viernes, 27 de abril de 2007

Expulsando

¿En qué lugar estará desconectándose del universo que lo rodea? Ya no se bien qué pensar acerca de todo lo que ocurrió. Es inmejorable escribir en este estado, pues uno desahoga cada porquería que tiene atragantada en la yugular, sin debate previo, sin pensarlo. La vida es un intervalo inestable de vaivenes impredecibles que apuñalan y que sanan, simultáneamente o no. Como siempre, estoy escribiendo de corrido, mirando únicamente los cuadraditos mal ubicados con letras grabadas en su centro. No estoy en estado sobrio, y aun así no puedo dejar de pensarte. ¿Ahora cree en su magia? Usted me volvió idiota desde el primer instante en que mis globos oculares cruzaron sus iris color musgo de castillo encantado. No se asuste, por favor, por las posibles y casi inevitables incoherencias que puedan llegar a tener este conjunto de oraciones imprecisas y desordenadas. Estoy mareado, me tuve que volver porque fingí sentirme mal, luego le contaré el porqué. No siento bien los labios, los dedos se mueven involuntariamente, aunque me sorprende la coordinación que aún tienen para pulsar las teclas. Este estado es excelente, a pesar de que vienen puras sogas sin colgar, uno puede desenfundar sin fijarse, sin evaluar a cada momento lo que se esta sacando a la luz del sol (esto me está sonando a redundancia, creo que ya dije algo similar). No soy de lo mejor, mire cómo todo se desnuda. No me quiero, usted tiene absoluta razón, por eso no me siento querido. No me catalogo como algo especial y fuera de lo promedio, tal vez la humildad extrema tenga su efecto nocivo. Me voy a fumar un cigarrillo, no me catalogue de loco. No se si podré fijarle la vista nuevamente, pero le voy a hablar. Si le parezco denso, dígamelo sin miedo a provocar hemorragias internas. Necesito que me digan las cosas, ya no quiero suponer. Discúlpeme si no me quiero o no me dejo querer. Algún día esto se modificará, estoy seguro.


Desde algún lugar.

Textos Inconclusos III

Ella no tiene carne en las manos. No se estremeció con la frialdad del picaporte. No puede dar sonrisas ni llorar. Simplemente lee biografías que considera comedias. Las disfruta, aunque no puede expresarlo en el lenguaje mímico. Ingresa a la habitación, su frió se hace sentir. Vestida de harapos se arrastra hacia la cama del infeliz. Goza cada sonido de su huesudo pie chocando contra el parquet.

Textos Inconclusos II

Imperceptible para aquel tercero tácito siempre presente y acechante a la nuca, el sentía como la impotencia ganaba terreno. No poder hacer cambiar su realidad ya sea por el mismo o por algún intermediario que al menos le muestre un rumbo a seguir con alguna garantía de éxito. No. La respuesta siempre era no. Que esta mal, que no es natural. Que la rebeldía a lo dictado desde lo alto era un sueño sin soñador. Maldito monosílabo de negación, siempre dándose el gusto de eliminar esperanzas. De cortarle los tobillos con un seco guadañazo a lo bajo. Sin avisar, sin dar señal de su llegada.
Nudos que apretan gargantas y que no dejan llorar por miedo a despertar bestias. Un fuego que crece por dentro. Tomó un tímido sorbo de agua para intentar apagar ese desprendimiento metafísico de calor. Era imposible, quién sabe en donde estará el agua milagrosa que sepa extinguir tal elemento destructivo. Girando en torno a la mesa, se dejó caer rendido en la cama. Cerrando los ojos, vencido, jugando a estar muerto. ¿Será aliviadora la paz eterna? No pareciera, somos demasiado predecibles, nos terminaría enfermando nuestra sed de acción.

Textos Inconclusos I

Una palabra atropellada que empuja a la garganta para ser libre, frente a la razón cegada que no ofrece resistencia y que aparentemente se embriaga de locura y alienta a la palabra hacia el exterior. Un error, una equivocación que pasa factura a los pocos segundos, cobrándonos el mismo pellejo. Una libertad que cuesta caro.