martes, 31 de julio de 2012

Yolanda

Esto no puede ser no más que una canción.
Subieron ellos dos, lentamente, él y ella, despacito y como podían. Ella vino a sentarse justo delante de mí, mientras él trataba de leer el valor de cada moneda para no pasarse del boleto y pagar justo. El se acerca, la mira, se sienta y la acompaña. Ella miraba por el vidrio empañado el paisaje de una ciudad fría y triste de un sábado invernal. Esto no puede ser no más que una canción, me dijo Pablo y continuó, quisiera fuera una declaración de amor. Ambos tenían el cabello blanco de tiempo. Y yo desde atrás, a sus espaldas, contemplando su viaje, siendo testigo de semejante revelación. Una pintura única en el mundo, grabada en mis pupilas para siempre. Dos ancianos viajando juntos un sábado a la tarde. Ella comenzaba a tomarle la mano a él, mientras Pablo, oportuno, comenzaba a hablar de finales compartidos. Si he de morir quiero que sea contigo. Cayó mi primera lágrima. Eternamente, tu mano.
Quise huir de esa escena, pero cuando intenté ponerme de pie me di cuenta que el bus estaba colmado de gente, y que para salir de mi lugar debía molestar a unas cuantas señoras que comenzaban a mirarme extraño. Entonces me senté y decidí contemplar la pintura hasta el final. Eternamente, de amores. Hablé hacia dentro de mí: detente Pablo, tengo muchas ganas de llorar, no sigas. Pero Pablo no me oyó y continuó con su canción. Miro tu cara y digo a la ventana, Yolanda, Yolanda, eternamente Yolanda, me dijo Pablo y yo no aguanté más y me largué a llorar. Lloré en silencio mientras miraba como la mano de Yolanda se acobijaba. Pocos minutos después, ellos se bajaron del bus, y yo los vi caminar juntos hasta que los perdí de vista. Hasta el día de hoy esta canción dispara  en mis ojos esta pintura, esta sencilla revelación que me recuerda que sigo sintiendo.
Eternamente, Yolanda.


domingo, 20 de mayo de 2012

El viejo entre la gente

El viejo solía reírse a carcajadas cuando caminaba entre la gente. Masticaba unas pocas palabras que siempre repetía para masticarlas de nuevo, como las vacas que mastican lo mismo o los obreros que martillan siempre la misma pieza. Entre la gente que corría hacia los buses, abrazando sus mochilas y carteras, esquivando hormigas entre la muchedumbre, tropezándose con sus propios pies; entre todos ellos, el viejo loco solía decir, medio sonrojón: van a morir.
El viejo loco estaba vestido con harapos y cubría su espalda con un elegante saco viejo que un prestigioso señor prefirió regalarle antes que tirarlo a la basura. Se rumoreaba que el viejo había ido a la guerra, que los combates fueron la causa de su actual locura. Otras versiones cuentan que el viejo enloquecía por los burros y perdió todo lo que tenía, hasta su familia, en una mala pasada del azar; cuentan que a Titán, equino imbatible, le habían punzado la médula y cayó desplomado a los cinco metros de largada, derrumbado consigo la vida del viejo y con ella su sano juicio. El viejo rengueaba un poco. Nadie se ponía de acuerdo sobre la causa de ello. Un canillita del centro dijo que hace muchos años, desesperado, el viejo quiso simular un accidente y entró a la avenida a sincronizar su acto mortal con alguna moto que por ahí pasara. Le salió mal, el motoquero que lo atropelló y casi lo mata era un policía, un azul corrupto de esta ciudad, que se desplazaba con una moto anteriormente utilizada por ladrones, que a su vez ellos la habían robado a otro desgraciado. El golpe le rompió la pierna, y el viejo fue a parar al hospital. Cuando los vecinos y transeúntes se acercaron al cuerpo del viejo, tendido sobre el asfalto y con la mitad del fémur asomándose, el policía les gritó que ojito con lo que contaran si salían de testigos,  y desapareció en la moto doblando la esquina. El canillita lo contaba convencido, pero después confesó que él en ese tiempo no laburaba, y que un compañero, que ya no vive más por acá, se lo contó hace unos años, pero muy seguro de la veracidad. Otra versión de la renguera del viejo es, claro, la guerra. Los gringos que fabricaban esas balas jodidas le habrían reventado los nervios de la pierna con un simple rozamiento de un proyectil perdido.
Sea como sea, el viejo, de saco elegante y pies casi descalzos, disfrutaba transitar entre gente ocupada que le esquivaba a su olor, a su aspecto y a su mirada. Mientras los demás deformaban su pasado, el viejo caminaba solo entre la gente, fumando un cigarrito y masticando unas palabras, hablándolas bajito; y si uno se acercaba se llegaba a entender un poco más lo que decía: van a morir, como morí yo.

lunes, 5 de marzo de 2012

El regreso


Luego de unos años de viaje, tomaré un camino de regreso hacia este lugar. Emprendí un largo viaje hacia mí, encontré cosas maravillosas y, en el descuido, he perdido tantas otras. Limpié algunos lugares y me fui ensuciando en otros. Resulta que este justo intervalo de vida implica tanto pérdidas como ganancias, en un sentido de economía personal. Los ídolos, momentáneos, van pasando de la gloria al olvido; el punto más alto es el más peligroso, porque luego de la cumbre todo es caída. Mis objetos, mis refugios y mis planetas se han cubierto de polvo y telarañas, se han oxidado las órbitas, ha dejado de llover y no se a quién echarle la culpa.
Esta es una sensación parecida al regreso del exilio, cuando uno encuentra todo lo suyo y se da cuenta que las cosas están diferentes, que por efecto del olvido o la desfiguración, nada es como se pensó que era. Me encontré con la pésima noticia de que las polillas me devoraron las alas.
Intentaré retomar el vuelo con alas nuevas, que no conozco tanto como las anteriores.
Aparecí cargado de trapos, semillas y aceite de ballena para prender algunas velas. Luego encenderé el sol, echaré las semillas y todo será alegría, o al menos eso espero.

Foto: Las Pléyades ("Palomas" en griego).

lunes, 22 de febrero de 2010

El adelantado

Me he tomado el atrevimiento de imaginar la sucesión de hechos que habremos, posiblemente, de experimentar. Y mi atrevimiento nace porque he logrado ver en alguno de tus rincones aquello que tanto tiempo había deseado. He llevado a cabo paralelismos en nuestras vidas a través del tiempo. No pedí permiso a nadie, ni siquiera a vos, y así, solo, me lancé a caminar por nuestros futuros a compartir. He planeado los tiempos en los que nos veremos, llevando a cabo sumas y restas incluidas en un intervalo de 24 horas, dando preferencia a las horas de la tarde, donde el cielo a veces se torna rojo y las nubes caen tomando formas absurdas y se despiden hasta mañana de la luz del sol, que les atraviesa el esqueleto. He calculado el tiempo que me toma llegar a tu casa, así también los costos y los horarios del transporte público.

Calculando que nos veremos tres veces por semana, y asumiendo que al menos uno de este trío sea en sábado o domingo, puedo asegurar en base a probabilidades los tiempos exactos de viaje, tanto de ida como de vuelta; y el porcentaje de tiempo de mi vida que me ocuparás. Ya ensayé en mi espejo las miradas que habré de lanzarle a tus ojos.
Ya sé qué cosas diré en tal o cual situación. Ya sé también de qué tratarán nuestras discusiones más intrascendentes; y si bien es cierto que podría hacer un esfuerzo para evitarlas, optaré por dejarlas nacer y ser, porque, ¿sabés? tanta perfección puede terminar aburriéndome de vos.


Me permití también seleccionar cuidadosamente las canciones que te he de dedicar a lo largo de los próximos meses, y he asumido que esas melodías serán sólo tuyas y que jamás podré oírlas nuevamente sin ignorar la imagen de tus ojos mirándome entre sábanas agitadas y entre las penumbras de la habitación de hotel en donde logramos conocernos mejor, recordando los sonidos de la estúpida radio que sintonizaste y el olor a humo de boliche de tus cabellos.
Te sorprendería saber cuántas escenas puedo ensayar en tan sólo una tarde, frente a mi espejo y con una suave música escupiendo versos de amor al aire. Me bastan las tardes contenidas en una semana para conseguir material suficiente y cubrir todo un mes, abarcando todos tus sentidos y las necesidades de diversa naturaleza que te sorprendan en cualquier momento.
Tengo las mangas repletas de obras maestras para endulzarte los ojos y los oídos, para enloquecerte el tacto y hacerte retorcer los dedos de tus pies. Sin embargo, y en verdad me apena decírtelo, he tenido también la diabólica osadía de imaginar nuestra ruptura. He medido con un termómetro por mí inventado, y que responde a unidades de medida por mí inventadas también, y que cuyos valores y nombres no es necesario detallar; digo, quiero decir: he calculado cuánto habré de extrañarte. Me adelanté demasiado, supongo, y caí ahora en un nuevo pozo de soledad, diferente a los de antes; porque éste todavía no es real.

Pero no pienses que no me ocupé del final; por supuesto que me ocupé. Ya tengo seleccionadas las canciones que me harán dar vueltas sobre los vidrios, extrañando tus caricias y tus miradas, tus verbos mal conjugados y tus palabras incompletas. Y pensé que sería mejor acabar nuestra relación en un ñugar intermedio a nuestras casas: nunca olvides que volver con el corazón fileteado a cuchillo oxidado es muy doloroso. Y sería aun mejor dar el quiebre en algún sitio que ayude a llenarnos la piel de melancolía. Estaba pensando en San Telmo. ¿Te parece bien si rompemos en San Telmo?

jueves, 11 de febrero de 2010

La obra

No tengo libreto, no llegó a mi puerta ningún papel que al menos me guíe hacia ustedes; sólo una llamada, fría y desde el oeste, del otro lado de mi tierra, que, con voz temblorosa y pausada por venidas de alguna especie de llanto, me exigía, a mí, un número de teatro épico en medio de la ciudad. Con la prohibición explícita de ensayar con los personajes, y sólo utilizando el espejo roto que cuelga y baila en la pared de mi habitación. Frente a frente; mi reflejo y yo.

Al enterarme de la comunicación de semejante obligación, al parecer imposible de rechazar, comencé rápidamente a crear respuestas a las preguntas que me iban apareciendo en la mente. Debía enfrentarme a dos niños, y debía hacerlo como todo un hombre. Claro que, a veces me asusto de cuán niño puedo ser y mastico las palabras como caramelos blandos mientras me imagino a mi psicóloga garabateando sus cuadernos. A partir de la comunicación mi pulso jamás volvió a ser el mismo, el tamboreo se ha vuelto cada vez más acelerado; lo que me da una sensación de estar gastando latidos, latidos que guardo para mis tiempos de vejez. Entonces, cuando me advierto de esto, es cuando intento calmarme, comenzando a respirar mejor, ponerme a escuchar algo de los Beatles y pensar en dos o tres nubes de algodón que bajan del cielo un ratito para frotarse por mi cara y luego irse, saludándome con sus regordetas y suaves manos que yo mismo les regalo.

La obra debía estrenarse, según el tono imperativo de la voz que oí al otro lado del teléfono, antes de fin de año. Y maldigo a los calendarios.
Tenía menos de dos miserables semanas para preparar todo un papel completo. Sin experiencia en el teatro, sin conocimiento de los demás personajes, sin saber la ubicación del escenario ni la duración de la obra. Sólo me dijeron, recuerdo, que debía mostrarme fuerte y heroico, y sobre todo sumamente humano. El héroe debía sanar heridas y enseñar a evitar las futuras; debía enseñar destrezas, secretos, palabras nuevas, y formar también un carácter defensivo en dos pequeñas criaturas que habían comenzado a recibir ataques crueles de un despiadado monstruo de piedra, monstruo con el que he librado varias batallas en el pasado. En la obra, el héroe debía salvar a los niños, enseñándoles cómo destruir, o al menos neutralizar, a aquel engendro de presencia intermitente que aparecería tal vez un sábado, tal vez un domingo, o tal vez luego de un gran intervalo de ausencia, habiéndose asegurado primero que nadie le espera, y llevando a cabo una traicionera aparición por las espaldas para luego dar unos cuantos latigazos secos en las espaldas de sus víctimas.


El héroe debía enseñar todos sus secretos. Cómo elegir las mejores armas, cómo emplearlas, hacia dónde apuntar y con cuánta fuerza. Años de aprendizaje deberían resumirse en sólo un acto.
Al final, y como era de esperarse, siendo esta tarea de convertirme en guerrero algo tan difícil y enredado, es que acabé por tomar la triste decisión de no presentarme a la obra.
Espero que el monstruo de piedra tenga la piedad que jamás tuvo. Al fin y al cabo, dos se defienden mejor que uno.

domingo, 11 de octubre de 2009

Juan

Es en verdad una pena haber tenido que esperar tanto para escribirte al menos unas líneas de tinta. La noticia del principio de tu gira nos tomó a todos por sorpresa, por más que era ya tu deseo, bajo el cansancio de haber respirado sin parar durante 92 años. Una gran y larga película que empezamos a verla por la mitad, pero que tu memoria, con esa mágica entereza de tu propiedad, llevó de manera intacta sin perderse de ningún detalle. Debo decirte, aunque no me leas, que aun cuesta creer que te fuiste de por acá. Será por costumbre de haberte tenido siempre, por afecto repetido o por la simple certeza de saber que siempre estabas a unas pocas cuadras de aquí. Los cuentos de hadas no existen, y sólo nos tocan melodramas con condimentos salteados de comedia. La linealidad del tiempo es implacable, y nadie todavía pudo encontrar la manera de eludir su poder. Y en nuestras obras cometemos errores, porque disponemos de sólo un ensayo por vez. A veces nos sale bien y otras veces no tanto. Caemos y volvemos a caer sobre lo mismo, sobre las mismas angustias y preguntas de siempre. Pero también aprendemos, aunque muchas veces no nos enteramos de ello. Qué obra tan larga, Juan. Qué actos tan maestros y qué piezas finales tan admirables. Cuánto de drama, de llanto, de bronca y de giros. ¡Cuántos giros! Nadie imaginó desenlaces tan originales. Al final aprendiste, y con esto me enseñaste, que los ojos siempre pueden ver un poco más que ayer, que los abrazos en lista de espera se tienen que efectuar mientras se está viviendo, y que el corazón nunca clausura las puertas de por vida.
Te confieso que todos te extrañamos, y que, desde ayer, todos compartimos el deseo de conocer un lugar del otro lado del mundo, allá por Budapest y alrededores.
Y, antes de irme, una cosa más; vos que tenés buena memoria, acordate de lo que te dije: esperame con el mate calentito y el ajedrez de madera listo para empezar a jugar.

sábado, 8 de agosto de 2009

Al ausente de hoy

Probablemente ya no sea éste el momento oportuno para escribirte esto, me temo que ese momento y sus condescendientes ya se han extinguido. He dejado pasar varios días en blanco, en los que posiblemente se hayan encontrado esos condescendientes a los que me he referido en la oración anterior. Quedaron atrás los momentos idóneos donde la amalgama entre bronca y pena se encontraba conformada equilibradamente. Hoy ya no soy discípulo de la bronca que causaste en mí, y la desilusión, por su parte, se ha ido callando, quedando afónica y harta de tanto gritarme al oído para convencerme de que lleve a cabo una justa y retributiva venganza. Es posible, entonces, que mi cabeza haya dejado pasar tantos días en blanco bajo un fin meramente de prudencia, para llegar así a un día como hoy, en el que, según creo, ya no quedan vestigios sólidos ni imaginarios de rencor que puedan causar algún daño cerebral en mí.
De lo que nadie está libre es de la nostalgia. Es un elemento tan perfecto que jamás se logrará descubrir una vacuna contra su accionar. Aunque, ahora que lo pienso por segunda vez, aquel científico que invente dicha vacuna será el culpable de haber eliminado y atrofiado millones de poesías alrededor del mundo.
Hoy puedo decirte que me alegra haber sido mezquino con mis demostraciones de afecto. Me alegra haber callado en la mayoría (aunque no en todas) las ocasiones en que te respondí sólo con unas cómplices palmeadas en la espalda. Me queda pendiente la tarea de entender tu hipocresía. Aunque, pensándolo por segunda vez, resuelvo que no estoy completamente interesado en entender el mecanismo de tal cosa, pues me aterra aprenderlo, aprehenderlo y aplicarlo alguna vez sin darme cuenta de ello. He oído cada una de tus penas de domingo, y hemos pateado juntos las piedras mas afiladas del fondo de tus mares. Jamás te he visto llorar y, por supuesto y debido al orgullo (que tantas veces me atribuiste correctamente), jamás dejé que vieras siquiera una lágrima caer de mis ojos. No me arrepiento de haberte dedicado tantas noches, tardes, horas y mates. Es más, estoy en condiciones de jurarte que sería capaz de dedicarte tiempos nuevos, pero bajo la condición de que asumas tus errores, los reconozcas, los mastiques y luego me envíes una señal lo suficientemente humana como para darme fe de que has decidido, por alguna razón o por mera influencia mágica, volver a ser el muchacho sencillo, distinto y entrañable que conocí hace algunos años.
He sido testigo no casual de cada una de sus desilusiones, y te he dado el envión que a gritos me pedías en aquellas situaciones donde las dudas y las dicotomías se tornaban tan fuertes como para apagar todos tus centros encargados de tomar decisiones. Estuve ahí, más de muchas veces, embarrado en la trinchera de las guerras que tan frecuentemente te declarabas a vos mismo. Entonces, he sido marinero, caminante y soldado.
Sin embargo, hoy tus ojos ya no pueden ver todo esto. Pareciera que has decidido apretar un botón rojo y eliminar toda la información pasada. Y me duele, cayendo al suelo por un momento debo confesarte que me duele. Debo decirte también que en este momento estoy comenzando a recordar aquella situación final. Escucho tus bufonerías ingenuas, y puedo ver a los demás riéndose de todos los comentarios estúpidos, productos de una ambigua y paradójica cultura falocéntrica. Puedo verme espiando el reloj cada cinco minutos, siguiendo las agujas con mis ojos y haciendo cuentas (que tanto me cuestan) para averiguar cuánto tiempo más debo estar expuesto a tan hostil atmósfera. Observo cómo los discursos de un día difícil, en el que te hice confidente de mi verdad, se evaporan frente a mis narices. Y puedo verme, ahora, apretando las manos, con los dedos inquietos, y deformando mis zapatos al contraer todos los dedos de mis pies; intentando irme de tu lugar, de tu mesa para volver sólo a cambio de una intensa sesión de sinceras disculpas.
Fui testigo de tu costado siniestro, y de cómo fuiste modificando tu manera de ver el mundo al encontrar el amor en aquella muchacha de pelo largo que tanta antipatía me inspiró. Soy testigo fiel de tus facetas, de tus cambios y de tus transformaciones. Y, ahora, estoy comenzando a perder el control de lo que escribo. No quiero oír tus risas, ni presenciar otra vez un aquelarre similar a aquél. Estoy esperando una inyección de disculpas, sólo un gran momento de claridad. Pero debo decir que ya han pasado varios domingos y tu silencio está empezando a condenarte.