domingo, 20 de abril de 2008

Autodestrucción

Voy a apretar el botón rojo, es mi última salida para abandonar este mundo con un extenso estruendo que se sienta en el pecho de todos los aquí presentes y pseudos presentes. El botón rojo me llama la atención, pues nunca lo he pulsado antes. Se ve muy brillante, nuevo, sin uso y a estrenar. Luego nadie podrá hallar algo de mí, mis trozos se dispersarán por todo el universo conocido. Supongo que podré experimentar la libertad absoluta, pues si ese cuento del alma dentro de un cuerpo es real, viajaré por todos aquellos lugares que siempre quise conocer, y me mantendré muy lejos de cada una de las cosas que me han afectado en vida. Seré dueño y no subordinado. Espero que todo lo que pienso se cumpla, ojala todo sea real. Tengo muchas ganas de dormir una sienta en las nubes y quiero conocer el sol más de cerca.
Hasta luego.

Engaño

Tiene patas cortas, siempre es imperfecto. No existe uno perfecto e implacable, siempre una incubación micótica lo empieza a pudrir lentamente hasta poseer todo el entero y asesinarlo en el último acto teatral. Inservibes, obsoletos, pura chatarra. Todo termina en culpa y en la autotortura que revienta las venas principales a fin de crear un impresionista cuadro rojizo sobre el suelo de una habitación blanca. El escondite preferido es el estómago, donde tira de las cuerdas más sensibles provocando un nudo infernal que dobla al sujeto por la mitad. No le permite caminar ni fijar los ojos en otro par, consume lo moral hasta el último vestigio. También puede convertirse en un tramposo fantasma que ronde pendencieramente en la cabeza del individuo, pisando neuronas y provocando congestionamientos y nudos de dendritas. Entonces, las señales necesarias no llegarán al cerebro, todo se desmoronará. El caos comenzará, pues, a reinar en todo el territorio sensitivo. La parálisis nacerá, los temblores involuntarios dominarán sobre los movimientos planificados. ¿Será necesario llegar a estos puntos?

viernes, 18 de abril de 2008

Gracias

Quiero agradecer, si es posible, anónimamente (como la gente misma que por aquí pasa) a cada alma que se detiene en este lugar, ya sea para echar un vistazo, leer o criticar. Gracias a los que vienen a echar un vistazo, muchas gracias a los que leen, y muchísimas gracias a los que critican. Háganme saber sus acuerdos o desacuerdos, se los agradeceré aún más. Hablo en plural; pienso que el destinatario estará compuesto, a lo sumo, de dos personas. Hasta el momento se han registrado algo más de setecientas visitas.
¡Setecientas y pico de gracias!

viernes, 11 de abril de 2008

La Luna

Sistemáticamente cambia su cara. En algún tiempo decidió rutinizar sus apariciones, para que los humanos se sientan satisfechos consigo mismos y con sus saberes y sus matemáticas de predicción. Cuando la timidez le llena de dudas sus mares, ella aclama por sus másicas y húmedas amigas de toda la vida, las que aceptan su pedido de ayuda y la cubren completamente. De vez en cuando, alguna amiga oscura de tormenta le cumple el favor de opacarla completamente. Ella no recuerda cuando nació, aunque por ahí digan que se separó de la Tierra dejando un gran agujero en el océano. “Es posible”, piensa; pues su responsabilidad sobre las mareas siempre le resultó sencilla y automática, siempre efectuó las acciones requeridas de manera precisa, como si estuviesen incorporadas en ella innatamente. A veces se sonroja cuando recuerda aquella vez en que a alguien se le ocurrió llamar “mares” a sus agujeros de vejez.
Jamás se preocupó en el pago de una factura de luz, pues siempre la recibió prestada en compensación por trabajar en horario nocturno, donde el frío siempre se torna más despiadado. Se ríe de lo que la gente le ha atribuido a lo largo del tiempo. Algunos hasta la han adorado y temido en los eclipses. “Me oculto con fines lúdicos y me temen”, pensaba en aquellos tiempos.
Según ella, no hace falta que le adoren ni que le teman, con el simple hecho de que un día a la semana sea suyo... se conforma.

Remolino

Me encantaría ver un remolino de arena en este momento, y ojala que se aproxime a una velocidad supersónica así no tengo tiempo de arrepentirme y escapar. El remolino entonces se acerca a mí, me dejo envolver entre los vientos, la tierra y las piedras filosas arrastradas. Al principio sentiría dolor, pero en el ojo todo podrá volverse calmo. Veré el cielo desde el centro de un tornado y viajaré junto con él. El viento se llevará todos mis costados oscuros, me limpiará. Las piedras reventarán las heridas preformadas que tanto me aquejaban desde hacía tiempo. Expulsarán la sangre contaminada y reviviré, renaceré. Luego me tiraré a dormir en el desierto, imaginaré un oasis y éste se hará realidad. Beberé agua dulce y comeré los frutos que los árboles me brinden. No es tan difícil imaginarse todo esto, sólo hay que intentarlo, convencerse de que sucederá. Y sucederá. Casi puedo ver allá a lo lejos que está empezando a levantarse una pequeña brisa que revuelve la tierra…