martes, 19 de junio de 2007

Cuando se apaga la luz I

Que el residuo animal se procese y que ilumine el hogar en días de oscuridad. Nada desaparece, todo sigue en su lugar. Cada objeto aguarda con calma a la mano que lo mueva y modifique su posición. Cuando la luz se enciende da la impresión de que todo vuelve a resucitar en el mismo segundo; pero nada murió, nada cambió. La comunicación se estimula, a menudo por la hipocresía o la incomodidad que causan los repetidos intervalos de silencio en los que los ojos se inquietan. Inventar un ovillo de hilos de conversación es vital para no caer en las críticas colectivas a terceros ausentes. El hilo debe ser lo más largo y resistente posible; para crear la mayor cantidad de redes asociativas durante el transcurso de la penumbra. La dependencia para con la energía eléctrica llega a un punto que causa vergüenza silenciosa entre los interlocutores. Que quieren prender la luz del baño, o ver televisión, o escuchar algo de música. La penumbra es una señora tirana, obliga a que se adapten a ella durante su momento de vida, y obliga a hablar. Sin voluntad sobresaliente, todos hablan sobre el enésimo día vivido y mencionan las experiencias que al principio parecen únicas e irrepetibles, pero que luego el tiempo les va quitando brillo y prestigio, echándolos de a poco al vacío del olvido. Un par de cilindros de residuo animal, sustituyen precariamente a los globos de vidrio que cuelgan del techo. Lanzan una llama larga y uniforme, de un color amarillento en cuya base se puede ver una débil base de azul. A su alrededor se observa una borrosa circunferencia irregular. Transpira cera de a poco, consumiéndose como la voluntad de seguir hablando.
Las luces se prenden, la heladera arranca, y la televisión vuelve a apoderarse de las mentes y a adueñarse de la atención de los ojos, exigiendo un alargado intervalo de silencio que, a diferencia de los anteriores, jamás se vuelve incómodo.

miércoles, 13 de junio de 2007

El Borracho de blanco

En primera persona. Un sábado, siete horas después del segmento de la media noche y apenas unos minutos que el Sol empezaba a asomarse saludando tímidamente. La marca de la almohada sobre el costado izquierdo de mi rostro, delataba que entré al cosmos de los sueños de costado. Me dirigía hacia ese edificio donde te enseñan qué pensar sobre el mundo, y así poder encajar en la sociedad protocolar y exquisita en la que nos desenvolvemos. No hacia ni frió ni calor, sólo había un tenue viento que cacheteaba con suma discreción a la pereza de la mañana. Caminaba hacia la parada del colectivo contra mi voluntad, no sentía ni el más mínimo destello de motivación para soportar a uno o dos tiranosaurios hablándome sobre temas que le escapan a mi interés. Obligación y responsabilidad única, mejor cumplirlo aunque mis tímpanos sufran. Viene el colectivo, o bondi en nuestra jerga criolla. Con cada aceleración y su posterior freno, el vehículo pedía a gritos un piadoso reciclaje de emergencia. Los pasajeros estaban en fase de sueño liviano, algunos se despertaban exaltados por miedo a pasarse de su destino. Pero la mayoría continuaba la cadena que interrumpió el despertador. Ni siquiera se molestaban en dibujar una cruz en el pecho y besarse la mano cuando se pasaba por algún templo religioso. El sueño ganaba la batalla por goleada. Milagrosamente el vehículo llega a mi destino, la estación Lanús. Caminando con la pereza que me hablaba al oído intentando convencerme de tomar el camino de retorno y satisfacer el deseo incontenible de seguir durmiendo, observaba las caras sin demasiado poder de análisis. Vi gente de traje con ojos de arrogancia y rayas en la frente. Personas corriendo al escuchar los inconfundibles sonidos de la jubilación pendiente de la línea Roca. Volteaba la densa mirada y veía a los bondis con los vidrios empañados, gente respirando el mismo aire una y otra vez, y otra vez. Piso el intento fallido de plaza de adorno, donde hay una estatua de la cabeza de algún señor importante; nunca supe a quién homenajea dicho monumentito. Me prendo una barrita de tabaco, para calmar un poco el reiterado pedido de nicotina y a unos cuantos metros de la escalera que conduce al túnel que finaliza del otro lado de las vías del Roca, veo a un joven. No coordinaba los movimientos de sus piernas, pero si los de sus brazos que se aferraban a las barandas laterales. Descender por esos siete escalones parecía todo un reto. Estaba vestido completamente de blanco; camiseta, pantalón y calzado. No había ninguna mancha en su ropa, por lo que no pude deducir qué había bebido, si había vomitado o no, y es más, hasta se envolvía de dudas el hecho de que esté verdaderamente borracho. Parecía que faltaba poco para que le de el beso de Buenos Días al suelo. Llené mis pulmones de veneno en forma de humo y subí por la escalera, pasando por su costado derecho. En ese momento las hipótesis acerca de su estado se unieron en una sola respuesta certera, el olfato que muy pocas veces tengo sensible me susurró que el joven estaba completamente ebrio. Ya del otro lado, subo al segundo y último bondi, tirando mi cigarrillo a medio consumir, acto que me molesta aunque sepa que es mejor hacerlo así. Y era la misma escena que en el primero, excepto por los gritos de piedad del vehículo. Gente cansada, semidormida, descansando un poco contra el vidrio y maldiciendo al conductor cuando éste no veía un cráter lunar sobre la calle. Un golpecito seco al vidrio y un pensamiento agresor que involucraba a toda la familia del chofer. Como no quería un cachetazo de los vidrios laterales; mantuve la cabeza firme, enfrentando a las ganas de cerrar los ojos y viajar por otros lados. Siempre quise descubrir la razón por la cual aquel joven se hizo eso. Aunque tampoco puedo hablar con dedo de acusador cuando yo mismo me enveneno día a día, y lo que es peor, disfrutándolo. Me surgieron barquitos en el mar, metaforizando lo que serían ideas aisladas en mi cabeza. Un ataque de Mal de Amores, una pelea, una pérdida de alguna rama del árbol genealógico, desempleo inesperado, soledad inoportuna (el desierto), o la más simple y estúpida explicación: el síndrome de la juventud, cuyos síntomas se me hacen cada vez más inevitables. Podría ser la hipótesis más acercada, pero recuerdo muy bien sus ojos tristes. Con lo que al menos, una posibilidad está descartada.

El Desierto (Metáfora de la Soledad Inoportuna)

¿Qué viene ahora? ¿Qué más puede pasar? Todo. El hecho de que todo haya pasado, no confirma que nada ha de pasar. Sólo una calma momentánea y volátil. La tormenta ya se alejó. El ojo del huracán ahora tiene lentes y controla su miopía. El agua ya fue evaporada por el calor de Ra. La tierra volvió a ser árida. La vegetación firmó su certificado de defunción con el último vestigio de fuerza y energía cinética. La única vida aparente parece ser unas cuantas colonias de bacterias en huelga de hambre involuntaria. Se ondula la vista hacia el vacío. El sol da a la nuca y la chamusca con lentitud placentera, mientras que la misma ausencia de algo se da el gusto de dominar el mundo de la visión. Tanta carencia, tanta falta, tanta sed. La arena seca toma la velocidad de aislados vientos que no indican ni una puta posibilidad de precipitación. Y cuando se impulsa y se eleva, y choca contra la pared epitelial, duele. Se adhiere mediante el sudor, si es que queda algo de agua interior para despedir. Ni una nube para jugar a inventar formas, como por ejemplo, un escudo que bloquee la estufa universal al menos por un momento. Así aparenta ser la soledad inoportuna. Viene sin avisar, no toca la puerta. Sólo se instala y se echa a dormir. Como un turista que llega sin que se lo espere. Las abuelas dicen que es mala consejera, y algo de cierto tiene ese elemento con aspecto de frase que arrastra la escuelita popular. Es una compañía hipócrita, pues por momentos parece servir. Al fin y al cabo el que la busca también es hipócrita de alguna manera, ya que a pesar de haber recibido puñaladas y protagonizado peleas a muerte, la sigue buscando. Tirando al olvido todo lo que causó dolor en algún momento determinado. La soledad inoportuna venda los ojos con infinita cautela, hace un doble nudo con detenimiento y silencio. Es astuta, porque no quiere esperanzas de compañía con posibilidades de hacerse visibles. Claro está que la compañía al solitario significaría clavarle un punto final a su existencia, al menos por un tiempo. Y se sonroja irónicamente por cada exhalación extensa del ciego, y se retuerce de satisfacción cuando ve el paño húmedo que cubre los ojos del mismo.

domingo, 3 de junio de 2007

Mi Universo Anexado




Este es mi universo anexado. Lleno de objetos y vivencias. No es nada heroico o estimulador de alguna especie de soberbia tener un universo anexado. Es sólo un pequeño espacio donde yo decido qué vive y qué no vive. Yo decido a qué darle énfasis y a qué no. El hincapié lo manejo a mi merced, como un monarca caprichoso. Con mi tijera recorto lo que no sirve y lo arrojo al cesto fiel que está a mi lado. Los puntos finales los saco de mi bolsillo y los pego apretándolos con mi pulgar. En mi universo todos los integrantes son libres. La autoridad no delimita capacidades para con ellos, todo vuela de un lado a otro. De izquierda a derecha y de derecha a izquierda. Cada uno en su campo visual, girando en base a su propia voluntad y obedeciendo sólo a las ganas propias. Lo tácito es presente, y lo presente; en ocasiones, es tácito. Todo es música. O al menos eso se busca. En mi universo, la ilusión lejana de la anarquía en paz es posible. Lo único imposible es que se presente algo imposible. Los sueños son ilimitados, y las pesadillas son desterradas poco a poco. Pues el que decide qué vive y qué no vive, en mi universo anexado, soy yo. Mi universo anexado (valga la maravillosa y a veces aburrida redundancia que permite referirme a mi espacio tantas veces como se me de la gana), está unido a una cantidad infinita de infinitos universos más. Todavía no conquisté ninguno, porque no soy un imperio. Sólo soy dueño de lo que hago. Y tampoco estaría seguro de querer conquistar otro universo. Tal vez por miedo a que haya hostilidades densas que alteren el orden del desorden que caracteriza a mi anárquico universo anexado. Puede que me encuentre a la serpiente de la envidia, al fantasma de la soberbia, o porqué no a la mal nacida epidemia del odio. Sólo por darme el disgusto de nombrar unos pocos agentes nocivos. No. Prefiero mi armonía inquebrantable, mi silencio oportuno y mi soledad precisa. Que giren, que giren todos y que respiren libertad hasta inflarse los pulmones como dos globos de cumpleaños colgados del dintel de la puerta. Que no haya ningún destello de hostilidad. Y tampoco algún elemento que cause indirectamente un conflicto estúpido como los que suceden a menudo en el mundo de los primates. No me genera ninguna especie de remordimiento o deseos de replanteo el llamar primates a aquellos que se matan unos a otros por pedazos de tierra o por licuado de fósiles. Debe ser que ni la vida se salva de la devaluación.

Ella

Se acerca, con los ojos amarillos y las pupilas dilatadas por la penumbra que abriga la escena. En cuatro patas, como alguna vez el primer antecesor se deslizó. Con el instinto vivo frente a la domesticación, ella entra, dice dos palabras iguales pero con diferente tono y me mira. Sorprende con su limitado sistema lingüístico, que a pesar de ser tan simple, ella le da aspecto de complejidad. Su aparato fónico me demuestra lo posible que resulta decir siempre lo mismo pero de distinto modo. Ella misma me enseña a entenderla. De pelo negro de costa a costa, bigotes a ambos lados de su nariz, orejas semipuntiagudas apuntando al cielo, lengua áspera, colmillos sobresalientes, uñas largas y protuberantes, y esa particular ternura que tanto la diferencia del resto. Es especial, y no hay espacio para la duda cuando lo digo. Fruto de una larga cadena evolutiva en busca de la perfección, simpleza y adaptación simultáneas. Nunca me propuse investigar dicha seguidilla de reemplazos naturales, es algo que le debo. Un ítem más para mi abultado pasivo. No golpea la puerta, sólo la empuja con su cuerpo, o araña la madera cuando concluye que es imposible entrar de la manera fácil. Me enseño a escapar del ilimitado repertorio de las supersticiones populares, esa subcultura que vive arrastrando imprecisiones, prejuicios y mentiras. Cualquiera diría, por fuerza de la inercia catalogadora, que su color de pelo llama por teléfono descompuesto a la mala fortuna. Con las vueltas de la Tierra alrededor del Sol, aprendí que sólo se debe creer en aquello que es factible de sentir, sin limitarse jamás al conocido quinteto de sentidos; hay muchos más, lo malo es que la ciencia se niega a reconocerlos, no hay más asientos vacíos, quinteto será y quinteto morirá. Menciono nuevamente a su limitado sistema de habla, redundancia doble; por su lengua y porque lo nombro nuevamente, el motivo de ello se amerita en el hecho de que se me escapó mencionar el sonido que ella suele hacer cuando mi mano toca su pelo. Es llamativo que todavía no se sepa cómo es que lo produce. Esa cadena de erres que a veces resulta molesta.