso a los números para que me mareen a su gusto. No veré más allá de los objetos opacos, no buscaré ni inventaré significados. No haré más preguntas que las pertinentes. Hablaré sólo lo necesario. Mediré mis impulsos con una probeta imaginaria. No viajaré a las estrellas, nada de constelaciones extrañas o lejanas. Y, por sobre todo, estructuraré este caos que has causado, que te he permitido causar. O, quitándome los pantalones, ordenaré este caótico escenario que juntos hemos generado.