lunes, 27 de agosto de 2007

Cuando se apaga la luz II

Y otra vez, la luz pasó al campo de la extinción. Muriendo sin saber, cayendo en la penumbra del olvido una vez más. Pocos días y pocas horas de luz natural han pasado desde la última ocasión en la que todos quedaron reunidos alrededor de un cilindro de grasa con fuego en la punta, mirando al techo. Imaginando que alguna vez, los de la misma especie utilizaban el fuego central en diversos rituales dedicados a dioses inventados, como un personaje de ficción que tiene vida sólo cuando se le permite vivir. Sombras que se mueven solas, y que ponen en duda si realmente pertenecen a un cuerpo de existencia física. Los miedos primarios vuelven y se fortalecen. El silencio es monarca cuando quiere, otorgando intensidad a la verdadera naturaleza de lo arbitrario, tan apegada a lo monárquico. De vez en cuando se cae en la mediocridad de la crítica ciega al ausente, tal vez por aburrimiento extremo o para asesinar momentáneamente al silencio, quitarle la corona por un instante. Las conversaciones que vuelan por el aire inspiran seguridad de saber que nacen con desgano. Así también como cualquier comentario absurdo en intervalos de calladas colectivas. Existe la posibilidad de que aquello que se dice en este ritual contemporáneo improvisado tiene la finalidad de opacar el orgullo, tan humano. Orgullo que intenta cubrir con sábanas oscuras cuán dependiente se es de la energía. Se ven obligados a ocupar la mente con puros comentarios sin sabor para no dejarse caer en la verdad. Colectivamente, se lleva a cabo esta tarea. El monarca los haría pensar, pero jamás debe ser así, para que el estúpido orgullo de la independencia siga intacto, sin marcas ni señales de deterioro.

sábado, 25 de agosto de 2007

La Razón

Siempre es preferible una dosis de ella en las venas. Nunca sobra y casi siempre falta. Algunos la ven nociva, otros necesaria. Los locos la odian, pero su mente la ama A veces se la usa para ordenar, para armar un rompecabezas donde siempre faltan piezas y nunca nada queda completo y conciso. La coherencia puede ser un efecto posible. Ata sogas, desecha hipótesis. Hace apoyar ambos pies sobre el suelo, permitiendo un vuelo limitado de posibilidades, pues a medida que se anudan las suposiciones; el círculo de lo verdadero se achica progresivamente. El orgulloso nunca la da, la cree suya y de nadie más. Puede que uno la tenga, puede que otro la tenga, o puede que varios la tengan. El forjamiento de argumentos es clave. No siempre hay una, puede haber varias. Ocasionalmente pisa el campo de la contradicción, pero como la contradicción es humana, y más humano aún quien la deja nacer; poco brillo le quita. No es ley universal que la razón contraiga matrimonio con un orden lógico-coherente, ya que puede usarse para ameritar acciones/reacciones. Lo que si es ley universal, al menos en nuestro reino tan (tan) animal, es la infinita necesidad de que se adecue a la ideología inquilina para ser tomada como válida y verdadera. En el Universo Anexado todo tiene un color asignado. La razón es de color claro (tal vez blanco, tal vez celeste, jamás gris), ya que sus tareas están basadas en la función de aclarar (interpretaciones amplias/erróneas, posibilidades aceleradas, juicios atropellados).

El Egoísmo

Con una ojeada de paso se podría verlo como una simple tendencia a preocuparse de uno mismo. De variada intensidad, y de matices relativos, tan inestables como las precipitaciones de una nube pasajera que decide caprichosamente qué lugares mojar. Molesto de a momentos, y gratificante de a ratos, nunca algo definitivo y quieto. En ocasiones daña a terceros, estén dentro o fuera del círculo de estimación; nada cuenta porque la mayoría de las veces se maneja con intenciones ocultas, desconocidas e involuntarias. Priorizar y anteponer, lastimando al que se cree importante. Hay quienes dicen que se hereda, que se aprende, o que se adopta como una simple arma de defensa. Un arma que se perfecciona luego de desilusiones que dejan marcas que no desaparecen, aunque así se quiera. Siempre me sedujo la idea de metaforizar al egoísmo con la sal. La metáfora no es más que la acción de igualar dos elementos distintos con uno o más aspectos compartidos, para luego intensificar y expandir las características de sólo uno de ellos. La sal en exceso hace mal, destruye por dentro y por fuera. A nosotros mismos y a quienes nos rodean, que se convierten en testigos casuales de nuestra propia destrucción. Si se camina hacia el otro extremo, se ve al problema fácilmente; sin sal no se puede vivir. Se llegaría al mismo destino pero con diferente camino: autodestrucción y testigos de la misma. El tercer y último elemento con el que se finaliza la comparación es el equilibrio. El promedio calculado sobre los extremos. Si uno consume el maravilloso condimento en medidas racionales y coherentes; no hay daño, ni a uno, ni a terceros. Con el egoísmo sucede lo mismo. En exceso nos convierte en el único habitante de nuestro país, y lastima a quienes quieren entrar con pasaporte vencido. Se les niega el ingreso con un seco monosílabo de negación, pues no hay espacio para la multitud en el país donde el cupo se reduce a una sola persona. Caminando al otro extremo, al antiegoísmo, la persona se convierte en nadie, y el tercero con pasaporte vencido o no, no consigue ingresar al país, ya que éste ni siquiera existe. En el equilibrio sucedería, entonces, lo esperado. El país existe y la gente ingresa. Parece ser demasiado simple no dejarse caer en el extremo. Uno imagina que hay gran distancia entre un polo y otro, y que el gran espacio vacío que queda entre los dos puntos es bautizado mágicamente como zona de equilibrio. Nunca es así, el punto de equilibrio es el mas difícil de hallar. No es que los extremos estén adheridos, sino que el egoísmo se deja llevar. Se va derecho al libertinaje o al suicidio instantáneo.

Mi Barrio I

Este es un comentario/crítica sobre mi barrio, este rejunte de casas que me vio nacer en algún desdichado día de Junio, allá por el año 1988. Una pizca de pimienta dulce nunca sobra. Mi barrio está lleno y repleto de señoronas mayores, que pasan su vida en la vereda, a la espera de que algo emocionante ocurra para luego divulgarlo como teléfono descompuesto. Lo malo es que a sus edades poco ven y poco escuchan, de manera que una discusión de pareja se puede transformar repentinamente en un asesinato estilo “Psicosis”. En el teléfono descompuesto local todo puede suceder, lo único raro sería que todo se transcriba con textuales palabras y sonidos, sin alterar orden ni clase. Los chicos conocen el miedo cuando, a la mañana yendo a la escuela, ven una mujer mayor con ruleros, el rostro blanco por la crema “anti-paso del tiempo”, los labios pintados y una escoba, barriendo la vereda a las siete y media de la mañana. Y los pobres chicos que vienen de soñar con ovejitas de dulce lana chaqueña, se encuentran en el camino al espanto personificado que advierte con tono amenazante: “No me pises la vereda, nene”. En las escuelas, hablando exclusivamente de las estatales (ya voy a agarrar a las privadas, no se van a salvar), las estufas no dan calor, sino frío. Adentro tienen chicles de tutti-fruti, pelotitas hechas de hojas cuadriculadas y rayadas y toda clase de útiles escolares declarados inútiles. El mejor ejemplo de lo que yo llamo “caradurismo” radica en que los mismísimos “rompedores” de estufas, son los primeros que se quejan del frío que sienten en el medio del invierno. En mi barrio hay muchas lomas de burro, o lomos de burro; nunca nadie sabe un carajo sobre esas pequeñeces. Esa montañita de material dudoso que, cuando el conductor apurado no la incorpora a su campo visual, hace sonar hasta el último tornillito del automóvil. Al agudo ruido le sigue una desesperada cadena de puteadas dedicadas a la familia del infeliz que mandó a poner esa diabólica salida laboral para todo aquel que se dedique a arreglar autos. Nuestro maravilloso jefe municipal de turno o “intendente” (como lo ven algunos ciegos), es un señor de apariencia prehistórica. Yo creo que anduvo noviando con la tatarabuela de mi bisabuela. Sin aludir más a la elevadísima edad de este señor, debo decir que este pseudoperonista (como todos) viene haciendo padecer desde hace décadas, una gestión que se centra en sólo dos tareas: emparchar los baches y, con lo que sobra… ¡hacer más lomas de burro! Siempre y cuando estemos en víspera de elecciones municipales. Un mes antes, algo le hace acordar que tiene un Partido para gobernar. Se dice que en los intervalos que hay entre elección y re-re-re-elección, lo congelan como pollo trozado, para descongelarlo en el microondas un mes antes de cada elección. Por mi barrio pasa un colectivo llamado “el dos setenta y uno”. Es un vehículo que despide más ruidos que un neonato. En el 271, la señora que quiere aparentar la mitad de edad que tiene sobre la columna vertebral, se disgusta cuando uno quiere cederle el asiento, ya que se siente anciana. Aunque también, este ejemplar de subespecie contemporánea de sexo femenino, se disgusta cuando uno NO le cede el asiento para hacerle creer que se ve tan joven y saludable que no necesita sentarse para calmar la progresiva expansión de las várices; ¡pues son tan jóvenes! Uno quiere ser cómplice de su engaño, y termina perteneciendo (se quiera o no) a la misma clase de culpable: el pendejo maleducado.
Otro bondi muy famoso es “el ciento setenta y nueve”. Un colectivo de color violeta, muy conocido por dos cosas: su aspecto casi primermundista y su nula frecuencia. Es decir, se compensa perfectamente el modernismo con la escasez. La Ley dice con respecto a esto que “Si Ud se encuentra camino a su trabajo y pierde un 179, busque la manera de enfermarse de algo (o quebrarse, si es Ud más kamikaze) así justifica la falta”. En pocas palabras, si perdés un bondi violeta; resignate.

sábado, 18 de agosto de 2007

Vení

Vení, acompañame, agarrame de la mano y animate a ver el mundo de un modo particular. Miremos más allá del objeto, y no a través de él para caer en la obligación de sumarlo al espacio tangible y así construir un cuadro de naturaleza muerta. Intentemos no dejar los ojos quietos, para no perdernos de ver nada. Tratar de ver todo, y saber simultáneamente que no vemos nada. Hagamos que los conceptos de verdad y mentira sean meras ilusiones, que se tornen borrosos y difusos. Que todo lo que gira sea alterable, que el orden no exista. Que el sonido juegue con los oídos y que le otorgue belleza a todo lo que no sabemos, para así poder tener curiosidad por el mundo, y no volver jamás a los sinsabores que hemos experimentado. Caminemos con pasos cortos, para no perdernos nada. Humanicemos aún más a la contradicción, para que las hostilidades sean tolerables. Plantemos un árbol, y démosle la espalda, para no presionarlo a que crezca rápido. Vení, acompañame a no sentir, para que no tenga miedo a sentirme mal cuando me sienta bien. Limitate a enseñarme lo que no quiero aprender, así descubro lo que quiero aprender en realidad. Mostrame cada punto de vista, para ver lo neutral entre lo bueno y lo malo, y no pertenecer a nada más que a mis ganas. Congelemos el tiempo, para detener la muerte de las horas y simplificar el olvido que acompaña al pasado, y tener la luz del sol en todo tiempo. Tiempo que no corre y que no apura. Volemos al sol, y quedémonos a vivir ahí.