martes, 30 de octubre de 2007

El Ataque

Parado, inmóvil. Mirando, armando un rompecabezas del que faltan piezas, y a veces sobra una que no se sabe donde encastra, y crea la duda de que una pieza esta mal, de que algo fue erróneo, de que algo ha fallado. Las posibilidades de escape fluctúan de un lado a otro, y queman la piel, dejando la carne viva a la luz del sol, que bordea la herida con un tono rojizo intenso. La piel se rompe, se rasga. Sale uno, y el otro muere. La duda se caga de risa, agarrándose el abdomen que le duele de soltar tantas carcajadas juntas. El miedo se frota las manos y da una sonrisa leve y sarcástica. Cruel, sin piedad, sin ningún vestigio de remordimiento, estando bien convencido de lo que hace. De que lo correcto es burlarse y meter el dedo en la llaga hasta que la campanilla del herido se funda en líquido. Ahí viene él, con la guardia baja; y ellos se levantan, nacen de la tierra, y se hacen fuertes con las inseguridades de la presa. El sujeto que viene es inseguro, es el blanco perfecto. Lo atacan, lo hieren, y ríen en ronda al ver su agonía, se revuelcan de alegría con cada manotazo de desesperación que lanza el herido. Lo ven, lo miran a los ojos, y lo imitan, se burlan aun más de él. Les encanta ver desamparo y desánimo. Lo subestiman, no creen que pueda levantarse.

viernes, 5 de octubre de 2007

La búsqueda del Objeto

En repetidas ocasiones he intentado comenzar con la búsqueda. Intentar encontrar un objeto que me estreche la mano y que acepte mi invitación poco formal para formar parte del Universo Anexado. Las condiciones eran sencillas: sólo tenia que aceptar girar constantemente, obedecer a sus ganas propias, y convivir con los demás objetos y vivencias. He detallado anteriormente que el Universo Anexado está lleno de objetos y vivencias, nada más que eso. Simple y complejo, simple complejidad y compleja simpleza. Pocas veces obtuve éxito en la búsqueda del objeto, y menos veces aún, he recibido una contestación satisfactoria por parte del destinatario. Es así que he decidido suspender la búsqueda, para dejar que el objeto me encuentre (no me agrada decir que el objeto me busque). Un cambio de roles, sólo una inversión de papeles. Nada es como creí, pensé que la invitación tendría siempre una contestación afirmativa y rápida, pero pocas veces se ha llegado a un acuerdo. Algunos pedían condiciones extravagantes, aunque no demasiado imposibles de concretar. Pero como jamás me gustó jugar con la especulación de soluciones, no me permití nunca consumar la promesa de conseguir lo demandado. El miedo a defraudar siempre estuvo en el mismo lugar. Los materiales de seducción aburrían, eran siempre monótonos para ellos. Y repito, nunca me animé a prometer sobre lo que podía llegar a propasar mis posibilidades y capacidades. Entonces, decidí cambiarme de silla, y ceder la mía. Ahora no pido que me busquen, sólo espero a que me encuentren, que no es lo mismo. Todo es variable y nada es invariable. Todo es inestable, y ese es el chiste de todo lo que es soportable; que nunca sea rutinario y lineal. Que algo sea hoy, y que ese algo no sepa si será mañana. Que se cuestione si es lo mismo que ayer, si Hoy es lo mismo que Ayer, y si él cree que está verdaderamente en constante modificación o no. Esa es la gracia y la razón: la intensidad cambiante y la extrema variabilidad del contenido.

jueves, 4 de octubre de 2007

Conversaciones de pasada

Hola. Cómo estás. Bien. Y vos. Yo bien.
En qué andás. Acá ando. Vos. Bien, acá.
Qué andás haciendo. Nada. Vos. Nada. Haciendo cosas.
Mira vos. Qué bueno. Me alegro. Nos vemos. Chau.

Las conversaciones de pasada siempre remiten a lo mismo, la poca profundidad. El apuro podría ser causa de dicho eje, la indiferencia con respecto al semejante puede tener incidencia. Don Salvador camina por las baldosas rotas de su barrio, camino a la verdulería, donde tendrá que hacer verdaderos malabares con lo poco que cobra en concepto de jubilación. Treinta largos años aportando a una oficina que sonreía de oreja a oreja cuando el objetivo era cobrar. Adquirir algún alimento que se adecue tanto a su dieta metabólica como a la de su bolsillo. En el camino de baldosas rotas, Don Salvador se encuentra con varios ex-jóvenes con los que jugaba en su juventud. No había ni playstations, ni notebooks, ni Internet. Ese enfoque queda pendiente, y se anota en el pasivo creciente y efímero. El viejo recuerda con mayor nostalgia a los que ya no están, indiferenciando la estimación para cada uno de ellos. La abuela de Don Salvador le decía que uno valora algo cuando lo pierde. A los 81 años, y a pesar de la terquedad característica, Don Salvador le daba la razón. Las conversaciones de pasada jamás cambiaron, y se mantienen constantes en su esencia misma, tal vez no en su forma. Hoy Don Salvador dice “adiós” para despedirse, mientras que su nieto dice “nos vemos”. Lo que no ha variado, es la mentira disfrazada que acompaña a este tipo de intercambios. Hay una selección de personas a las que los conversadores de pasada le brindad la verdad. A medida que la edad aumenta, el círculo se hace cada vez mas estrecho. Don Salvador confeccionó un círculo en donde sólo hay espacio para su nieto. En las conversaciones de pasada, uno siempre está “bien”, o todo lo que concierne a la vida propia está “bien”. Existen señales que se utilizan para comunicarle al interlocutor que uno no tiene ganas de contar de su existencia. El “acá ando” es el ejemplo mas pintoresco de este tipo de señales. Las conversaciones de pasada, sólo han variado en las palabras que las componen, sobre todo en la juventud de hoy, en la que el sistema anglosajón parece insertarse poco a poco. Lo constante, pues, es la esencia, objetivo y razón de estas conversaciones. Tan rápidas, tan imprecisas, tan superficiales y tan llenas de aire.

martes, 2 de octubre de 2007

Mi Barrio II

Este que ven, este que miran, es el segundo comentario/crítica sobre mi barrio, este rejunte de casas que me vio nacer en algún desdichado día de Junio, allá por el año 1988. La pizca de pimienta dulce nunca sobra, dos pizcas no formarán multitud. Mi barrio es un complejo teatro donde interactúan variados personajes, característicos y consolidados. Están los que pertenecen a la obra de La Familia Perfecta, compuesta por la madre teñida de color irreal, el padre con las canas tapadas, el hijo que se viste a la moda y no mira a los ojos, y por último, la nena que usa anteojos de sol en cualquier estación del año. No se que pasará en los demás rejuntes de casas, yo me centro en el que vivo. Los fines de semana y en especial los domingos a la mañana, salen de sus respectivas cuevas una extraña tribu que la cultura popular le ha atribuido el nombre de “Testigos”. No se de qué, o de quién, aunque algunos digan “de Jehová”. Esta subespecie, se caracteriza principalmente por su vestimenta elegante y su maravillosa inexpresividad facial. Si se entra en detalle, se pueden describir más minuciosidades tales como el pelo atadísimo y tirante en las mujeres, y quinientos gramos de gomina por cada lóbulo cerebral en los varones. Zapatos brillantes, libros en la mano. Estos seres ya caracterizados tienen la función principal de cortar el sueño de la gente para cambiarle la ideología religiosa en tiempo record. No caigamos en la reproducción de la cadena de puteadas que puede causar un timbrazo religioso a las 8 de la mañana, luego de una noche de alcohol y efectos colaterales. Siguiendo la línea de la religión (ya que estamos, no nos movemos y ya que no nos movemos, nos quedamos quietos) no se me pueden escapar los innumerables pasacalles que cuelgan en mi barrio. Hubo un tiempo en el que los pasacalles existían sólo para los casamientos, aniversarios, cumpleaños, felicitaciones por terminar una carrera, o alguna que otra estupidez. Las familias que encargaban la confección de un pasacalle, tenían la absoluta necesidad de comunicarle a todo el barrio lo feliz que era. Si toda una familia se pudiera hacer feliz con un casamiento, un aniversario, un cumpleaños o un título, mi barrio sería otro. Hoy en día, con el misticismo, la cumbia y la desesperación, los pasacalles antiguos han pasado al círculo del peligro de extinción. Hoy en día, los pasacalles son dedicados a un señor llamado San Expedito. No pregunte nadie quién es, nadie sabe. No pregunte nadie qué hizo, o qué hace, nadie lo sabe. Pero algo es seguro, los “pasacallistas” seguramente lo adoran, pues no tienen que esperar más a que alguien se case, cumpla años de matrimonio o de vida, o se reciba; sólo tienen que esperar a que una señorona gane 10 pesos en el Telekino, y que posteriormente le atribuya dicha gloria a este muchacho San Expedito. Las santerías también han experimentado dicha activación; sus ventas de muñequitos de porcelana han aumentado considerablemente. Y este es mi barrio, con sus familias pseudoperfectas, su gente elegante que molesta a la mañana, y sus pasacalles dedicados a un desconocido que estando muerto, hace milagros. Esta no es la última pizca, ni tampoco la primera.

lunes, 1 de octubre de 2007

La fumata según mi amigo Ezequiel


Hoy es un día raro en mi, siento algo extraño no común en mi persona, me siento solo, vacío, triste, etc. Y hace mucho tiempo estoy buscando la solución a este problema, pensar sobre lo que me pasa empeora las cosas, la solución más pronta que se me viene a la mente es suplantar la soledad. Podría ser con la alegría, el apoyo y la fuerza de mis amigos pero, no alcanza para tapar la soledad que permanece dentro de mí. Pero no es "esa" soledad a la que me refiero sino como que si algo faltase, ¿Necesitaré algún tipo de compañía? Suplantar la tristeza con felicidad... eso lo solía hacer escuchando música, era una alternativa que ahora no sirve más, y estando con amigos... pero ahora ni esas cosas pueden cubrir la tristeza que llevo adentro y la pregunta es ¿CÓMO HAGO PARA REVERTIR LA SITUACIÓN? Se me ocurrieron algunas soluciones pero son de cobarde, al menos esa es mi humilde opinión y sería la salida fácil, pero tengo el urgente deseo de no estar más así, a veces simplemente pienso en no estar...
Pero si realmente llegara a no estar, no obtendría mi felicidad, no me sentiría realizado.
¿Cómo poder llegar a la felicidad plena sin saber cuando le va a llegar a uno o simplemente si le va a llegar la oportunidad de sentirse acompañado? Es una duda existencial que solamente con el correr de los días me enteraré si estoy preparado para estar en compañía o no. ¿Cómo saber si uno esta preparado para recibir ese tipo de felicidad?
Muchos dicen que la felicidad no tiene precio, yo pienso que muchos le ponen precio a la felicidad para sacar provecho de gente desesperada, que no es mi caso, pero ante tanta desesperación uno recurre a cualquier cosa con tal de volver a sentir lo que uno dejó de sentir.
He hablado con amigos, e intercambiado opiniones sobre el tema, muchos dicen que es mejor la libertad, el estar solos y poder disfrutar de muchos momentos, y que "en esa compañía se te hace imposible vivir". ¿Pero realmente ellos desean vivir en soledad y no estar acompañados de alguien que los haga feliz? No creo que sea así, creo que opinan así debido a su edad o inmadurez (se podría decir), aunque yo no me considere muy maduro, claro está. También puede ser que ellos esquiven al tema de relacionarse con alguien del sexo opuesto o en otros casos del mismo sexo.
Pero si la compañía que busco realmente no me hace feliz, si mi verdadera felicidad es convivir en plena soledad durante toda mi vida... ¿Tendré que cargar con esta especie de angustia hasta el último de mis días? Creo que no es tan así porque realmente puede que mi fiel compañía no sea una mujer, sino que la misma soledad, tendré que aprender a convivir con ella y disfrutar los buenos o malos momentos que la vida me depare. Tal vez ese sea el lado bueno de esta situación: disfrutar de mi eterna soledad y gozar de esos momentos únicos; pero es algo muy raro que mi felicidad se encuentre en la misma soledad, si es que se encuentra, ya que me gustaría estar en compañía con alguien.
Quizás en la soledad no haya dolor ni sentimientos que generen malestar, quizás la juzgue mal al pensar que su presencia haría daño en mi. Tal vez se presentó porque así debía ser. Solamente yo puedo cambiar mi destino para bien o para mal, eso lo sabré con el correr del tiempo. Lo mejor que puedo hacer es disfrutar de la vida.
¿Algún día encontraré a alguien que me quiera? ¿A alguien que me quiera como quiero que me quiera, que me dé toda esa satisfacción interior que no puedo encontrar? ¿O todas las personas que encuentro son sólo una ilusión en mi mente y en mi corazón, que pareciera que me quieren y que podría desplegar una relación en la cual poder darme esa satisfacción en mi ser y poder vivir esa sensación al máximo? Quiero poder cometer mis aciertos y mis errores, aprender de mí mismo sobre una relación amorosa, cosa que por el momento veo muy lejana.
Ezequiel A. Ale