martes, 18 de marzo de 2008

Hablemos

Hablemos y hagamos retumbar las palabras en nuestras vísceras. Que den las vueltas necesarias en el encéfalo, y si tienen tiempo que den también las vueltas consideradas periféricas o secundarias para ampliar y perfeccionar el mensaje que saldrá escupido por la boca acompañado de minúsculas gotas de saliva caliente. Desnudemos las almas y alisemos esos lugarcitos montañosos que resultaron intransitables para la razón en reiteradas ocasiones pasadas. Iluminemos un poco los rincones cóncavos donde las telarañas parecen armaduras impenetrables. Usemos fuego para quemar las dudas y agua para que crezcan las plantas de una nueva vida. Tengamos cuidado de que no se conviertan en enredaderas que se estrangulen a sí mismas, pues si eso sucede, todo lo anterior será declarado en vano. Instalemos una planta potabilizadora de desechos cloacales en cada mente, así podremos esclarecer esas aguas turbias llenas de monstruos desconocidos con tentáculos que sabotean conexiones básicas haciéndonos proceder tan atontadamente. Liberemos espacio, no hacen falta tantos adornos y chucherías, entorpecen los ojos y limitan la visión totalitaria y detallista. Gritemos juntos, no compitamos en el alcance de la voz individual, pues esto no se trata de ningún concurso, sino de una búsqueda. Busquemos, revolvamos libros viejos cubiertos de polvo, miremos fotografías en blanco y negro, caminemos al pasado. A veces para entender el presente es preciso tener buena memoria e integrar lo pretérito con lo presente, para así poder imaginar rudimentariamente un futuro cercano. Mañana sale el sol, eso lo sabemos, no podemos impedirlo. ¿Mañana sale el sol?

miércoles, 12 de marzo de 2008

Bernardo

A Bernardo le cuesta abrir los ojos a la mañana, a pesar de que los autos matutinos entran en sus sueños mezclándose entre ellos y sacándolo, poco a poco, de su mundo de realidades opuestas. El humo que ingresa por la ventana le contamina el aire.
Bernardo perdió la cuenta de sus años, no le interesa recordad ninguna fecha específica, ni tampoco tiene a nadie que se las recuerde. A no ser aquella mujer bautizada bajo el nombre de Clara, que salió en una mañana de invierno con la misión de ir a la panadería. Jamás volvió, y de ella sólo queda un vago recuerdo nostálgico que revive en forma de lágrima cada vez que una mañana se asemeja a aquella que Bernardo prefiere no recordar, ni nombrar, pues el efecto ya es sabido y el masoquismo ya le es cotidiano. Bernardo vive cerca de San Telmo, en un lugar donde ni el más sencillo podría sentirse cómodo. El mismo decoró su refugio con todas esas cosas que los demás desechan. Durante mucho tiempo las estrellas fueron sus velas, por lo que jamás maldijo a nadie durante los imprevistos apagones de la ciudad. “Setenta y algo”, dice cuando algún humano se siente atencionalmente estimulado por su edad en alguna de las tardes que Bernardo toma mate amargo en la puerta de su vivienda. Bernardo siempre lleva una boina, no se la quita ni en el más infernal día. Puede que unos cordones de pelo blanquecido se asomen, pero sólo en raras ocasiones sucede. Bernardo canta tango a toda hora, y cuando su voz se ve debilitada por el reloj biológico y las condiciones climáticas, se reduce a silbar las melodías de algún tanguito que le recuerde a Clara. El frío lo pone triste, es algo que jamás pudo neutralizar. En la porción de techo que abriga su cama tiene pegadas las fotos de Clara, y en la pared sus cartas, para que cuando decida dormir de costado no le falte un poco de lectura nostálgica. Es disparado, siempre que duerme de costado sueña con ella. No sucede lo mismo si duerme mirando al techo, la visión se le ha ido deteriorando y sólo alcanza ver rostros desdibujados. En la ventana de su casa tiene un adhesivo de la empresa donde supo trabajar algún tiempo. El sol no existía en aquellas épocas. Bernardo siempre critica duramente al país, sobre todo a su gente, siempre tan callada frente a los robos públicos. “Nunca supimos conseguir laureles”, le repite a algún viejito curioso necesitado de conversación.
Clara jamás abandonó su mente, siempre la inestable lucecita de esperanza se dio el gusto de dar vueltas manzana sobre su cabeza. El sueño de que un día Clara vuelva es diario. Una explicación sería necesaria, y se pregunta en voz baja: “¿Por qué habrá estado tan rara durante esos días anteriores?”. Por momentos las causas se fusionan y en ocasiones interesa más la verdad que la vuelta al pasado. “Que Clara diga que está bien y que se vuelva a marchar, me bastaría con eso”. Los intereses se vuelven múltiples, y los sueños de la vuelta se ramifican en infinitas posibles situaciones y soluciones a la pena de Bernardo. “Y si tiene tiempo, que me cante ‘Malena’ a capella”, dice.

lunes, 3 de marzo de 2008

Más de lo mismo

¿Dónde escondieron mi brújula? No la veo, hay neblina, me confunde, me enceguece, me marea, me desconcierta. ¿Dónde están las estrellas? No puedo guiarme desde ningún punto, nada existe. ¿Dónde estoy? No lo se, me desespero, no puedo caminar, me quedo inmóvil. Las nubes bajan, humedecen mi vida, hay charcos que me mojan los pies y me resfrían. Estornudo, me siento mal. Me hundo, no quiero pedir ayuda, el orgullo puede costarme el precio más caro. ¿A quién recurro?
¿Alguien conoce a un médico del alma? Necesito un turno urgente, denme su teléfono o díganme donde lo puedo encontrar. Me estoy desangrando y no me doy cuenta de ello hasta que miro atrás y veo todo una especie de ruta roja que se confunde entre la niebla y se desdibuja con mis huellas. Tengo frío, no me ayuden si no se los pido. Limítense a quedarse en su lugar hasta que yo decida lo contrario. No se acerquen, no gasten su tiempo, no hay caso, estoy falleciendo y no encuentro razón para comenzar a impedirlo. No quiero que ningún científico retrase mi final. ¿Cuánto faltará para el amanecer?
Estoy rebotando entre ideas opuestas, los polos juegan ping pong. Me duele la cabeza, me arde la piel. ¿Siguen sin saber dónde es que escondieron mi brújula?
¿Cómo pude perderla? ¡Cuántos errores!
No sigan hablándome. ¿No ven que no puedo escucharme ni a mí mismo? Debo hallar dónde es que se encuentra esa puta voz interior que todos aseguran tener. Tal vez la mía es muda y sólo sabe golpear. No lo se, no la veo, tampoco la siento. ¿Dónde está, acá?
Puede que la niebla me haya quitado tiempo en la carrera, y puede que todos ya hayan llegado. Y yo todavía acá. ¿Podrá ser posible que, por un momento, las penas renuncien a multiplicarse tan rápidamente? No las puedo contar, ni mucho menos enfrentarlas. Dejen de multiplicarse, simplifíquense y agrúpense en conjuntos delimitados, así sabré en qué lado debo empezar. Junten las fuerzas que quieran. No me persigan, déjenme que las encuentre, y ahí realizaremos la batalla. Pero no jueguen sucio, no ataquen por los costados que lastima y duele. Ataquen de frente.

domingo, 2 de marzo de 2008

Chau fantasma

Ya todo está dicho, entonces. ¿Verdad?
Eso te pregunté mientras te hacías el dormido, y no respondiste. Y se que estabas despierto, y se que me oíste. Y se muy bien lo que tus ojos quieren ver y lo que tus oídos quieren escuchar. Se muy bien, carajo, que no me asemejo en nada a lo que ellos esperan, que las ilusiones se fueron volando por sus respectivas ventanas. Lo veo en tus ojos, no me mires más así. Dejame en paz, hay mucha gente por ahí. Quiero que te duermas, y no te muevas ni ronques. Dormí de costado, así no te veo la cara. Andá a hacer pis, no quiero que te levantes en la mitad de la noche, y te prohíbo férreamente tomar agua antes de ir a la cama. Cerrá los ojos y quedate quieto. Antes de que amanezca quiero que me abandones, que guardes todos tus trucos baratos y que me dejes aquí olvidado. Olvidate, me hacés mal. No soporto estar con vos, somos perfectamente incompatibles. Matar o morir, y por ahora no me quiero morir, aunque tus ganas de convencerme de ello nunca cesaron. Intentaste varias veces hacerme llegar al fin. Ya no se si te odio. ¿Masoquismo? Me lo dijeron tantas veces. Andate y cerrá la puerta, dejame ver el sol de mañana, no te lo robes.