lunes, 31 de diciembre de 2007

Chau a él y Hola a vos

No se dan cuenta lo que sucede afuera. Han querido controlar el tiempo de manera muy exacta, y fue así que han fabricado todo tipo de relojes, con diferentes fuentes energéticas, características, tamaños, colores y demás accesorios inútiles. Hasta le han otorgado a un país la fama de “mejor controlador del tiempo”. Y es deducible de qué país estoy hablando.
¿Y usted que pregunta? No lo escucho, levántese y grite, que el ruido de esta megalópolis me ha atrofiado el aparato auditivo. ¿Un país? ¿Un año? ¿La Tierra? ¿Quiénes la habitan? ¿Qué hacen? ¿Un año de nuevo?
Un país es simplemente una porción de tierra entregada de manera anacrónica, la cual es posteriormente pintada de rojo carne y luego dividida como una gelatina temblorosa y deforme. La vuelta completa de un miserable asteroide habitado alrededor de una estrella encendida. Una inmensa nave llena de comadrejas que consumen todo a su paso, incineran lo verde y arruinan la armonía. Comadrejas que aplastan lo que su ojo ve, y que luego deciden sobre ello, sobre las vidas de sus semejantes y dividen lo visible, y se viven peleando por ello.
Hay tantas maneras de ver, a cualquiera le daría vértigo asomarse a ese gigante precipicio ideológico repleto de ramificaciones y palabras extrañas, las cuales son derivadas de apellidos y terminadas en “ismo”, ese sufijo tan usado y gastado, dirían algunos. Y se va un muchacho que ya ha cumplido sus 365 días de vida, y viene de visita otro muchacho; muy afortunado, ya que vivirá 366 días, diferencia de un día hecha con lo que le robó a sus colegas. Lo irónico es que el acto de robar y hacerse grande con lo robado es ya una moneda común en el asteroide de las comadrejas…

Esperemos que este muchacho sea noble, aunque sus actos anticipen lo contrario.
Que podamos creer hasta descreernos. Y luego empezar a creer de nuevo. Y no cansarnos jamás de ese círculo con facha de aburrido, monótono e idiota.

jueves, 27 de diciembre de 2007

En Tren/Subte

Lo que sigue fue confeccionado hace poco tiempo (sólo un par de días), durante un viaje hecho en tren y subte, recorriendo la ciudad de Buenos Aires. No he diferenciado qué pertenece al viaje en tren y qué pertenece, por otro lado, al viaje en subterráneo. Lo hice porque ambos medios de transporte son muy indénticos entre sí, no sólo por el aspecto físico de un vagón unido a otro, sino también porque los objetivos son los mismos: accesibilidad económica, velocidad y comodidad; y en ambos medios, los dos últimos objetivos mueren en meras ilusiones. He visto también que la gente es la misma y que los coches son decorados por los habitantes rebeldes de la misma manera. La única diferencia es que el tren no es más que un gusano hueco; mientras que por su parte, el subte es una lombriz de tierra.


Avanza, las manivelas danzan una coreografía torcida, al igual que los cuerpos de los pasajeros de los que sólo puedo avistar sus respectivas cabezas. Un hombre perteneciente a la tercera edad, semicalvo y bigotón, con una camisa celeste desabrochada y abrazado tenaz y posesivamente a una bolsa celeste con inscripciones azules. Cuenta las monedas y se percata de que el tren ha llegado a su destino, cerca de su casa, donde tal vez lo espere su esposa con un plato de cena caliente. Cruzando puentes por debajo, y tambaleándose cada vez más, he aquí el escenario. Aparece una Iglesia al costado, y algunos distraídos ahora lúcidos y atentos ponen de manifiesto su devoción dibujándose una cruz en el pecho – curiosamente invertida- y rematando el rito costumbrista con un beso en el puño y la mirada hacia arriba. La gente que encontré dormida al ingresar aún sigue en su estado de ausencia en la dimensión real, y me genera curiosidad la película que esta proyectándose en sus mentes en este mismísimo y preciso instante. El tren se detiene sin aviso, y las manivelas anulares cesan su baile, lo suspenden por un momento, para recargar y recobrar energías. Veo escrituras de graffiti, de las que poco puedo descifrar. Los códigos de lenguaje que uso me resultan incompatibles cuando intento decodificar lo escrito en las paredes del tren. Hay calcomanías viejas, olvidadas, y luces que han dejado de brillar, y parece que a nadie le genera interés efectuar algún acto que haga retornar el brillo perdido. Adhesivos de partidos políticos y bandas barriales, esos son las dos clases preferidas de calcomanías. Hay chicos vendiendo diarios y otros durmiendo detrás de los carteles de publicidad de productos inservibles simuladores de felicidad y satisfacción. Parece que los carteles escupen un grito similar a “¡Comprá, serás feliz si lo haces!”. La gente empieza a amontonarse, y la comodidad en el transporte se convierte en una de las ilusiones más inalcanzables de la humanidad. Un policía atraviesa el vagón, y todos le miran la nuca, como si el arresto estaría a punto de caer sobre sus cabezas con un par de esposas próximas a abrocharles las muñecas. El calor humano progresa, y el aire es respirado una y otra vez por un ejército de narices apiladas. La condensación en las ventanillas ha pegado el faltazo, no sucede. La gente se renueva, unos salen, otros entran, pero de nada sirve; pues el calor es el mismo. Como si se intentara diluir sal en agua sacada del mismo río, haciendo caso a proporcionalidades, siempre sería igual. Es atribuible un número N a la cantidad de carteles comerciales que visto pegados por ahí, y dicha letra es susceptible de utilizar también para expresar de alguna manera la cantidad de humanos que hay ahora en el vagón. Se pone de pie un ortodoxo muchacho judío. Escupe formalidad y adaptación multilateral por donde pisa. Hay gente de traje también, siempre que de Roma se hable, el emperador sale. Lanzan miradas fijas y rectas, lucen sus corbatas derechas y su posición firme. Los noto habitualmente mirando hacia un punto semialto, donde los ojos de los demás no alcanzan a tener contacto con los suyos. Creo que de eso se trata, esa debe de ser la idea principal. El escenario va despoblándose, y el viento entrante empieza a evaporar el sudor colectivo. Una joven pareja desciende con un carrito de bebé, posiblemente recién nacido a juzgar por el tamaño del vehículo no motorizado. Las luces de afuera aparecen menos espaciadas entre sí, lo que señala el acercamiento a la terminal. El viaje finaliza. Un día menos de amontonamiento urbano, o un día más, todo dependerá del par de ojos que se quiera utilizar.

martes, 25 de diciembre de 2007

Los Puentes

Se pone en marcha, arranca el tren. Los árboles estando quietos empiezan a moverse frente a los ojos del viajero. Se ve un poco de ganado por ahí, a ambos lados. Los árboles siguen pasando, con progresiva velocidad. Los durmientes comienzan con la repetitiva sinfonía que acompañará al viajero hasta el destino en donde decida bajarse y tomar las valijas fieles que lo han acompañado alrededor de sus desquiciados ataques de escape. Toma su siesta religiosa de dos horas estimulada por la entrada de un vaso de vino tinto que le humedece las entrañas y le adormece suave y temporalmente el cuerpo, entorpeciendo los movimientos que pueda llegar a efectuar. Su mente de campo no lograba habituarse al amontonamiento de la ciudad, la asfixia sufrida durante los días hábiles se sumaban entre sí, aumentando la necesidad de escape hacia un lugar verde al llegar el séptimo día. Jamás confesó ser muy amigo del gris plateado del hierro. Soñó lo mismo que acababa de vivir, sumándole una continuación. Pudo ver que tomaba el mismo vaso de vino, servido por la misma muchacha de delantal escocés. La misma escena, figurita repetida, “la-te, la-te, la-te, no-la”. Algo distinto había en el sueño, a pesar de encontrarse a sí mismo viajando en la misma víbora hueca que llamase tren. Los detalles del interior estaban minuciosamente grabados en la memoria ahora hecha proyección onírica. Una película antigua hecha actual en lo más mínimo. Entre el ruido y el movimiento, la cabeza asomada chocaba contra el vidrio de la ventanilla; el viajero pudo vislumbrar dos puentes. Nexos, elementos de unión de espacios aislados, rutas, atajos oportunos para saltear obstáculos y porquerías. Los vio, y un millón de metáforas se dispararon en su mente, de las que ninguna pudo recuperar como suyas que fueron en algún momento imaginario sin la existencia del tiempo. Despertó, no pudo recordar todo lo disparado por los puentes. Tal vez, pensaba, entre su deseo de escapar y de llegar a un lugar lejos de lo que detestaba se constituyó una imagen en su mente, que para reflejar todo lo deseado, optó por transformar el conjunto en dos puentes. Tal vez uno de ida y otro de vuelta, o tal vez uno bueno y el otro malo. O tal vez los puentes iban desde y al mismo lugar. Tal vez en la mitad de los puentes un istmo los unía entre sí, para poder concretar un escape eterno, y un viaje en círculo infinito, para no volver a donde él no quiere estar. Siguió pensando en ello, y se lo atribuyó al efecto del alcohol absorbido mediante su estómago vacío. Llega a su destino, e inmediatamente pide un boleto de vuelta. Las marcas de huellas digitales color vino tinto sobre la ventanilla de la boletería le hicieron pensar que no estaba tan loco ni solo. Posiblemente el sueño de los puentes había afectado a otro anciano de raíces verdes colapsado por el efecto desenfrenado de la ciudad. Antes de tomar el tren de regreso, el viajero al que llamaremos Adolfo, descansó sin dormir. Al llegar la hora de su retorno a casa, bebió un vaso de vino tinto, con la misma velocidad de antes. Se recostó sobre el asiento, del mismo modo que antes. Observó el paisaje durante el mismo tiempo que lo había hecho antes. Y deseó profundamente volver a ver esos dos puentes, con el objetivo de llevarse desde su sueño, sus metáforas que lo mantuvieron ocupado durante tanto tiempo, y que hoy, lo sigue manteniendo en un lugar lejos de donde no quiere estar.

lunes, 17 de diciembre de 2007

Textos Encontrados III


Y yacía totalmente desconcertado, con los ojos cerrados y envuelto en una túnica de silencio. Lágrimas de sangre recorrían sus pálidas mejillas y unos cuantos puñales incrustados profundamente en su espalda le reiteraban a cada momento que el pasado seguía aun pisando fuerte sobre su desdichado presente y, que a la vez, continuaba teniendo gran decisión e incidencia sobre su incierto y errante futuro.
Por un prolongado tiempo, su alma se había entregado a los ásperos brazos de la derrota, mientras que su espíritu, junto con su perdida pero presente esencia, cavaban miserables túneles sobre la estéril tierra del fatalismo. Pues así es la eterna batalla que se desarrolla a lo largo del tiempo en el que pisamos de esta tierra y respiramos de este aire. Una pelea en la que se disputa el control del futuro que nos presenta muchas hojas en blanco y una sola pluma.
Lo único que nos queda por hacer desde nuestro lugar es intentar destruir aquella parte oscura de nuestro pasado que nos hiere constantemente, y escribir nuestro mañana sin cargas, sin piedras, sin peste, sin miserias, sin pozos...

Textos Encontrados II

Las posibilidades rondan mediante células de incertidumbre que se instalan inevitablemente con el avance del reloj de arena. Las hojas siguen pasando sin avisar y las letras se van desdoblando por el cansancio. Progresivamente la tinta se agota, y las palabras semiborradas se abren a la interpretación del ya olvidadizo autor. Los sueños, siempre fieles a su característica naturaleza, evolucionan malignamente frente al impotente par de globos oculares del soñador. Se tornan inalcanzables, casi invisibles, pero no susceptibles de sentirse. Dan pelea, no se cansan, no quieren morir en la realidad. Quieren seguir viviendo en la mente del desdichado y no perecer jamás en el cumplimiento de sus promesas. Promesas, difícilmente se cumplan detalladamente, siempre algo logra escapar para no destruir completamente el orgullo del sueño cumplido. El conformismo obliga a querer lo que se tiene, mientras que la codicia debilitada intenta ganar terreno, aunque eso implique ir mas allá de las reglas morales.

Textos Encontrados I

Una oscura amalgama envuelve y toma posesión de cada una de las neuronas atontadas por la intensa mezcla de los matices sentimentales. Ilegibles y compactas lanas de información se entrecruzan en el foco de la mente, formando una especie de telaraña fantástica y voluminosa. Escepticismo, incredulidad, esfuerzo inhumano por creer en lo que algunos osan en llamar verdad. Un poco de alcohol retrasaría al pensamiento, pero no destruiría la depresión. Esa maldita que no toca la puerta antes de entrar, esa maleducada que llega y se instala con el equipaje necesario para morar en el alma del infeliz por un intervalo de tiempo indeterminado. Sin preguntar, sin avisar, sin dar señal de su llegada. Abre la puerta, se acomoda, duerme y ella misma decide cuando despertar y comenzar a manipular la vida del propietario desdichado. La inexperiencia no puede hacer milagros o malabares con las lágrimas, no tiene muchos paños para secarlas antes de que se hagan agua salada y compitan entre sí para llegar rápido al costado de los labios. Es un infierno sin fuego, un tornado sin viento, una tormenta sin agua. Pero todas causan esos efectos que los caracterizan en la realidad, aunque no visible con algo tan rudimentario como los ojos.
A veces no deja hablar, amenaza con intensificar su efecto, y reduce al mísero portador al silencio inquebrantable. Parece una perfecta guerrera, una mítica representante de la infelicidad. Se arma de todos los elementos de tortura mental, de esos que hieren despacio, muy despacio.
Pero tiene puntos débiles, no es perfecta.
Esa es la misión que se nos encarga de manera implícita; encontrar su talón de Aquiles para asesinarla sin piedad alguna. Hacerla sangrar despacio y gozar con su agonía, tal como ella lo hace con sus prisioneros (ya no propietarios ni portadores, prisioneros).
Acabar con su maldita existencia, que nos hizo vivir un infierno sin fuego, un tornado sin viento y una tormenta sin agua…

viernes, 14 de diciembre de 2007

Objetivo del Universo Anexado

El Universo Anexado se constituye con el difuso objetivo de crear un espacio alternativo. Es un objetivo difuso porque en el Universo Anexado nunca nada es absoluto y definitivo. La constante metamorfosis progresiva o regresiva es infaltable. Ha surgido de la necesidad inhumana de crear (porque la humana es destruir), y de la satisfacción que genera navegar contra una corriente establecida. No es el primer Universo, ni será el último. Un espacio donde de lo imaginario brota lo real, aunque no siempre sea tangible, siendo perceptible siempre. El quinteto sensorial se torna insuficiente y aburrido. El otro mundo se está pudriendo. Si, se está pudriendo y cada vez se nota más. Se está partiendo a la mitad, si. Por allá hay mucho odio, mucha miseria, y muchas mentiras que se pegan en la piel y provocan forúnculos en el alma. Hay mucha sangre desparramada que cubre la tierra, mientras que el planeta rojo es Marte. Hay guerras. Explosiones, bombas, gritos, estruendos, tiros, armas, lágrimas y crueldad; formando un nauseabundo cóctel que la gente consume diariamente. Y un sorbo, y otro más. Y viene el odio, y no los deja más, y otro sorbo, y ahí ves que el odio está en tu sangre, que acompaña a tu especie. El Universo Anexado es sólo eso, otro lugar. Es importante verlo hoy, pues nada es seguro en él, y puede extinguirse en cualquier segundo, en cualquier giro de alguna de las agujas de tu reloj.

martes, 11 de diciembre de 2007

Casino

El fantasma gris te marca el paso de entrada, te baña con esencias cuyos aromas te recuerdan a metales preciosos y te susurra al oído:
-Dejate seducir, debilitate, rendite ante mi poder, se que vas a caer en mis garras, y luego no vas a querer salir nunca-.
Si se te ocurre dudar una fracción de segundo, el fantasma gris reacciona y te toma de la mano, te aprieta fuerte, y te lleva al interior de su cueva. Esto sucede siempre y cuando vos tengas la osadía de mirar con curiosidad su cueva desde la vereda. Es necesario que tengas buenos reflejos de escape, y estés bien alerta, pues si él se da cuenta de que afuera estás, adentro es donde terminás. La cueva del fantasma gris se llama Casino, según la civilización actual. Y dentro de él, el fantasma; como Lucifer en el infierno, adquiere varios nombres: Avaricia, Codicia, Ambición. Exige que siempre a cada uno de sus nombres, se le anteponga el “Don”, en señal de respeto infinito. En su cueva el fantasma gris es monarca, nadie se anima a efectuar una conducta subversiva o alteradora del orden que él mismo impone. Se escuchan ruidos de monedas, que caen y se contabilizan sobre una superficie metálica. Una espesa niebla invade la cueva, entorpece el paso, diseca los pulmones y provoca ardor en los globos oculares, que empiezan a derramar agua salada. Tabaco, fumar por el nerviosismo extremo de perder más y más, aunque todo perfectamente neutralizado por el hambre enfermizo de ganar más y más dinero. El azar, el elemento relativista e inconstante por excelencia, abunda en esta cueva donde los sueldos, jubilaciones y pensiones son devorados por los cestos de basura. Compulsión, reacción, juego y desesperación. Hay trajes y zapatillas corriendo por ahí, pero el fantasma gris no discrimina, pues sólo fija su mirada en lo que es susceptible de robar por él y perder por el otro. Tragamonedas neutralizan el eco de las voces que putean y maldicen, y la bolita de las ruletas invita a los ojos de los apostadores a dar un paseo en forma circular y les hace chocar los dientes cuando su capricho no coincide con la apuesta hecha. Hay cartas de póker repartidas sobre una superficie verde, y gotas de sudor que hacen brillar las extensas frentes de los viejos adinerados. Y el fantasma gris se frota las manos, pues no sólo ha logrado mantener adentro a sus presas, sino que también es espectador de lujo de los desaciertos y consecuentes lamentos de los prisioneros. Las luces no enceguecen, pues la niebla espesa de humo ha adquirido características similares a las de un filtro. La creencia popular fabrica a la buena y mala racha, mientras el azar se sirve un aperitivo sonrojándose por la ingenuidad de la gente.
Y el fantasma gris sale a la puerta, a fumarse un habano, apoyando la suela derecha del zapato sobre la pared, esperando tranquilo, paciente, al próximo que se acerque a la entrada de su residencia.