lunes, 31 de diciembre de 2007

Chau a él y Hola a vos

No se dan cuenta lo que sucede afuera. Han querido controlar el tiempo de manera muy exacta, y fue así que han fabricado todo tipo de relojes, con diferentes fuentes energéticas, características, tamaños, colores y demás accesorios inútiles. Hasta le han otorgado a un país la fama de “mejor controlador del tiempo”. Y es deducible de qué país estoy hablando.
¿Y usted que pregunta? No lo escucho, levántese y grite, que el ruido de esta megalópolis me ha atrofiado el aparato auditivo. ¿Un país? ¿Un año? ¿La Tierra? ¿Quiénes la habitan? ¿Qué hacen? ¿Un año de nuevo?
Un país es simplemente una porción de tierra entregada de manera anacrónica, la cual es posteriormente pintada de rojo carne y luego dividida como una gelatina temblorosa y deforme. La vuelta completa de un miserable asteroide habitado alrededor de una estrella encendida. Una inmensa nave llena de comadrejas que consumen todo a su paso, incineran lo verde y arruinan la armonía. Comadrejas que aplastan lo que su ojo ve, y que luego deciden sobre ello, sobre las vidas de sus semejantes y dividen lo visible, y se viven peleando por ello.
Hay tantas maneras de ver, a cualquiera le daría vértigo asomarse a ese gigante precipicio ideológico repleto de ramificaciones y palabras extrañas, las cuales son derivadas de apellidos y terminadas en “ismo”, ese sufijo tan usado y gastado, dirían algunos. Y se va un muchacho que ya ha cumplido sus 365 días de vida, y viene de visita otro muchacho; muy afortunado, ya que vivirá 366 días, diferencia de un día hecha con lo que le robó a sus colegas. Lo irónico es que el acto de robar y hacerse grande con lo robado es ya una moneda común en el asteroide de las comadrejas…

Esperemos que este muchacho sea noble, aunque sus actos anticipen lo contrario.
Que podamos creer hasta descreernos. Y luego empezar a creer de nuevo. Y no cansarnos jamás de ese círculo con facha de aburrido, monótono e idiota.

jueves, 27 de diciembre de 2007

En Tren/Subte

Lo que sigue fue confeccionado hace poco tiempo (sólo un par de días), durante un viaje hecho en tren y subte, recorriendo la ciudad de Buenos Aires. No he diferenciado qué pertenece al viaje en tren y qué pertenece, por otro lado, al viaje en subterráneo. Lo hice porque ambos medios de transporte son muy indénticos entre sí, no sólo por el aspecto físico de un vagón unido a otro, sino también porque los objetivos son los mismos: accesibilidad económica, velocidad y comodidad; y en ambos medios, los dos últimos objetivos mueren en meras ilusiones. He visto también que la gente es la misma y que los coches son decorados por los habitantes rebeldes de la misma manera. La única diferencia es que el tren no es más que un gusano hueco; mientras que por su parte, el subte es una lombriz de tierra.


Avanza, las manivelas danzan una coreografía torcida, al igual que los cuerpos de los pasajeros de los que sólo puedo avistar sus respectivas cabezas. Un hombre perteneciente a la tercera edad, semicalvo y bigotón, con una camisa celeste desabrochada y abrazado tenaz y posesivamente a una bolsa celeste con inscripciones azules. Cuenta las monedas y se percata de que el tren ha llegado a su destino, cerca de su casa, donde tal vez lo espere su esposa con un plato de cena caliente. Cruzando puentes por debajo, y tambaleándose cada vez más, he aquí el escenario. Aparece una Iglesia al costado, y algunos distraídos ahora lúcidos y atentos ponen de manifiesto su devoción dibujándose una cruz en el pecho – curiosamente invertida- y rematando el rito costumbrista con un beso en el puño y la mirada hacia arriba. La gente que encontré dormida al ingresar aún sigue en su estado de ausencia en la dimensión real, y me genera curiosidad la película que esta proyectándose en sus mentes en este mismísimo y preciso instante. El tren se detiene sin aviso, y las manivelas anulares cesan su baile, lo suspenden por un momento, para recargar y recobrar energías. Veo escrituras de graffiti, de las que poco puedo descifrar. Los códigos de lenguaje que uso me resultan incompatibles cuando intento decodificar lo escrito en las paredes del tren. Hay calcomanías viejas, olvidadas, y luces que han dejado de brillar, y parece que a nadie le genera interés efectuar algún acto que haga retornar el brillo perdido. Adhesivos de partidos políticos y bandas barriales, esos son las dos clases preferidas de calcomanías. Hay chicos vendiendo diarios y otros durmiendo detrás de los carteles de publicidad de productos inservibles simuladores de felicidad y satisfacción. Parece que los carteles escupen un grito similar a “¡Comprá, serás feliz si lo haces!”. La gente empieza a amontonarse, y la comodidad en el transporte se convierte en una de las ilusiones más inalcanzables de la humanidad. Un policía atraviesa el vagón, y todos le miran la nuca, como si el arresto estaría a punto de caer sobre sus cabezas con un par de esposas próximas a abrocharles las muñecas. El calor humano progresa, y el aire es respirado una y otra vez por un ejército de narices apiladas. La condensación en las ventanillas ha pegado el faltazo, no sucede. La gente se renueva, unos salen, otros entran, pero de nada sirve; pues el calor es el mismo. Como si se intentara diluir sal en agua sacada del mismo río, haciendo caso a proporcionalidades, siempre sería igual. Es atribuible un número N a la cantidad de carteles comerciales que visto pegados por ahí, y dicha letra es susceptible de utilizar también para expresar de alguna manera la cantidad de humanos que hay ahora en el vagón. Se pone de pie un ortodoxo muchacho judío. Escupe formalidad y adaptación multilateral por donde pisa. Hay gente de traje también, siempre que de Roma se hable, el emperador sale. Lanzan miradas fijas y rectas, lucen sus corbatas derechas y su posición firme. Los noto habitualmente mirando hacia un punto semialto, donde los ojos de los demás no alcanzan a tener contacto con los suyos. Creo que de eso se trata, esa debe de ser la idea principal. El escenario va despoblándose, y el viento entrante empieza a evaporar el sudor colectivo. Una joven pareja desciende con un carrito de bebé, posiblemente recién nacido a juzgar por el tamaño del vehículo no motorizado. Las luces de afuera aparecen menos espaciadas entre sí, lo que señala el acercamiento a la terminal. El viaje finaliza. Un día menos de amontonamiento urbano, o un día más, todo dependerá del par de ojos que se quiera utilizar.

martes, 25 de diciembre de 2007

Los Puentes

Se pone en marcha, arranca el tren. Los árboles estando quietos empiezan a moverse frente a los ojos del viajero. Se ve un poco de ganado por ahí, a ambos lados. Los árboles siguen pasando, con progresiva velocidad. Los durmientes comienzan con la repetitiva sinfonía que acompañará al viajero hasta el destino en donde decida bajarse y tomar las valijas fieles que lo han acompañado alrededor de sus desquiciados ataques de escape. Toma su siesta religiosa de dos horas estimulada por la entrada de un vaso de vino tinto que le humedece las entrañas y le adormece suave y temporalmente el cuerpo, entorpeciendo los movimientos que pueda llegar a efectuar. Su mente de campo no lograba habituarse al amontonamiento de la ciudad, la asfixia sufrida durante los días hábiles se sumaban entre sí, aumentando la necesidad de escape hacia un lugar verde al llegar el séptimo día. Jamás confesó ser muy amigo del gris plateado del hierro. Soñó lo mismo que acababa de vivir, sumándole una continuación. Pudo ver que tomaba el mismo vaso de vino, servido por la misma muchacha de delantal escocés. La misma escena, figurita repetida, “la-te, la-te, la-te, no-la”. Algo distinto había en el sueño, a pesar de encontrarse a sí mismo viajando en la misma víbora hueca que llamase tren. Los detalles del interior estaban minuciosamente grabados en la memoria ahora hecha proyección onírica. Una película antigua hecha actual en lo más mínimo. Entre el ruido y el movimiento, la cabeza asomada chocaba contra el vidrio de la ventanilla; el viajero pudo vislumbrar dos puentes. Nexos, elementos de unión de espacios aislados, rutas, atajos oportunos para saltear obstáculos y porquerías. Los vio, y un millón de metáforas se dispararon en su mente, de las que ninguna pudo recuperar como suyas que fueron en algún momento imaginario sin la existencia del tiempo. Despertó, no pudo recordar todo lo disparado por los puentes. Tal vez, pensaba, entre su deseo de escapar y de llegar a un lugar lejos de lo que detestaba se constituyó una imagen en su mente, que para reflejar todo lo deseado, optó por transformar el conjunto en dos puentes. Tal vez uno de ida y otro de vuelta, o tal vez uno bueno y el otro malo. O tal vez los puentes iban desde y al mismo lugar. Tal vez en la mitad de los puentes un istmo los unía entre sí, para poder concretar un escape eterno, y un viaje en círculo infinito, para no volver a donde él no quiere estar. Siguió pensando en ello, y se lo atribuyó al efecto del alcohol absorbido mediante su estómago vacío. Llega a su destino, e inmediatamente pide un boleto de vuelta. Las marcas de huellas digitales color vino tinto sobre la ventanilla de la boletería le hicieron pensar que no estaba tan loco ni solo. Posiblemente el sueño de los puentes había afectado a otro anciano de raíces verdes colapsado por el efecto desenfrenado de la ciudad. Antes de tomar el tren de regreso, el viajero al que llamaremos Adolfo, descansó sin dormir. Al llegar la hora de su retorno a casa, bebió un vaso de vino tinto, con la misma velocidad de antes. Se recostó sobre el asiento, del mismo modo que antes. Observó el paisaje durante el mismo tiempo que lo había hecho antes. Y deseó profundamente volver a ver esos dos puentes, con el objetivo de llevarse desde su sueño, sus metáforas que lo mantuvieron ocupado durante tanto tiempo, y que hoy, lo sigue manteniendo en un lugar lejos de donde no quiere estar.

lunes, 17 de diciembre de 2007

Textos Encontrados III


Y yacía totalmente desconcertado, con los ojos cerrados y envuelto en una túnica de silencio. Lágrimas de sangre recorrían sus pálidas mejillas y unos cuantos puñales incrustados profundamente en su espalda le reiteraban a cada momento que el pasado seguía aun pisando fuerte sobre su desdichado presente y, que a la vez, continuaba teniendo gran decisión e incidencia sobre su incierto y errante futuro.
Por un prolongado tiempo, su alma se había entregado a los ásperos brazos de la derrota, mientras que su espíritu, junto con su perdida pero presente esencia, cavaban miserables túneles sobre la estéril tierra del fatalismo. Pues así es la eterna batalla que se desarrolla a lo largo del tiempo en el que pisamos de esta tierra y respiramos de este aire. Una pelea en la que se disputa el control del futuro que nos presenta muchas hojas en blanco y una sola pluma.
Lo único que nos queda por hacer desde nuestro lugar es intentar destruir aquella parte oscura de nuestro pasado que nos hiere constantemente, y escribir nuestro mañana sin cargas, sin piedras, sin peste, sin miserias, sin pozos...

Textos Encontrados II

Las posibilidades rondan mediante células de incertidumbre que se instalan inevitablemente con el avance del reloj de arena. Las hojas siguen pasando sin avisar y las letras se van desdoblando por el cansancio. Progresivamente la tinta se agota, y las palabras semiborradas se abren a la interpretación del ya olvidadizo autor. Los sueños, siempre fieles a su característica naturaleza, evolucionan malignamente frente al impotente par de globos oculares del soñador. Se tornan inalcanzables, casi invisibles, pero no susceptibles de sentirse. Dan pelea, no se cansan, no quieren morir en la realidad. Quieren seguir viviendo en la mente del desdichado y no perecer jamás en el cumplimiento de sus promesas. Promesas, difícilmente se cumplan detalladamente, siempre algo logra escapar para no destruir completamente el orgullo del sueño cumplido. El conformismo obliga a querer lo que se tiene, mientras que la codicia debilitada intenta ganar terreno, aunque eso implique ir mas allá de las reglas morales.

Textos Encontrados I

Una oscura amalgama envuelve y toma posesión de cada una de las neuronas atontadas por la intensa mezcla de los matices sentimentales. Ilegibles y compactas lanas de información se entrecruzan en el foco de la mente, formando una especie de telaraña fantástica y voluminosa. Escepticismo, incredulidad, esfuerzo inhumano por creer en lo que algunos osan en llamar verdad. Un poco de alcohol retrasaría al pensamiento, pero no destruiría la depresión. Esa maldita que no toca la puerta antes de entrar, esa maleducada que llega y se instala con el equipaje necesario para morar en el alma del infeliz por un intervalo de tiempo indeterminado. Sin preguntar, sin avisar, sin dar señal de su llegada. Abre la puerta, se acomoda, duerme y ella misma decide cuando despertar y comenzar a manipular la vida del propietario desdichado. La inexperiencia no puede hacer milagros o malabares con las lágrimas, no tiene muchos paños para secarlas antes de que se hagan agua salada y compitan entre sí para llegar rápido al costado de los labios. Es un infierno sin fuego, un tornado sin viento, una tormenta sin agua. Pero todas causan esos efectos que los caracterizan en la realidad, aunque no visible con algo tan rudimentario como los ojos.
A veces no deja hablar, amenaza con intensificar su efecto, y reduce al mísero portador al silencio inquebrantable. Parece una perfecta guerrera, una mítica representante de la infelicidad. Se arma de todos los elementos de tortura mental, de esos que hieren despacio, muy despacio.
Pero tiene puntos débiles, no es perfecta.
Esa es la misión que se nos encarga de manera implícita; encontrar su talón de Aquiles para asesinarla sin piedad alguna. Hacerla sangrar despacio y gozar con su agonía, tal como ella lo hace con sus prisioneros (ya no propietarios ni portadores, prisioneros).
Acabar con su maldita existencia, que nos hizo vivir un infierno sin fuego, un tornado sin viento y una tormenta sin agua…

viernes, 14 de diciembre de 2007

Objetivo del Universo Anexado

El Universo Anexado se constituye con el difuso objetivo de crear un espacio alternativo. Es un objetivo difuso porque en el Universo Anexado nunca nada es absoluto y definitivo. La constante metamorfosis progresiva o regresiva es infaltable. Ha surgido de la necesidad inhumana de crear (porque la humana es destruir), y de la satisfacción que genera navegar contra una corriente establecida. No es el primer Universo, ni será el último. Un espacio donde de lo imaginario brota lo real, aunque no siempre sea tangible, siendo perceptible siempre. El quinteto sensorial se torna insuficiente y aburrido. El otro mundo se está pudriendo. Si, se está pudriendo y cada vez se nota más. Se está partiendo a la mitad, si. Por allá hay mucho odio, mucha miseria, y muchas mentiras que se pegan en la piel y provocan forúnculos en el alma. Hay mucha sangre desparramada que cubre la tierra, mientras que el planeta rojo es Marte. Hay guerras. Explosiones, bombas, gritos, estruendos, tiros, armas, lágrimas y crueldad; formando un nauseabundo cóctel que la gente consume diariamente. Y un sorbo, y otro más. Y viene el odio, y no los deja más, y otro sorbo, y ahí ves que el odio está en tu sangre, que acompaña a tu especie. El Universo Anexado es sólo eso, otro lugar. Es importante verlo hoy, pues nada es seguro en él, y puede extinguirse en cualquier segundo, en cualquier giro de alguna de las agujas de tu reloj.

martes, 11 de diciembre de 2007

Casino

El fantasma gris te marca el paso de entrada, te baña con esencias cuyos aromas te recuerdan a metales preciosos y te susurra al oído:
-Dejate seducir, debilitate, rendite ante mi poder, se que vas a caer en mis garras, y luego no vas a querer salir nunca-.
Si se te ocurre dudar una fracción de segundo, el fantasma gris reacciona y te toma de la mano, te aprieta fuerte, y te lleva al interior de su cueva. Esto sucede siempre y cuando vos tengas la osadía de mirar con curiosidad su cueva desde la vereda. Es necesario que tengas buenos reflejos de escape, y estés bien alerta, pues si él se da cuenta de que afuera estás, adentro es donde terminás. La cueva del fantasma gris se llama Casino, según la civilización actual. Y dentro de él, el fantasma; como Lucifer en el infierno, adquiere varios nombres: Avaricia, Codicia, Ambición. Exige que siempre a cada uno de sus nombres, se le anteponga el “Don”, en señal de respeto infinito. En su cueva el fantasma gris es monarca, nadie se anima a efectuar una conducta subversiva o alteradora del orden que él mismo impone. Se escuchan ruidos de monedas, que caen y se contabilizan sobre una superficie metálica. Una espesa niebla invade la cueva, entorpece el paso, diseca los pulmones y provoca ardor en los globos oculares, que empiezan a derramar agua salada. Tabaco, fumar por el nerviosismo extremo de perder más y más, aunque todo perfectamente neutralizado por el hambre enfermizo de ganar más y más dinero. El azar, el elemento relativista e inconstante por excelencia, abunda en esta cueva donde los sueldos, jubilaciones y pensiones son devorados por los cestos de basura. Compulsión, reacción, juego y desesperación. Hay trajes y zapatillas corriendo por ahí, pero el fantasma gris no discrimina, pues sólo fija su mirada en lo que es susceptible de robar por él y perder por el otro. Tragamonedas neutralizan el eco de las voces que putean y maldicen, y la bolita de las ruletas invita a los ojos de los apostadores a dar un paseo en forma circular y les hace chocar los dientes cuando su capricho no coincide con la apuesta hecha. Hay cartas de póker repartidas sobre una superficie verde, y gotas de sudor que hacen brillar las extensas frentes de los viejos adinerados. Y el fantasma gris se frota las manos, pues no sólo ha logrado mantener adentro a sus presas, sino que también es espectador de lujo de los desaciertos y consecuentes lamentos de los prisioneros. Las luces no enceguecen, pues la niebla espesa de humo ha adquirido características similares a las de un filtro. La creencia popular fabrica a la buena y mala racha, mientras el azar se sirve un aperitivo sonrojándose por la ingenuidad de la gente.
Y el fantasma gris sale a la puerta, a fumarse un habano, apoyando la suela derecha del zapato sobre la pared, esperando tranquilo, paciente, al próximo que se acerque a la entrada de su residencia.

domingo, 18 de noviembre de 2007

Vida/Muerte I

Algunos creen que la vida es un mero intervalo inestable de vaivenes, otros afirman que es un paso por este lugar. Hay gente que dice que la vida es corta, y a la vez hay también gente que confiesa que es demasiado larga y afirma estar cansada de vivir. Existen personas que no quieren vivir más, y otras que luchan por seguir viviendo, haciéndole frente al ángel asesino armado con una guadaña. Hay gente desilusionada, y hay gente que se mantiene firme sufriendo lo mismo que los que ya cayeron hace tiempo. Hay fuerza y hay debilidad, optimismo y pesimismo. Esperanzas y desesperanzas. Hay quienes esperan a que algo bueno suceda, y hay quienes temen que algo suceda, sin diferenciar el aspecto bueno del malo. Mucha gente cree que la muerte es un paso, una puerta; hacia la transformación o hacia otra vida donde se podrá ser feliz y tenerlo todo, asegurando indirectamente que en esta vida no se puede ser feliz, ni tampoco tenerlo todo. Dicen que la muerte es una simple mudanza, viene un camión con acoplado, te carga con todos tus recuerdos y te lleva a dar un paseo eterno por el universo. Supongo que si eso es real, habría un gran tráfico de camiones con acoplado.

¿Qué será lo que se va del cuerpo?
¿O qué será lo que ingresa en el cuerpo?
¿Saldrá escapando la vida o ingresará atolondradamente la muerte?
¿Qué será aquello que hace pasar de lo vivo a lo muerto?
¿Tendrá peso?
¿Será tangible?
¿Dormiremos?
¿Soñaremos?
¿Se es un vivo muriendo o un muerto viviendo?

domingo, 11 de noviembre de 2007

En una balsa

Navegando en balsa. Sin seguridades de resguardo, y deslizándose sobre una superficie marina de extensiones infinitas. Siguiendo el rumbo que el viento decide con suma arbitrariedad y capricho. Sin velas que equiparen el movimiento, sin proa ni popa. El babor y el estribor no existen. Y el timón y el ancla se han quedado pegados a una roca que ya ha desaparecido. El cielo se confunde con la claridad del mar, y el Sol se ve como una pelota traviesa que va de un lugar a otro en un plano azul-celeste, como si seres gigantes jugaran un Set de volley. Y luego la magnifica pelota se esconde, y oscurece la escena. Y si la Luna no se anima a salir estamos fritos. Las pupilas se dilatan, y el frío comienza a hacerse fuerte. Pero nunca algo fue eterno, y es por eso que el Sol vuelve a salir después de un mojado sueño en balsa. Y ahí cerquita se ve la Tierra, una porción multiforme de variados relieves y colores, esperando a que alguien llegue para habitarla, o al menos eso se suele decir. Si este planeta nos hubiera estado esperando, creo que hoy se sentiría muy arrepentido de haber solicitado compañía humana. Y por eso uno decide volver a la balsa, para no permitirse seguir destruyendo algo ajeno, algo que fue hecho desde antes y que la especie humana tiene el atrevimiento de dividirla en porciones mediante guerras y sangre. En comprarla, venderla, valuarla y explotarla. Partirla al medio y exprimirla como una naranja medio podrida. Y ahí volvemos a la balsa, para alejarnos de tanto humo, y de tantas marañas artificiales que simulan el progreso humano, que dejó atrás tanta simpleza verde.

martes, 30 de octubre de 2007

El Ataque

Parado, inmóvil. Mirando, armando un rompecabezas del que faltan piezas, y a veces sobra una que no se sabe donde encastra, y crea la duda de que una pieza esta mal, de que algo fue erróneo, de que algo ha fallado. Las posibilidades de escape fluctúan de un lado a otro, y queman la piel, dejando la carne viva a la luz del sol, que bordea la herida con un tono rojizo intenso. La piel se rompe, se rasga. Sale uno, y el otro muere. La duda se caga de risa, agarrándose el abdomen que le duele de soltar tantas carcajadas juntas. El miedo se frota las manos y da una sonrisa leve y sarcástica. Cruel, sin piedad, sin ningún vestigio de remordimiento, estando bien convencido de lo que hace. De que lo correcto es burlarse y meter el dedo en la llaga hasta que la campanilla del herido se funda en líquido. Ahí viene él, con la guardia baja; y ellos se levantan, nacen de la tierra, y se hacen fuertes con las inseguridades de la presa. El sujeto que viene es inseguro, es el blanco perfecto. Lo atacan, lo hieren, y ríen en ronda al ver su agonía, se revuelcan de alegría con cada manotazo de desesperación que lanza el herido. Lo ven, lo miran a los ojos, y lo imitan, se burlan aun más de él. Les encanta ver desamparo y desánimo. Lo subestiman, no creen que pueda levantarse.

viernes, 5 de octubre de 2007

La búsqueda del Objeto

En repetidas ocasiones he intentado comenzar con la búsqueda. Intentar encontrar un objeto que me estreche la mano y que acepte mi invitación poco formal para formar parte del Universo Anexado. Las condiciones eran sencillas: sólo tenia que aceptar girar constantemente, obedecer a sus ganas propias, y convivir con los demás objetos y vivencias. He detallado anteriormente que el Universo Anexado está lleno de objetos y vivencias, nada más que eso. Simple y complejo, simple complejidad y compleja simpleza. Pocas veces obtuve éxito en la búsqueda del objeto, y menos veces aún, he recibido una contestación satisfactoria por parte del destinatario. Es así que he decidido suspender la búsqueda, para dejar que el objeto me encuentre (no me agrada decir que el objeto me busque). Un cambio de roles, sólo una inversión de papeles. Nada es como creí, pensé que la invitación tendría siempre una contestación afirmativa y rápida, pero pocas veces se ha llegado a un acuerdo. Algunos pedían condiciones extravagantes, aunque no demasiado imposibles de concretar. Pero como jamás me gustó jugar con la especulación de soluciones, no me permití nunca consumar la promesa de conseguir lo demandado. El miedo a defraudar siempre estuvo en el mismo lugar. Los materiales de seducción aburrían, eran siempre monótonos para ellos. Y repito, nunca me animé a prometer sobre lo que podía llegar a propasar mis posibilidades y capacidades. Entonces, decidí cambiarme de silla, y ceder la mía. Ahora no pido que me busquen, sólo espero a que me encuentren, que no es lo mismo. Todo es variable y nada es invariable. Todo es inestable, y ese es el chiste de todo lo que es soportable; que nunca sea rutinario y lineal. Que algo sea hoy, y que ese algo no sepa si será mañana. Que se cuestione si es lo mismo que ayer, si Hoy es lo mismo que Ayer, y si él cree que está verdaderamente en constante modificación o no. Esa es la gracia y la razón: la intensidad cambiante y la extrema variabilidad del contenido.

jueves, 4 de octubre de 2007

Conversaciones de pasada

Hola. Cómo estás. Bien. Y vos. Yo bien.
En qué andás. Acá ando. Vos. Bien, acá.
Qué andás haciendo. Nada. Vos. Nada. Haciendo cosas.
Mira vos. Qué bueno. Me alegro. Nos vemos. Chau.

Las conversaciones de pasada siempre remiten a lo mismo, la poca profundidad. El apuro podría ser causa de dicho eje, la indiferencia con respecto al semejante puede tener incidencia. Don Salvador camina por las baldosas rotas de su barrio, camino a la verdulería, donde tendrá que hacer verdaderos malabares con lo poco que cobra en concepto de jubilación. Treinta largos años aportando a una oficina que sonreía de oreja a oreja cuando el objetivo era cobrar. Adquirir algún alimento que se adecue tanto a su dieta metabólica como a la de su bolsillo. En el camino de baldosas rotas, Don Salvador se encuentra con varios ex-jóvenes con los que jugaba en su juventud. No había ni playstations, ni notebooks, ni Internet. Ese enfoque queda pendiente, y se anota en el pasivo creciente y efímero. El viejo recuerda con mayor nostalgia a los que ya no están, indiferenciando la estimación para cada uno de ellos. La abuela de Don Salvador le decía que uno valora algo cuando lo pierde. A los 81 años, y a pesar de la terquedad característica, Don Salvador le daba la razón. Las conversaciones de pasada jamás cambiaron, y se mantienen constantes en su esencia misma, tal vez no en su forma. Hoy Don Salvador dice “adiós” para despedirse, mientras que su nieto dice “nos vemos”. Lo que no ha variado, es la mentira disfrazada que acompaña a este tipo de intercambios. Hay una selección de personas a las que los conversadores de pasada le brindad la verdad. A medida que la edad aumenta, el círculo se hace cada vez mas estrecho. Don Salvador confeccionó un círculo en donde sólo hay espacio para su nieto. En las conversaciones de pasada, uno siempre está “bien”, o todo lo que concierne a la vida propia está “bien”. Existen señales que se utilizan para comunicarle al interlocutor que uno no tiene ganas de contar de su existencia. El “acá ando” es el ejemplo mas pintoresco de este tipo de señales. Las conversaciones de pasada, sólo han variado en las palabras que las componen, sobre todo en la juventud de hoy, en la que el sistema anglosajón parece insertarse poco a poco. Lo constante, pues, es la esencia, objetivo y razón de estas conversaciones. Tan rápidas, tan imprecisas, tan superficiales y tan llenas de aire.

martes, 2 de octubre de 2007

Mi Barrio II

Este que ven, este que miran, es el segundo comentario/crítica sobre mi barrio, este rejunte de casas que me vio nacer en algún desdichado día de Junio, allá por el año 1988. La pizca de pimienta dulce nunca sobra, dos pizcas no formarán multitud. Mi barrio es un complejo teatro donde interactúan variados personajes, característicos y consolidados. Están los que pertenecen a la obra de La Familia Perfecta, compuesta por la madre teñida de color irreal, el padre con las canas tapadas, el hijo que se viste a la moda y no mira a los ojos, y por último, la nena que usa anteojos de sol en cualquier estación del año. No se que pasará en los demás rejuntes de casas, yo me centro en el que vivo. Los fines de semana y en especial los domingos a la mañana, salen de sus respectivas cuevas una extraña tribu que la cultura popular le ha atribuido el nombre de “Testigos”. No se de qué, o de quién, aunque algunos digan “de Jehová”. Esta subespecie, se caracteriza principalmente por su vestimenta elegante y su maravillosa inexpresividad facial. Si se entra en detalle, se pueden describir más minuciosidades tales como el pelo atadísimo y tirante en las mujeres, y quinientos gramos de gomina por cada lóbulo cerebral en los varones. Zapatos brillantes, libros en la mano. Estos seres ya caracterizados tienen la función principal de cortar el sueño de la gente para cambiarle la ideología religiosa en tiempo record. No caigamos en la reproducción de la cadena de puteadas que puede causar un timbrazo religioso a las 8 de la mañana, luego de una noche de alcohol y efectos colaterales. Siguiendo la línea de la religión (ya que estamos, no nos movemos y ya que no nos movemos, nos quedamos quietos) no se me pueden escapar los innumerables pasacalles que cuelgan en mi barrio. Hubo un tiempo en el que los pasacalles existían sólo para los casamientos, aniversarios, cumpleaños, felicitaciones por terminar una carrera, o alguna que otra estupidez. Las familias que encargaban la confección de un pasacalle, tenían la absoluta necesidad de comunicarle a todo el barrio lo feliz que era. Si toda una familia se pudiera hacer feliz con un casamiento, un aniversario, un cumpleaños o un título, mi barrio sería otro. Hoy en día, con el misticismo, la cumbia y la desesperación, los pasacalles antiguos han pasado al círculo del peligro de extinción. Hoy en día, los pasacalles son dedicados a un señor llamado San Expedito. No pregunte nadie quién es, nadie sabe. No pregunte nadie qué hizo, o qué hace, nadie lo sabe. Pero algo es seguro, los “pasacallistas” seguramente lo adoran, pues no tienen que esperar más a que alguien se case, cumpla años de matrimonio o de vida, o se reciba; sólo tienen que esperar a que una señorona gane 10 pesos en el Telekino, y que posteriormente le atribuya dicha gloria a este muchacho San Expedito. Las santerías también han experimentado dicha activación; sus ventas de muñequitos de porcelana han aumentado considerablemente. Y este es mi barrio, con sus familias pseudoperfectas, su gente elegante que molesta a la mañana, y sus pasacalles dedicados a un desconocido que estando muerto, hace milagros. Esta no es la última pizca, ni tampoco la primera.

lunes, 1 de octubre de 2007

La fumata según mi amigo Ezequiel


Hoy es un día raro en mi, siento algo extraño no común en mi persona, me siento solo, vacío, triste, etc. Y hace mucho tiempo estoy buscando la solución a este problema, pensar sobre lo que me pasa empeora las cosas, la solución más pronta que se me viene a la mente es suplantar la soledad. Podría ser con la alegría, el apoyo y la fuerza de mis amigos pero, no alcanza para tapar la soledad que permanece dentro de mí. Pero no es "esa" soledad a la que me refiero sino como que si algo faltase, ¿Necesitaré algún tipo de compañía? Suplantar la tristeza con felicidad... eso lo solía hacer escuchando música, era una alternativa que ahora no sirve más, y estando con amigos... pero ahora ni esas cosas pueden cubrir la tristeza que llevo adentro y la pregunta es ¿CÓMO HAGO PARA REVERTIR LA SITUACIÓN? Se me ocurrieron algunas soluciones pero son de cobarde, al menos esa es mi humilde opinión y sería la salida fácil, pero tengo el urgente deseo de no estar más así, a veces simplemente pienso en no estar...
Pero si realmente llegara a no estar, no obtendría mi felicidad, no me sentiría realizado.
¿Cómo poder llegar a la felicidad plena sin saber cuando le va a llegar a uno o simplemente si le va a llegar la oportunidad de sentirse acompañado? Es una duda existencial que solamente con el correr de los días me enteraré si estoy preparado para estar en compañía o no. ¿Cómo saber si uno esta preparado para recibir ese tipo de felicidad?
Muchos dicen que la felicidad no tiene precio, yo pienso que muchos le ponen precio a la felicidad para sacar provecho de gente desesperada, que no es mi caso, pero ante tanta desesperación uno recurre a cualquier cosa con tal de volver a sentir lo que uno dejó de sentir.
He hablado con amigos, e intercambiado opiniones sobre el tema, muchos dicen que es mejor la libertad, el estar solos y poder disfrutar de muchos momentos, y que "en esa compañía se te hace imposible vivir". ¿Pero realmente ellos desean vivir en soledad y no estar acompañados de alguien que los haga feliz? No creo que sea así, creo que opinan así debido a su edad o inmadurez (se podría decir), aunque yo no me considere muy maduro, claro está. También puede ser que ellos esquiven al tema de relacionarse con alguien del sexo opuesto o en otros casos del mismo sexo.
Pero si la compañía que busco realmente no me hace feliz, si mi verdadera felicidad es convivir en plena soledad durante toda mi vida... ¿Tendré que cargar con esta especie de angustia hasta el último de mis días? Creo que no es tan así porque realmente puede que mi fiel compañía no sea una mujer, sino que la misma soledad, tendré que aprender a convivir con ella y disfrutar los buenos o malos momentos que la vida me depare. Tal vez ese sea el lado bueno de esta situación: disfrutar de mi eterna soledad y gozar de esos momentos únicos; pero es algo muy raro que mi felicidad se encuentre en la misma soledad, si es que se encuentra, ya que me gustaría estar en compañía con alguien.
Quizás en la soledad no haya dolor ni sentimientos que generen malestar, quizás la juzgue mal al pensar que su presencia haría daño en mi. Tal vez se presentó porque así debía ser. Solamente yo puedo cambiar mi destino para bien o para mal, eso lo sabré con el correr del tiempo. Lo mejor que puedo hacer es disfrutar de la vida.
¿Algún día encontraré a alguien que me quiera? ¿A alguien que me quiera como quiero que me quiera, que me dé toda esa satisfacción interior que no puedo encontrar? ¿O todas las personas que encuentro son sólo una ilusión en mi mente y en mi corazón, que pareciera que me quieren y que podría desplegar una relación en la cual poder darme esa satisfacción en mi ser y poder vivir esa sensación al máximo? Quiero poder cometer mis aciertos y mis errores, aprender de mí mismo sobre una relación amorosa, cosa que por el momento veo muy lejana.
Ezequiel A. Ale

lunes, 27 de agosto de 2007

Cuando se apaga la luz II

Y otra vez, la luz pasó al campo de la extinción. Muriendo sin saber, cayendo en la penumbra del olvido una vez más. Pocos días y pocas horas de luz natural han pasado desde la última ocasión en la que todos quedaron reunidos alrededor de un cilindro de grasa con fuego en la punta, mirando al techo. Imaginando que alguna vez, los de la misma especie utilizaban el fuego central en diversos rituales dedicados a dioses inventados, como un personaje de ficción que tiene vida sólo cuando se le permite vivir. Sombras que se mueven solas, y que ponen en duda si realmente pertenecen a un cuerpo de existencia física. Los miedos primarios vuelven y se fortalecen. El silencio es monarca cuando quiere, otorgando intensidad a la verdadera naturaleza de lo arbitrario, tan apegada a lo monárquico. De vez en cuando se cae en la mediocridad de la crítica ciega al ausente, tal vez por aburrimiento extremo o para asesinar momentáneamente al silencio, quitarle la corona por un instante. Las conversaciones que vuelan por el aire inspiran seguridad de saber que nacen con desgano. Así también como cualquier comentario absurdo en intervalos de calladas colectivas. Existe la posibilidad de que aquello que se dice en este ritual contemporáneo improvisado tiene la finalidad de opacar el orgullo, tan humano. Orgullo que intenta cubrir con sábanas oscuras cuán dependiente se es de la energía. Se ven obligados a ocupar la mente con puros comentarios sin sabor para no dejarse caer en la verdad. Colectivamente, se lleva a cabo esta tarea. El monarca los haría pensar, pero jamás debe ser así, para que el estúpido orgullo de la independencia siga intacto, sin marcas ni señales de deterioro.

sábado, 25 de agosto de 2007

La Razón

Siempre es preferible una dosis de ella en las venas. Nunca sobra y casi siempre falta. Algunos la ven nociva, otros necesaria. Los locos la odian, pero su mente la ama A veces se la usa para ordenar, para armar un rompecabezas donde siempre faltan piezas y nunca nada queda completo y conciso. La coherencia puede ser un efecto posible. Ata sogas, desecha hipótesis. Hace apoyar ambos pies sobre el suelo, permitiendo un vuelo limitado de posibilidades, pues a medida que se anudan las suposiciones; el círculo de lo verdadero se achica progresivamente. El orgulloso nunca la da, la cree suya y de nadie más. Puede que uno la tenga, puede que otro la tenga, o puede que varios la tengan. El forjamiento de argumentos es clave. No siempre hay una, puede haber varias. Ocasionalmente pisa el campo de la contradicción, pero como la contradicción es humana, y más humano aún quien la deja nacer; poco brillo le quita. No es ley universal que la razón contraiga matrimonio con un orden lógico-coherente, ya que puede usarse para ameritar acciones/reacciones. Lo que si es ley universal, al menos en nuestro reino tan (tan) animal, es la infinita necesidad de que se adecue a la ideología inquilina para ser tomada como válida y verdadera. En el Universo Anexado todo tiene un color asignado. La razón es de color claro (tal vez blanco, tal vez celeste, jamás gris), ya que sus tareas están basadas en la función de aclarar (interpretaciones amplias/erróneas, posibilidades aceleradas, juicios atropellados).

El Egoísmo

Con una ojeada de paso se podría verlo como una simple tendencia a preocuparse de uno mismo. De variada intensidad, y de matices relativos, tan inestables como las precipitaciones de una nube pasajera que decide caprichosamente qué lugares mojar. Molesto de a momentos, y gratificante de a ratos, nunca algo definitivo y quieto. En ocasiones daña a terceros, estén dentro o fuera del círculo de estimación; nada cuenta porque la mayoría de las veces se maneja con intenciones ocultas, desconocidas e involuntarias. Priorizar y anteponer, lastimando al que se cree importante. Hay quienes dicen que se hereda, que se aprende, o que se adopta como una simple arma de defensa. Un arma que se perfecciona luego de desilusiones que dejan marcas que no desaparecen, aunque así se quiera. Siempre me sedujo la idea de metaforizar al egoísmo con la sal. La metáfora no es más que la acción de igualar dos elementos distintos con uno o más aspectos compartidos, para luego intensificar y expandir las características de sólo uno de ellos. La sal en exceso hace mal, destruye por dentro y por fuera. A nosotros mismos y a quienes nos rodean, que se convierten en testigos casuales de nuestra propia destrucción. Si se camina hacia el otro extremo, se ve al problema fácilmente; sin sal no se puede vivir. Se llegaría al mismo destino pero con diferente camino: autodestrucción y testigos de la misma. El tercer y último elemento con el que se finaliza la comparación es el equilibrio. El promedio calculado sobre los extremos. Si uno consume el maravilloso condimento en medidas racionales y coherentes; no hay daño, ni a uno, ni a terceros. Con el egoísmo sucede lo mismo. En exceso nos convierte en el único habitante de nuestro país, y lastima a quienes quieren entrar con pasaporte vencido. Se les niega el ingreso con un seco monosílabo de negación, pues no hay espacio para la multitud en el país donde el cupo se reduce a una sola persona. Caminando al otro extremo, al antiegoísmo, la persona se convierte en nadie, y el tercero con pasaporte vencido o no, no consigue ingresar al país, ya que éste ni siquiera existe. En el equilibrio sucedería, entonces, lo esperado. El país existe y la gente ingresa. Parece ser demasiado simple no dejarse caer en el extremo. Uno imagina que hay gran distancia entre un polo y otro, y que el gran espacio vacío que queda entre los dos puntos es bautizado mágicamente como zona de equilibrio. Nunca es así, el punto de equilibrio es el mas difícil de hallar. No es que los extremos estén adheridos, sino que el egoísmo se deja llevar. Se va derecho al libertinaje o al suicidio instantáneo.

Mi Barrio I

Este es un comentario/crítica sobre mi barrio, este rejunte de casas que me vio nacer en algún desdichado día de Junio, allá por el año 1988. Una pizca de pimienta dulce nunca sobra. Mi barrio está lleno y repleto de señoronas mayores, que pasan su vida en la vereda, a la espera de que algo emocionante ocurra para luego divulgarlo como teléfono descompuesto. Lo malo es que a sus edades poco ven y poco escuchan, de manera que una discusión de pareja se puede transformar repentinamente en un asesinato estilo “Psicosis”. En el teléfono descompuesto local todo puede suceder, lo único raro sería que todo se transcriba con textuales palabras y sonidos, sin alterar orden ni clase. Los chicos conocen el miedo cuando, a la mañana yendo a la escuela, ven una mujer mayor con ruleros, el rostro blanco por la crema “anti-paso del tiempo”, los labios pintados y una escoba, barriendo la vereda a las siete y media de la mañana. Y los pobres chicos que vienen de soñar con ovejitas de dulce lana chaqueña, se encuentran en el camino al espanto personificado que advierte con tono amenazante: “No me pises la vereda, nene”. En las escuelas, hablando exclusivamente de las estatales (ya voy a agarrar a las privadas, no se van a salvar), las estufas no dan calor, sino frío. Adentro tienen chicles de tutti-fruti, pelotitas hechas de hojas cuadriculadas y rayadas y toda clase de útiles escolares declarados inútiles. El mejor ejemplo de lo que yo llamo “caradurismo” radica en que los mismísimos “rompedores” de estufas, son los primeros que se quejan del frío que sienten en el medio del invierno. En mi barrio hay muchas lomas de burro, o lomos de burro; nunca nadie sabe un carajo sobre esas pequeñeces. Esa montañita de material dudoso que, cuando el conductor apurado no la incorpora a su campo visual, hace sonar hasta el último tornillito del automóvil. Al agudo ruido le sigue una desesperada cadena de puteadas dedicadas a la familia del infeliz que mandó a poner esa diabólica salida laboral para todo aquel que se dedique a arreglar autos. Nuestro maravilloso jefe municipal de turno o “intendente” (como lo ven algunos ciegos), es un señor de apariencia prehistórica. Yo creo que anduvo noviando con la tatarabuela de mi bisabuela. Sin aludir más a la elevadísima edad de este señor, debo decir que este pseudoperonista (como todos) viene haciendo padecer desde hace décadas, una gestión que se centra en sólo dos tareas: emparchar los baches y, con lo que sobra… ¡hacer más lomas de burro! Siempre y cuando estemos en víspera de elecciones municipales. Un mes antes, algo le hace acordar que tiene un Partido para gobernar. Se dice que en los intervalos que hay entre elección y re-re-re-elección, lo congelan como pollo trozado, para descongelarlo en el microondas un mes antes de cada elección. Por mi barrio pasa un colectivo llamado “el dos setenta y uno”. Es un vehículo que despide más ruidos que un neonato. En el 271, la señora que quiere aparentar la mitad de edad que tiene sobre la columna vertebral, se disgusta cuando uno quiere cederle el asiento, ya que se siente anciana. Aunque también, este ejemplar de subespecie contemporánea de sexo femenino, se disgusta cuando uno NO le cede el asiento para hacerle creer que se ve tan joven y saludable que no necesita sentarse para calmar la progresiva expansión de las várices; ¡pues son tan jóvenes! Uno quiere ser cómplice de su engaño, y termina perteneciendo (se quiera o no) a la misma clase de culpable: el pendejo maleducado.
Otro bondi muy famoso es “el ciento setenta y nueve”. Un colectivo de color violeta, muy conocido por dos cosas: su aspecto casi primermundista y su nula frecuencia. Es decir, se compensa perfectamente el modernismo con la escasez. La Ley dice con respecto a esto que “Si Ud se encuentra camino a su trabajo y pierde un 179, busque la manera de enfermarse de algo (o quebrarse, si es Ud más kamikaze) así justifica la falta”. En pocas palabras, si perdés un bondi violeta; resignate.

sábado, 18 de agosto de 2007

Vení

Vení, acompañame, agarrame de la mano y animate a ver el mundo de un modo particular. Miremos más allá del objeto, y no a través de él para caer en la obligación de sumarlo al espacio tangible y así construir un cuadro de naturaleza muerta. Intentemos no dejar los ojos quietos, para no perdernos de ver nada. Tratar de ver todo, y saber simultáneamente que no vemos nada. Hagamos que los conceptos de verdad y mentira sean meras ilusiones, que se tornen borrosos y difusos. Que todo lo que gira sea alterable, que el orden no exista. Que el sonido juegue con los oídos y que le otorgue belleza a todo lo que no sabemos, para así poder tener curiosidad por el mundo, y no volver jamás a los sinsabores que hemos experimentado. Caminemos con pasos cortos, para no perdernos nada. Humanicemos aún más a la contradicción, para que las hostilidades sean tolerables. Plantemos un árbol, y démosle la espalda, para no presionarlo a que crezca rápido. Vení, acompañame a no sentir, para que no tenga miedo a sentirme mal cuando me sienta bien. Limitate a enseñarme lo que no quiero aprender, así descubro lo que quiero aprender en realidad. Mostrame cada punto de vista, para ver lo neutral entre lo bueno y lo malo, y no pertenecer a nada más que a mis ganas. Congelemos el tiempo, para detener la muerte de las horas y simplificar el olvido que acompaña al pasado, y tener la luz del sol en todo tiempo. Tiempo que no corre y que no apura. Volemos al sol, y quedémonos a vivir ahí.

martes, 17 de julio de 2007

La Ventana (El Cuadro)

Sondeando de a poco la habitación con forma de dado hueco, se la/o puede hallar observando su mundo y dándole la espalda al comedor y al tic-tac. Ventana, cuadro, pintura, portal, adorno. Marco rectangular de madera barata, y pinceladas coloridas desde el centro hacia los extremos. Una modesta firma desprolija en el ángulo inferior derecho. Sinceramente, las ventanas de mi agrado son las que ofrecen interpretación. Contrariamente, el objeto de este texto pertenece a esas ventanas ya consumadas e inmóviles, quietas, estáticas. No entrega completamente el amplio espacio de la interpretación, pero como nunca nada es absoluto y definitivo, se puede hallar un pequeño lugar delimitado donde la imaginación puede tomar algo de vuelo, comparado al de un pájaro enjaulado. Que nadie tenga la osadía de esconderlo, ni de quitarlo de su lugar consagrado sobre la pared. Siempre se mantiene en silencio frente a la lluvia de críticas, sin permitir que se humedezca su propia belleza. Nunca se deja opacar por la mirada de desprecio, el levantamiento irónico de cejas o el deslizamiento lento de los dientes delanteros sobre el labio inferior. Despliega indiferencia que enfurece y anula la satisfacción de provocar enojo al receptor. Tres flores: dos arriba y una abajo; tres hojas: una arriba y dos abajo. Simpleza complicada y viceversa. Una mujer que, a juzgar por el estilo de sombrero que lleva, parece tener origen oriental. Sentada con las piernas cruzadas sobre un pedregal. La mujer lleva sólo un ropaje largo y el sombrero anula algo del Sol, permitiendo la vista hacia las tres flores. Allá hace calor y es de día, mientras que acá la noche es la dueña y el frío su inseparable compañero. Razón que conquista al ojo y cubre con la sábana del dilema a la capacidad de nombrar. Bautizar de “cuadro” a la obra significaría quitarle vuelo y reducirla a un simple adorno, a un insípido elemento cuya razón de existir se basa y se limita a rellenar una pared vacía. En cambio, al bautizarla como “ventana”, uno le puede dar un ilimitado repertorio de adjetivos e interpretaciones. Catalogándola como un portal a otro lugar en el que todo es como uno quiere, en el que la voluntad propia es ley fundamental.


La Ventana la pintó mi querida bisabuela, con sus setenta y pico sobre la espalda...

martes, 19 de junio de 2007

Cuando se apaga la luz I

Que el residuo animal se procese y que ilumine el hogar en días de oscuridad. Nada desaparece, todo sigue en su lugar. Cada objeto aguarda con calma a la mano que lo mueva y modifique su posición. Cuando la luz se enciende da la impresión de que todo vuelve a resucitar en el mismo segundo; pero nada murió, nada cambió. La comunicación se estimula, a menudo por la hipocresía o la incomodidad que causan los repetidos intervalos de silencio en los que los ojos se inquietan. Inventar un ovillo de hilos de conversación es vital para no caer en las críticas colectivas a terceros ausentes. El hilo debe ser lo más largo y resistente posible; para crear la mayor cantidad de redes asociativas durante el transcurso de la penumbra. La dependencia para con la energía eléctrica llega a un punto que causa vergüenza silenciosa entre los interlocutores. Que quieren prender la luz del baño, o ver televisión, o escuchar algo de música. La penumbra es una señora tirana, obliga a que se adapten a ella durante su momento de vida, y obliga a hablar. Sin voluntad sobresaliente, todos hablan sobre el enésimo día vivido y mencionan las experiencias que al principio parecen únicas e irrepetibles, pero que luego el tiempo les va quitando brillo y prestigio, echándolos de a poco al vacío del olvido. Un par de cilindros de residuo animal, sustituyen precariamente a los globos de vidrio que cuelgan del techo. Lanzan una llama larga y uniforme, de un color amarillento en cuya base se puede ver una débil base de azul. A su alrededor se observa una borrosa circunferencia irregular. Transpira cera de a poco, consumiéndose como la voluntad de seguir hablando.
Las luces se prenden, la heladera arranca, y la televisión vuelve a apoderarse de las mentes y a adueñarse de la atención de los ojos, exigiendo un alargado intervalo de silencio que, a diferencia de los anteriores, jamás se vuelve incómodo.

miércoles, 13 de junio de 2007

El Borracho de blanco

En primera persona. Un sábado, siete horas después del segmento de la media noche y apenas unos minutos que el Sol empezaba a asomarse saludando tímidamente. La marca de la almohada sobre el costado izquierdo de mi rostro, delataba que entré al cosmos de los sueños de costado. Me dirigía hacia ese edificio donde te enseñan qué pensar sobre el mundo, y así poder encajar en la sociedad protocolar y exquisita en la que nos desenvolvemos. No hacia ni frió ni calor, sólo había un tenue viento que cacheteaba con suma discreción a la pereza de la mañana. Caminaba hacia la parada del colectivo contra mi voluntad, no sentía ni el más mínimo destello de motivación para soportar a uno o dos tiranosaurios hablándome sobre temas que le escapan a mi interés. Obligación y responsabilidad única, mejor cumplirlo aunque mis tímpanos sufran. Viene el colectivo, o bondi en nuestra jerga criolla. Con cada aceleración y su posterior freno, el vehículo pedía a gritos un piadoso reciclaje de emergencia. Los pasajeros estaban en fase de sueño liviano, algunos se despertaban exaltados por miedo a pasarse de su destino. Pero la mayoría continuaba la cadena que interrumpió el despertador. Ni siquiera se molestaban en dibujar una cruz en el pecho y besarse la mano cuando se pasaba por algún templo religioso. El sueño ganaba la batalla por goleada. Milagrosamente el vehículo llega a mi destino, la estación Lanús. Caminando con la pereza que me hablaba al oído intentando convencerme de tomar el camino de retorno y satisfacer el deseo incontenible de seguir durmiendo, observaba las caras sin demasiado poder de análisis. Vi gente de traje con ojos de arrogancia y rayas en la frente. Personas corriendo al escuchar los inconfundibles sonidos de la jubilación pendiente de la línea Roca. Volteaba la densa mirada y veía a los bondis con los vidrios empañados, gente respirando el mismo aire una y otra vez, y otra vez. Piso el intento fallido de plaza de adorno, donde hay una estatua de la cabeza de algún señor importante; nunca supe a quién homenajea dicho monumentito. Me prendo una barrita de tabaco, para calmar un poco el reiterado pedido de nicotina y a unos cuantos metros de la escalera que conduce al túnel que finaliza del otro lado de las vías del Roca, veo a un joven. No coordinaba los movimientos de sus piernas, pero si los de sus brazos que se aferraban a las barandas laterales. Descender por esos siete escalones parecía todo un reto. Estaba vestido completamente de blanco; camiseta, pantalón y calzado. No había ninguna mancha en su ropa, por lo que no pude deducir qué había bebido, si había vomitado o no, y es más, hasta se envolvía de dudas el hecho de que esté verdaderamente borracho. Parecía que faltaba poco para que le de el beso de Buenos Días al suelo. Llené mis pulmones de veneno en forma de humo y subí por la escalera, pasando por su costado derecho. En ese momento las hipótesis acerca de su estado se unieron en una sola respuesta certera, el olfato que muy pocas veces tengo sensible me susurró que el joven estaba completamente ebrio. Ya del otro lado, subo al segundo y último bondi, tirando mi cigarrillo a medio consumir, acto que me molesta aunque sepa que es mejor hacerlo así. Y era la misma escena que en el primero, excepto por los gritos de piedad del vehículo. Gente cansada, semidormida, descansando un poco contra el vidrio y maldiciendo al conductor cuando éste no veía un cráter lunar sobre la calle. Un golpecito seco al vidrio y un pensamiento agresor que involucraba a toda la familia del chofer. Como no quería un cachetazo de los vidrios laterales; mantuve la cabeza firme, enfrentando a las ganas de cerrar los ojos y viajar por otros lados. Siempre quise descubrir la razón por la cual aquel joven se hizo eso. Aunque tampoco puedo hablar con dedo de acusador cuando yo mismo me enveneno día a día, y lo que es peor, disfrutándolo. Me surgieron barquitos en el mar, metaforizando lo que serían ideas aisladas en mi cabeza. Un ataque de Mal de Amores, una pelea, una pérdida de alguna rama del árbol genealógico, desempleo inesperado, soledad inoportuna (el desierto), o la más simple y estúpida explicación: el síndrome de la juventud, cuyos síntomas se me hacen cada vez más inevitables. Podría ser la hipótesis más acercada, pero recuerdo muy bien sus ojos tristes. Con lo que al menos, una posibilidad está descartada.

El Desierto (Metáfora de la Soledad Inoportuna)

¿Qué viene ahora? ¿Qué más puede pasar? Todo. El hecho de que todo haya pasado, no confirma que nada ha de pasar. Sólo una calma momentánea y volátil. La tormenta ya se alejó. El ojo del huracán ahora tiene lentes y controla su miopía. El agua ya fue evaporada por el calor de Ra. La tierra volvió a ser árida. La vegetación firmó su certificado de defunción con el último vestigio de fuerza y energía cinética. La única vida aparente parece ser unas cuantas colonias de bacterias en huelga de hambre involuntaria. Se ondula la vista hacia el vacío. El sol da a la nuca y la chamusca con lentitud placentera, mientras que la misma ausencia de algo se da el gusto de dominar el mundo de la visión. Tanta carencia, tanta falta, tanta sed. La arena seca toma la velocidad de aislados vientos que no indican ni una puta posibilidad de precipitación. Y cuando se impulsa y se eleva, y choca contra la pared epitelial, duele. Se adhiere mediante el sudor, si es que queda algo de agua interior para despedir. Ni una nube para jugar a inventar formas, como por ejemplo, un escudo que bloquee la estufa universal al menos por un momento. Así aparenta ser la soledad inoportuna. Viene sin avisar, no toca la puerta. Sólo se instala y se echa a dormir. Como un turista que llega sin que se lo espere. Las abuelas dicen que es mala consejera, y algo de cierto tiene ese elemento con aspecto de frase que arrastra la escuelita popular. Es una compañía hipócrita, pues por momentos parece servir. Al fin y al cabo el que la busca también es hipócrita de alguna manera, ya que a pesar de haber recibido puñaladas y protagonizado peleas a muerte, la sigue buscando. Tirando al olvido todo lo que causó dolor en algún momento determinado. La soledad inoportuna venda los ojos con infinita cautela, hace un doble nudo con detenimiento y silencio. Es astuta, porque no quiere esperanzas de compañía con posibilidades de hacerse visibles. Claro está que la compañía al solitario significaría clavarle un punto final a su existencia, al menos por un tiempo. Y se sonroja irónicamente por cada exhalación extensa del ciego, y se retuerce de satisfacción cuando ve el paño húmedo que cubre los ojos del mismo.

domingo, 3 de junio de 2007

Mi Universo Anexado




Este es mi universo anexado. Lleno de objetos y vivencias. No es nada heroico o estimulador de alguna especie de soberbia tener un universo anexado. Es sólo un pequeño espacio donde yo decido qué vive y qué no vive. Yo decido a qué darle énfasis y a qué no. El hincapié lo manejo a mi merced, como un monarca caprichoso. Con mi tijera recorto lo que no sirve y lo arrojo al cesto fiel que está a mi lado. Los puntos finales los saco de mi bolsillo y los pego apretándolos con mi pulgar. En mi universo todos los integrantes son libres. La autoridad no delimita capacidades para con ellos, todo vuela de un lado a otro. De izquierda a derecha y de derecha a izquierda. Cada uno en su campo visual, girando en base a su propia voluntad y obedeciendo sólo a las ganas propias. Lo tácito es presente, y lo presente; en ocasiones, es tácito. Todo es música. O al menos eso se busca. En mi universo, la ilusión lejana de la anarquía en paz es posible. Lo único imposible es que se presente algo imposible. Los sueños son ilimitados, y las pesadillas son desterradas poco a poco. Pues el que decide qué vive y qué no vive, en mi universo anexado, soy yo. Mi universo anexado (valga la maravillosa y a veces aburrida redundancia que permite referirme a mi espacio tantas veces como se me de la gana), está unido a una cantidad infinita de infinitos universos más. Todavía no conquisté ninguno, porque no soy un imperio. Sólo soy dueño de lo que hago. Y tampoco estaría seguro de querer conquistar otro universo. Tal vez por miedo a que haya hostilidades densas que alteren el orden del desorden que caracteriza a mi anárquico universo anexado. Puede que me encuentre a la serpiente de la envidia, al fantasma de la soberbia, o porqué no a la mal nacida epidemia del odio. Sólo por darme el disgusto de nombrar unos pocos agentes nocivos. No. Prefiero mi armonía inquebrantable, mi silencio oportuno y mi soledad precisa. Que giren, que giren todos y que respiren libertad hasta inflarse los pulmones como dos globos de cumpleaños colgados del dintel de la puerta. Que no haya ningún destello de hostilidad. Y tampoco algún elemento que cause indirectamente un conflicto estúpido como los que suceden a menudo en el mundo de los primates. No me genera ninguna especie de remordimiento o deseos de replanteo el llamar primates a aquellos que se matan unos a otros por pedazos de tierra o por licuado de fósiles. Debe ser que ni la vida se salva de la devaluación.

Ella

Se acerca, con los ojos amarillos y las pupilas dilatadas por la penumbra que abriga la escena. En cuatro patas, como alguna vez el primer antecesor se deslizó. Con el instinto vivo frente a la domesticación, ella entra, dice dos palabras iguales pero con diferente tono y me mira. Sorprende con su limitado sistema lingüístico, que a pesar de ser tan simple, ella le da aspecto de complejidad. Su aparato fónico me demuestra lo posible que resulta decir siempre lo mismo pero de distinto modo. Ella misma me enseña a entenderla. De pelo negro de costa a costa, bigotes a ambos lados de su nariz, orejas semipuntiagudas apuntando al cielo, lengua áspera, colmillos sobresalientes, uñas largas y protuberantes, y esa particular ternura que tanto la diferencia del resto. Es especial, y no hay espacio para la duda cuando lo digo. Fruto de una larga cadena evolutiva en busca de la perfección, simpleza y adaptación simultáneas. Nunca me propuse investigar dicha seguidilla de reemplazos naturales, es algo que le debo. Un ítem más para mi abultado pasivo. No golpea la puerta, sólo la empuja con su cuerpo, o araña la madera cuando concluye que es imposible entrar de la manera fácil. Me enseño a escapar del ilimitado repertorio de las supersticiones populares, esa subcultura que vive arrastrando imprecisiones, prejuicios y mentiras. Cualquiera diría, por fuerza de la inercia catalogadora, que su color de pelo llama por teléfono descompuesto a la mala fortuna. Con las vueltas de la Tierra alrededor del Sol, aprendí que sólo se debe creer en aquello que es factible de sentir, sin limitarse jamás al conocido quinteto de sentidos; hay muchos más, lo malo es que la ciencia se niega a reconocerlos, no hay más asientos vacíos, quinteto será y quinteto morirá. Menciono nuevamente a su limitado sistema de habla, redundancia doble; por su lengua y porque lo nombro nuevamente, el motivo de ello se amerita en el hecho de que se me escapó mencionar el sonido que ella suele hacer cuando mi mano toca su pelo. Es llamativo que todavía no se sepa cómo es que lo produce. Esa cadena de erres que a veces resulta molesta.

martes, 29 de mayo de 2007

Aparato Tricolor

Ahí esta. Ese aparato frió y sin mente ordenando a los calurosos con mente. No utiliza sonidos para comunicar, ni mucho menos gestos. Sólo luces, opta por el lenguaje de la imagen para aplicar su autoridad que no obliga a cumplir. Todos lo observan, chocando los dientes para que el color de la libertad se encienda y así dar la oportunidad de huir despavoridos y apurados hasta el momento de toparse con algún hermano gemelo. Que nuevamente aplicará su autoridad no obligatoria a quienes tenga enfrente. Tiene gemelos por todos lados. Por donde sea necesario un mínimo de orden primitivo. Es una ironía el hecho de que se necesite de hermanos gemelos de este aparato para ordenar a los desordenados. Ellos siempre tan de prisa, tan paranoicos, tan desesperados. Rojo, peligro, prohibición y censura. Amarillo, un intermediario de corta vida. Verde, libertad y autorización para pisar el pedal y escapar a ninguna parte. Él exige respeto, mas no tiene medios para asegurarse dicha gentileza. Exige un respeto primario, algo poco usual entre los primates evolucionados. Ellos creen que el respeto es callar y no responder, no pensar en ser hostil. El respeto es una relación mutua, bilateral y recíproca. Se compensa con lo mismo. Una falta con otra falta, una sobra con otra sobra. La luz de vida corta tiene la función de separar. Estimula la desesperación, para que la libertad la alivie posteriormente. Sus tres ojos se conectan a la planicie mediante un tubo de relativos colores, y que forma un ángulo recto con vértice ovalado. El medio de conexión es víctima de escrituras rebeldes y políticas. En algunos lugares donde el orden durante el período de oscuridad se convierte en una mera ilusión, el aparato opta por guiñar el ojo que separa la prohibición de la libertad. Una señal que agiliza el paso, pero para él es sólo una burla a la capacidad atrofiada de esperar y ser paciente.

martes, 8 de mayo de 2007

Tic-Tac

Elaborado en un tiempo desconocido y heredado a través de quién sabe cuántas generaciones familiares. Testigo del tiempo. Inmóvil sobre la pared, teniendo una visión panorámica del comedor familiar, escena no casual de variados episodios. Felicidades, tristezas, risas, lágrimas. Verdades, mentiras, confesiones, represiones, anuncios, cumpleaños. Es un bloque de madera de algún árbol víctima de la mano humana, y se lo encuentra adherido a la pared. Su razón de existir se basa en ubicar a los Desorientados en ese intervalo de dos vueltas consecutivas de su aguja gorda. Intervalo usualmente llamado día. Al autopercibirse ignorado por los Desorientados, siente la necesidad incontenible de interrumpir una conversación para comunicar que él también forma parte de la escena. Algo semejante al temor disfrazado de respeto que se le tiene al olvido y al abandono. Cada media vuelta de su aguja delgada él se ve obligado a hacer notar su presencia en el comedor familiar. Sus momentos de gloria son aquellos en los que sus agujas (la gorda petisa y la flaca alargada) se unen en el punto más alto, mirando hacia el cielo. Ese punto simbolizado en el sistema numérico del imperio codicioso mediante una equis y dos bastoncitos a la derecha de la misma. En ese instante, él se hace dueño de la atención (o blanco de insultos sin sentido) de los Desorientados por doce segundos exactos. Doce segundos de gloria para él, contrariamente para los espectadores que ven su gloria como un miserable estorbo, como una pausa inevitable en la que deben callar sus insulsas vivencias del pasado reciente. Los chicos primero aprenden la onomatopeya de su sonido. A los jovencitos los llamaría con mucho gusto “Desorientaditos” si me dejo llevar por el prejuicio lineal en reversa. Pero no lo merecen. Ellos conocen lo que otros olvidan.

viernes, 4 de mayo de 2007

La Verdad

La intangible satisfacción que provoca tener la certeza entre los dientes. El miedo a la muerte sangrienta del ser estimado que observa impotente al arma blanca aproximándose hasta el centro de su pecho. La Verdad no tiene género. Es una lanza de dos puntas. Con un extremo asesina a la duda, la Mentira y el prejuicio; aunque en ocasiones, a éste último demonio, le otorga la razón y alimenta indirectamente la tendencia tan humana de catalogar sin conocer debidamente de antemano. La Verdad a menudo brota por los poros de la piel, e induce a la transpiración y al temblor cuando no se le obedece. En su empeño por ver la luz y abandonar la oscuridad del desconocimiento, la Verdad se adueña de los ojos, provocando desorbitaciones involuntarias, que estimulan la desconfianza del destinatario del falso o inexacto testimonio. El miedo y el pudor pueden debilitar notablemente el poder que suele tener la Verdad. En esos momentos, la Mentira atenta y oportunista, planta semillas de enredaderas que se desarrollan instantáneamente y cubren la boca de la Verdad con el objetivo predecible de callarla, aunque sin poder matarla. La Verdad es susceptible a pequeñas modificaciones, pero su esencia es inmortal, no cae nunca en la mediocridad de la muerte. El efecto más nocivo que puede causarle la Mentira y sus enredaderas es la somnolencia por tiempo indeterminado.
Retomando al aspecto “físico” de la Verdad, comparándola de manera análoga con una lanza de dos puntas, resulta curioso que el extremo más afilado es el inferior; el cual tiene como función involuntaria provocar una herida de magnitudes y consecuencias poco calculables. La Verdad duele. A veces alivia. En ocasiones, satisface. Es asombroso cómo una causa puede derivar en tantos efectos diferentes e inconexos. Aquí está, aquí viene. Es esa, es la Verdad.

viernes, 27 de abril de 2007

Expulsando

¿En qué lugar estará desconectándose del universo que lo rodea? Ya no se bien qué pensar acerca de todo lo que ocurrió. Es inmejorable escribir en este estado, pues uno desahoga cada porquería que tiene atragantada en la yugular, sin debate previo, sin pensarlo. La vida es un intervalo inestable de vaivenes impredecibles que apuñalan y que sanan, simultáneamente o no. Como siempre, estoy escribiendo de corrido, mirando únicamente los cuadraditos mal ubicados con letras grabadas en su centro. No estoy en estado sobrio, y aun así no puedo dejar de pensarte. ¿Ahora cree en su magia? Usted me volvió idiota desde el primer instante en que mis globos oculares cruzaron sus iris color musgo de castillo encantado. No se asuste, por favor, por las posibles y casi inevitables incoherencias que puedan llegar a tener este conjunto de oraciones imprecisas y desordenadas. Estoy mareado, me tuve que volver porque fingí sentirme mal, luego le contaré el porqué. No siento bien los labios, los dedos se mueven involuntariamente, aunque me sorprende la coordinación que aún tienen para pulsar las teclas. Este estado es excelente, a pesar de que vienen puras sogas sin colgar, uno puede desenfundar sin fijarse, sin evaluar a cada momento lo que se esta sacando a la luz del sol (esto me está sonando a redundancia, creo que ya dije algo similar). No soy de lo mejor, mire cómo todo se desnuda. No me quiero, usted tiene absoluta razón, por eso no me siento querido. No me catalogo como algo especial y fuera de lo promedio, tal vez la humildad extrema tenga su efecto nocivo. Me voy a fumar un cigarrillo, no me catalogue de loco. No se si podré fijarle la vista nuevamente, pero le voy a hablar. Si le parezco denso, dígamelo sin miedo a provocar hemorragias internas. Necesito que me digan las cosas, ya no quiero suponer. Discúlpeme si no me quiero o no me dejo querer. Algún día esto se modificará, estoy seguro.


Desde algún lugar.

Textos Inconclusos III

Ella no tiene carne en las manos. No se estremeció con la frialdad del picaporte. No puede dar sonrisas ni llorar. Simplemente lee biografías que considera comedias. Las disfruta, aunque no puede expresarlo en el lenguaje mímico. Ingresa a la habitación, su frió se hace sentir. Vestida de harapos se arrastra hacia la cama del infeliz. Goza cada sonido de su huesudo pie chocando contra el parquet.

Textos Inconclusos II

Imperceptible para aquel tercero tácito siempre presente y acechante a la nuca, el sentía como la impotencia ganaba terreno. No poder hacer cambiar su realidad ya sea por el mismo o por algún intermediario que al menos le muestre un rumbo a seguir con alguna garantía de éxito. No. La respuesta siempre era no. Que esta mal, que no es natural. Que la rebeldía a lo dictado desde lo alto era un sueño sin soñador. Maldito monosílabo de negación, siempre dándose el gusto de eliminar esperanzas. De cortarle los tobillos con un seco guadañazo a lo bajo. Sin avisar, sin dar señal de su llegada.
Nudos que apretan gargantas y que no dejan llorar por miedo a despertar bestias. Un fuego que crece por dentro. Tomó un tímido sorbo de agua para intentar apagar ese desprendimiento metafísico de calor. Era imposible, quién sabe en donde estará el agua milagrosa que sepa extinguir tal elemento destructivo. Girando en torno a la mesa, se dejó caer rendido en la cama. Cerrando los ojos, vencido, jugando a estar muerto. ¿Será aliviadora la paz eterna? No pareciera, somos demasiado predecibles, nos terminaría enfermando nuestra sed de acción.

Textos Inconclusos I

Una palabra atropellada que empuja a la garganta para ser libre, frente a la razón cegada que no ofrece resistencia y que aparentemente se embriaga de locura y alienta a la palabra hacia el exterior. Un error, una equivocación que pasa factura a los pocos segundos, cobrándonos el mismo pellejo. Una libertad que cuesta caro.