martes, 29 de mayo de 2007

Aparato Tricolor

Ahí esta. Ese aparato frió y sin mente ordenando a los calurosos con mente. No utiliza sonidos para comunicar, ni mucho menos gestos. Sólo luces, opta por el lenguaje de la imagen para aplicar su autoridad que no obliga a cumplir. Todos lo observan, chocando los dientes para que el color de la libertad se encienda y así dar la oportunidad de huir despavoridos y apurados hasta el momento de toparse con algún hermano gemelo. Que nuevamente aplicará su autoridad no obligatoria a quienes tenga enfrente. Tiene gemelos por todos lados. Por donde sea necesario un mínimo de orden primitivo. Es una ironía el hecho de que se necesite de hermanos gemelos de este aparato para ordenar a los desordenados. Ellos siempre tan de prisa, tan paranoicos, tan desesperados. Rojo, peligro, prohibición y censura. Amarillo, un intermediario de corta vida. Verde, libertad y autorización para pisar el pedal y escapar a ninguna parte. Él exige respeto, mas no tiene medios para asegurarse dicha gentileza. Exige un respeto primario, algo poco usual entre los primates evolucionados. Ellos creen que el respeto es callar y no responder, no pensar en ser hostil. El respeto es una relación mutua, bilateral y recíproca. Se compensa con lo mismo. Una falta con otra falta, una sobra con otra sobra. La luz de vida corta tiene la función de separar. Estimula la desesperación, para que la libertad la alivie posteriormente. Sus tres ojos se conectan a la planicie mediante un tubo de relativos colores, y que forma un ángulo recto con vértice ovalado. El medio de conexión es víctima de escrituras rebeldes y políticas. En algunos lugares donde el orden durante el período de oscuridad se convierte en una mera ilusión, el aparato opta por guiñar el ojo que separa la prohibición de la libertad. Una señal que agiliza el paso, pero para él es sólo una burla a la capacidad atrofiada de esperar y ser paciente.

martes, 8 de mayo de 2007

Tic-Tac

Elaborado en un tiempo desconocido y heredado a través de quién sabe cuántas generaciones familiares. Testigo del tiempo. Inmóvil sobre la pared, teniendo una visión panorámica del comedor familiar, escena no casual de variados episodios. Felicidades, tristezas, risas, lágrimas. Verdades, mentiras, confesiones, represiones, anuncios, cumpleaños. Es un bloque de madera de algún árbol víctima de la mano humana, y se lo encuentra adherido a la pared. Su razón de existir se basa en ubicar a los Desorientados en ese intervalo de dos vueltas consecutivas de su aguja gorda. Intervalo usualmente llamado día. Al autopercibirse ignorado por los Desorientados, siente la necesidad incontenible de interrumpir una conversación para comunicar que él también forma parte de la escena. Algo semejante al temor disfrazado de respeto que se le tiene al olvido y al abandono. Cada media vuelta de su aguja delgada él se ve obligado a hacer notar su presencia en el comedor familiar. Sus momentos de gloria son aquellos en los que sus agujas (la gorda petisa y la flaca alargada) se unen en el punto más alto, mirando hacia el cielo. Ese punto simbolizado en el sistema numérico del imperio codicioso mediante una equis y dos bastoncitos a la derecha de la misma. En ese instante, él se hace dueño de la atención (o blanco de insultos sin sentido) de los Desorientados por doce segundos exactos. Doce segundos de gloria para él, contrariamente para los espectadores que ven su gloria como un miserable estorbo, como una pausa inevitable en la que deben callar sus insulsas vivencias del pasado reciente. Los chicos primero aprenden la onomatopeya de su sonido. A los jovencitos los llamaría con mucho gusto “Desorientaditos” si me dejo llevar por el prejuicio lineal en reversa. Pero no lo merecen. Ellos conocen lo que otros olvidan.

viernes, 4 de mayo de 2007

La Verdad

La intangible satisfacción que provoca tener la certeza entre los dientes. El miedo a la muerte sangrienta del ser estimado que observa impotente al arma blanca aproximándose hasta el centro de su pecho. La Verdad no tiene género. Es una lanza de dos puntas. Con un extremo asesina a la duda, la Mentira y el prejuicio; aunque en ocasiones, a éste último demonio, le otorga la razón y alimenta indirectamente la tendencia tan humana de catalogar sin conocer debidamente de antemano. La Verdad a menudo brota por los poros de la piel, e induce a la transpiración y al temblor cuando no se le obedece. En su empeño por ver la luz y abandonar la oscuridad del desconocimiento, la Verdad se adueña de los ojos, provocando desorbitaciones involuntarias, que estimulan la desconfianza del destinatario del falso o inexacto testimonio. El miedo y el pudor pueden debilitar notablemente el poder que suele tener la Verdad. En esos momentos, la Mentira atenta y oportunista, planta semillas de enredaderas que se desarrollan instantáneamente y cubren la boca de la Verdad con el objetivo predecible de callarla, aunque sin poder matarla. La Verdad es susceptible a pequeñas modificaciones, pero su esencia es inmortal, no cae nunca en la mediocridad de la muerte. El efecto más nocivo que puede causarle la Mentira y sus enredaderas es la somnolencia por tiempo indeterminado.
Retomando al aspecto “físico” de la Verdad, comparándola de manera análoga con una lanza de dos puntas, resulta curioso que el extremo más afilado es el inferior; el cual tiene como función involuntaria provocar una herida de magnitudes y consecuencias poco calculables. La Verdad duele. A veces alivia. En ocasiones, satisface. Es asombroso cómo una causa puede derivar en tantos efectos diferentes e inconexos. Aquí está, aquí viene. Es esa, es la Verdad.